HEARTWORM PRESS / POPSTOCK! Recordemos grupos como Throbbing Gristle y aquella su posterior escisiĂłn, Chris & Cosey: eran unos broncas, unos malrolleros –todavĂa se le revuelve el estĂłmago a uno recordando el reciente concierto en el Primavera Sound, con el vĂdeo de la ablaciĂłn de testĂculos mientras el cuarteto pegaba una turra de la buena–, les iba el ruido y la exterminaciĂłn del ser humano como a un Hitler cualquiera, pero a la que te despistabas te clavaban unas canciones pop electrĂłnicas y saltarinas que se te caĂa la baba: “Hot On The Heels Of Love” los primeros, “October (Love Song)” los segundos, con las que desmontaban la teorĂa del terrorismo y del alma frĂa como el plomo de muchos de los grupos de la escena industrial de principios de los ochenta. En paralelo, tenĂamos los grupos de la cold wave, del primer synth-pop posterior a Ultravox –la cosa iba desde The Normal y Thomas Leer & Robert Rental a la primera encarnaciĂłn de Gary Numan en Tubeway Army y aquellos Depeche Mode que parecĂan los Tokyo Hotel del post-punk–, que iban de melĂłdicos, atusados y con un mucho de románticos con eyeliner –benditos Visage–, pero a los que les iba el cuero, la azotaina, la tachuela y el negro sin brillo, asĂ como pequeños detalles de aislacionismo sonoro y crueldad en las texturas para maquillar el esplendor de sus melodĂas. Aquellos años, los del punk con máquinas –o, mejor dicho, la superaciĂłn del punk gracias a la tecnologĂa–, fueron de oscuridad y sublimaciĂłn estĂ©tica de la disciplina y la mano dura, y su influencia –y aĂşn más su morboso atractivo– se prolonga entre nuevas generaciones –porque son de derechas– de productores hardline que leen libros sobre Treblinka, ven pelĂculas de Gaspar NoĂ©, escuchan metal y sĂłlo se plantean grabar mĂşsica si es para ahondar en el charco de pus que inunda cualquier corazĂłn de hoy. La nueva sabia del mal rollo está ahĂ, pulula alrededor de sellos de noise extremo, de rock atormentado e incluso entre los renegados del hardcore, y es fácil de encontrar si se buscan puntos de encuentro clave. Uno de ellos es Hospital Recordings, enfermiza discográfica puesta en marcha por Dominick Fernow (alias Prurient), en la que se han dejado ver Ăşltimamente Wolf Eyes, Hair Police, Kevin Drumm y tambiĂ©n estos Cold Cave en los que Fernow es teclista y que, en cierto modo, podrĂa considerarse un supergrupo de forajidos del cáncer de alma –que era la enfermedad que, decĂa Jimmy GimĂ©nez-Arnau, padecĂa el ogro del periodismo Paco Umbral– en el que tambiĂ©n militan Caralee McElroy (ex Xiu Xiu), Sarah Lipstate (Noveller) y el director de orquesta de este festĂn, Wes Eisold. Cold Cave es una aventura reciente, el primer signo de identidad no se manifiesta hasta el pasado 2008, y en cierto modo hay una identificaciĂłn entre su sonido y el de aquellos Crystal Castles que se han acabado llevando el gato al agua –no el programa de IntereconomĂa, sino el refrán español– del mainstream: una pequeña orquesta sintĂ©tica, con los timbres más histriĂłnicos de los ochenta, con espĂritu de videojuego, estĂ©tica de capucha y hebilla, y una pegada punk incisiva y veloz. Las canciones de Cold Cave se acaban en un suspiro, pero durante esos dos minutos, o tres, que dejan manar su ácido, los efectos que logran pueden llegar a ser destructivos. Por el contrario, su base, a diferencia de Crystal Castles, no está en el chiptune, que es una cosa más teen, y sĂ en la dark wave, que es más de mala gente de verdad. En Hospital Productions, Cold Cave han publicado maxis, singles, cassettes, rarezas de todo pelaje que hace unos meses acabaron reunidas en “Cremations”, una recopilaciĂłn chirriante, cenicienta, violenta en el fondo y con sonido a metal oxidado en la que relucĂa la parte más EBM e industrial del cuarteto. Era su lado oscuro. “Love Comes Close”, en cambio, es la parte más tarareable, estructurada en forma de canciĂłn con estribillo y aproximaciĂłn amable, aunque con el colmillo afilado y las ganas de morder a punto. Desde “Cebe And Me”, que es la primera pieza de un breve pero intenso fogonazo dark –media hora corta–, con esos sintetizadores que expulsan vapor y la voz susurrante entre lenguas de fuego infernal, las piezas de Cold Cave son un premeditado ejercicio de estilo a propĂłsito de la facciĂłn malĂ©fica del pop electrĂłnico, entroncada en todo lo que va entre los discos de The Human League pre-“Dare” y Coil. Por ejemplo, “Love Comes Close” –el tema–, sĂłlo por la guitarra propia de Bernard Sumner, ya tiene mucho de New Order, aunque la voz sea la de Ian Curtis (y a veces Bowie o Phil Oakey) y los teclados y la melodĂa de luz pálida recuerde a O.M.D., casi tanto como “The Laurels Of Erotomania”. Pero “Life Magazine” ya anda por los dominios de Gina X Performance –el delay de la frase vocal femenina, enterrado entre sintes saturados, es adictivo–, “Heaven Was Full” es bastante más Numan –voz de varĂłn aspirada, en plan “me ahogo pero cĂłmo te estás jiñando, nano”–, y “The Trees Grew Emotions And Died”, asĂ como “Youth And Lust”, parecen una versiĂłn golosina de los primeros Front 242. Sin descuidar, por supuesto, los Chris & Cosey y los Throbbing Gristle citados al principio, y muchos otros grupos siniestros y electrĂłnicos de aquellos años medievales en lo que a electrĂłnica se refiere, y que parecĂan estar más del lado de la magia negra que del hedonismo post-disco. Cold Cave se remiten a esa Ă©poca, la recrean con amplios conocimientos y sobrado talento, y este álbum es un fruto –amargo y dulce a la vez– al que no se le hacen ascos si hay que darle un bocado bien fuerte. No es para comerlo todos los dĂas, pero ahora mismo apetece repetir. Javier Blánquez |
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