DIRTEE STANK Estaba a punto de publicarse su primer álbum, el ya legendario “Boy In Da Corner” (XL, 2003), y para Dizzee Rascal no hubo mejor promociĂłn que la de recibir, pocos dĂas antes de la llegada del disco a las tiendas, una puñalada por la espalda durante la temporada estival en Ayia Napa (Chipre), base de operaciones agostĂ de la mala gente del UK garage. Nada más adecuado para ganar credibilidad en las calles, y entre chusma delincuente, que una herida de guerra, ya sea en forma de agujero de bala o cicatriz pustulosa de arma blanca, y al sobrevivir a la estocada del frĂo acero Dizzee Rascal se convirtiĂł de facto en el portavoz de aquella escena que no tenĂa nombre –la hemos acabado conociendo como grime– ni tampoco un genio claro, ya que The Streets era otra cosa. Con Ă©l empezĂł una nueva era. Pero aquel Rascal peleĂłn, adolescente, airado y que rapeaba sobre novias que le reclamaban la paternidad de un bombo, ha dejado de existir. A modo de metáfora, valdrĂa decir que en estos seis años ha cambiado Ayia Napa, una isla negra y para homiez del gueto, por Ibiza, isla blanca y para caucasianos adinerados. El álbum “Maths + English” (XL, 2007) empezaba a sugerir algo, pero ahĂ todavĂa se trasparentaba el Rascal cronista de la calle, aunque ya sin rabia ni apresuramiento, porque el que habĂa sido su deseo más ávido desde el principio –dinero, en cantidades– ya estaba satisfecho y sus pies podĂan calzar unas zapatillas nuevas cada dĂa. Pero visitar las pitiusas con cierta asiduidad, el participar en las fiestas Ibiza Rocks y hacer buenas migas con productores de la esfera pop como Calvin Harris no sĂłlo nacen de una Ă©tica distinta y un cambio de prioridades vitales, sino que obligan a cambiar por completo la direcciĂłn artĂstica. Dizzee Rascal y Mike Skinner (The Streets) son dos raperos ingleses con una evoluciĂłn vital paralela: de la puta calle, del vivir peor que las ratas, al Ă©xito, el dinero, el pussy fresco y la cocaĂna. “Cheek N’ Tongue” es disco de nuevo rico que se ha destapado en todo su esplendor hortera –como aquellos a los que les toca la loterĂa primitiva y comienzan a desayunar ostras con champán– y que se ha rodeado de amiguetes de la noche. SĂłlo asĂ se entiende que Calvis Harris reincida, que Arman Van Helden se apunte a una fiesta con putas y espejitos sobre las mesas del club, y que el tracklist del álbum lo cierre TiĂ«sto. Esto apesta a dinero en billetes grandes –y enrollados–. Es más: “Cheek N’ Tongue” es el disco que siempre habĂa querido grabar P. Diddy desde que descubriĂł que habĂa algo mejor que las fiestas en los clubes negros de Miami: aquellos yates en Ibiza, fondeados en una cala con vistas a Pacha, por los que pululaban DJs como Felix da Housecat y Deep Dish. P. Diddy siempre soñó con publicar un disco de rap “revolucionario” –eso pensaba Ă©l– que mezclara house, electro y disco music filtrada con su rap mononeuronal. De aquella idea nacieron sesiones de grabaciĂłn y beats completos, algunos de DJ Hell y todo, pero el disco nunca tomĂł forma completa. No tuvo suerte Diddy, y eso que tiene la costumbre de ir pisando mierdas. Aquel sueño es ahora el que ha completado, con más disciplina y con el entorno a favor –no es lo mismo ser un quillo de Londres que asegura creer en los partidos polĂticos porque “existen” que un magnate del rap en NY: la libertad de movimientos no es la misma, ni tampoco el riesgo en la inversiĂłn– este nuevo Dizzee Rascal piscinero y con camisa de flores, gafas Rayban y viagra en la sangre, como Arturo de Gran Hermano. Se incluye el single del año pasado que lo destapĂł todo, “Dance Wiv Me”, producido por Calvin Harris, y tambiĂ©n la artillerĂa hypebeast con la que Rascal ha ido calentando la blogosfera en el Ăşltimo trimestre, a saber: el subidĂłn engorilado de “Bonkers” (produce Van Helden) y el electrohouse con pianos afilados de “Holiday”, que a la sazĂłn son las mejores armas de convicciĂłn de las que dispone el del East Est en este crossover entre grime y pop en el que tambiĂ©n se apunta como productor Shy FX –la leyenda del jungle se pone dubby en “Can’t Tek No More”– y su viejo colaborador Cage, que es el que le mantiene con los pies en el suelo o, mejor dicho, le tiende un suave hilo con su pasado. Por lo menos, Rascal no ha cometido el error con el que Wiley estropeĂł su asalto a las listas de ventas en aquel “See Clear Now” (Asylum, 2008), que fue pedir bases a gente de poco fiar. Armand Van Helden y Calvin Harris serán la quintaesencia de lo gárrulo, pero por lo menos saben armar bombas pop efectivas, con cierta vergĂĽenza ajena como efecto secundario. Wiley confiĂł en Mark Ronson, que no es lo mismo. “Cheek N’ Tongue” tiene una doble lectura. Por un lado, es una abdicaciĂłn por parte de Dizzee Rascal del trono del grime, Ă©l ya no está en esa escena –que renace, pero no gracias a Ă©l, sino por el esfuerzo de gente como DJ Magic o Skepta–, y su hambre de riqueza y placeres le ha llevado a otro territorio. Por otro, es un esfuerzo notable por expandir el espectro estĂ©tico del sonido urban inglĂ©s, grabando el disco que hubieran hecho Daft Punk de haber tenido un rapero en el equipo, conectando la cultura grime con la del house de NY y el moderno electrohouse continental –el ex dios del trance, TiĂ«sto, aporta un “Bad Behaviour” que podrĂa haber sido una producciĂłn de Booka Shade–, evitando los lugares comunes de la mĂşsica rimada y popular, el rollo Kanye West y el autotune, que por sonar, suena hasta en la nueva cortinilla de “Sin Tetas No Hay ParaĂso”. AsĂ, el cuarto álbum de Dizzee es desarraigado, vergonzoso si se tienen “Boy In Da Corner” o “Showtime” (XL, 2004) en un altar, pero a la vez un trabajo exento de complejos, fresco, verbenero y defensor a ultranza de la ideologĂa materialista –como Lady Gaga con (más) rabo y credibilidad street– que se disfruta desde su nada camuflada sencillez. Si intelectualizas “Tongue N’ Cheek”, será esa mierda apestosa a la que alude Dirtee Stank, el sello de Rascal. Si te dejas llevar, será un buena fiesta. Aunque sospechamos que tiene el mismo peligro que el “Discovery” de Daft Punk: el problema no es el disco en sĂ, sino la influencia nociva que puede irradiar hacia futuros artistas oportunistas, chupĂłpteros y sinvergĂĽenzas. Confiemos en que no degenere. Tal como está ahora todo, no es que sea la repera, pero está bien. Javier Blánquez |
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