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Paul White  The Strange Dreams Of Paul White

ONE-HANDED MUSIC

Aunque ya os hemos hablado de Paul White en estas páginas, no está de más recordar de manera sucinta su aún joven historia. El londinense comenzó a experimentar retorciendo sintes y pegando samples en tiempos de pubertad. Cuando sumaba poco más de 16 años, se inició en el mundo de las raves y las free parties, y descubrió los agitados encantos del techno, el trance y el happy hardcore, aunque pronto, coincidiendo con su estancia por razón de estudios en Bristol, sus inquietudes como productor en ciernes se decantaron hacia los más calmos terrenos del ambient electrónico. Allí, sus días se fueron llenando de trips ácidos y de horas gastadas haciendo trucos sobre una vieja tabla de skate, nuevos ambientes que introdujeron al joven White a un mundo de nuevos –nuevos para él, viejos para el mundo– sonidos en los que la agresión punk-hardcore convivía sin roces con la provocación aural del rock psicodélico y los vaivenes cadenciosos del reggae, el funk, el soul y el hip hop. Lo siguiente que le apeteció al joven White fue probar a cortar ritmos sobre los que verter con finura todas esas influencias.

Con tan sólo un par de 7”s, el londinense, amén del respeto de compañeros de escena, se ganó los primeros halagos de tastemakers radiofónicos de la talla de Gilles Peterson, Mary Anne Hobbs o Benji B. Primeras cuestas allanadas. Ahora, tras entregar un denso y sugerente EP –“One Eye Open”, editado vía One-Handed a principios de la pasada primavera– que sumaba influencias electro-soul o evocaciones cosmic disco a sus bass heavy beats con regusto a psicodelia lo-fi, y haciendo buen uso del crédito que otorga ser uno de los nuevos productores más mentados en el underground electrónico británico, White acaba de parir un primer largo que suena justamente a lo que esperábamos. Ni más ni menos... No es que nos atribuyamos talento alguno para la adivinación; es que el factor sorpresa había quedado ampliamente diluido en las semanas previas a la publicación de un álbum que ha acabado llegando con varias semanas de retraso sobre lo inicialmente previsto, días de ajetreo promocional previo que White aprovechó para desperdigar por la red –apuntando con buen criterio a medios de referencia en materia de músicas electrónicas y ritmos urbanos– varias sesiones y mixtapes en las que, entre viejos favoritos de filiación estética diversa (reggae, jazz, prog rock, hip-hop, folk-rock o psicodelia sixties, todo bien revuelto con su producto propio), el beatsmith londinense ya nos dejó catar varios de los cortes que acabarían formando parte de este “The Strange Dreams Of Paul White”.

Lo de Paul White es beatmaking de naturaleza crate-digging, espacioso hip hop (ego-less) instrumental con tendencia a empapar sus pies en charcos de funk líquido, a envenenarse de atmósferas brumosas que saben a sueño profundo, a flotar calmo entre brillos extáticos de psicodelia ligera, envararse entre órganos densos de regusto progresivo, o a moverse ingrávido entre los planos sintéticos de la cosa cósmica más dreamy. Sin apuntar en direcciones realmente nuevas, White consigue sonar personal y fresco -amén de evitar el encasillamiento- a base de multiplicar las líneas de fuga. Aún estando enraizada en el beatmaking de ascendiente hip hop, la suya no es para nada música de género único. Aún ciñéndose a una plantilla del todo conocida, su música no suena previsible, supura inventiva, se muestra siempre suficientemente díscola y holgadamente sin necesidad de recurrir a adoptar poses sonoras (es)forzadas.

Entrando en materia hay que decir que “The Strange Dreams Of Paul White” reúne un total 21 cortes que sólo en seis ocasiones sobrepasan la barrera de los dos minutos. Imaginen la secuencia: ADD-sample style que hace que el disco se disfrute como una tormenta de ideas no siempre del todo pulidas, como una sesión en la que parece que White estuviera pariendo sus ritmos en fresco, ahí, delante tuyo, como una suerte de impaciente zapping radiofónico que hace que a uno no le quede tiempo para aburrirse de nada. Lo que queda tras cada escucha: ganas de volver a pasar sobre el disco –entero– en busca de esos mejores momentos a los que cuesta varias escuchas otorgar título o posición. Hay donde rascar.

“Chese Special & A Draw”, “City Bright Lights” o “Let Your Dreams Go” suenan a inspirados ejercicios de estilo en la estela del Dilla de “Donuts”, mientras “Flying Across Tokyo” saca oro de la música de Akira para construir una postal cinemática de ojos rasgados y sugerentes rítmicas de evocación orientalista. En “The Uprising Of The Insane” o “The Composers' Comeback” asoma un pulso funk contagioso y nada obvio, mientras “Time Wars” se acerca a base de beats electrosos, de sintes casposos y samples de corte intergaláctico a esa suerte de modern-retro synth-pop a lo CFCF que parece citar por momentos el muy ochentero legado de Harold Faltermeyer. Más atrás incluso, a tiempos de exploración kosmische y fascinación por lo espacial mira de reojo “Floating Free”. También hay citas exóticas: la frase de guitarra de la más famosa canción de Chris Isaak abre “Looking Out To See”, canción que luego se enciende a base de slide guitars gimientes, densos ambientes y beats de ataque explosivo; “Surfing Off The Coast Of Mexico” nace de lo que parece un charango y unas flautas de pan, aunque luego tuerce la mirada hacia el Oriente Próximo para dar lugar a uno de los momentos más enrarecidos del álbum; la jazzy “Alien Nature” se cierra con un guiño –ese snippet que dice algo así como “fast and bulbous...”– al “Trout Mask Replica” de Captain Beefheart.

En tracks como “Waiting For Time” –el más largo del álbum, poco más de tres minutos– y “Road Rage” –imposible no pensar en aquel “Organ Donor”–, dos cortes de efectos agradablemente narcóticos, asoma la sombra del más nublado y denso DJ Shadow. Y aunque en una reciente entrevista White aseguraba con total naturalidad no haber oído el término en su vida, en “Waiting For Time” o “The Magic Tunetop” también hay algo de esa avería wonky que está haciendo del hip hop abstracto uno de los más fértiles y excitantes campos de prueba para la electrónica contemporánea en esta accidentada recta final de década.

En terrenos algo menos sugerentes “One Eye Open” hace pensar en los ambientes neuróticos de aquellos London Funk Allstars que nunca llegaron a destacar dentro del roster de Ninja Tune de mediados de los noventa, y“Burn By The Sun” se muestra poco flexible, lastrada por una frase de órgano que no deja avanzar el tema más allá de los límites de la boutade a cuenta de una estética progresiva que, aún siendo uno de sus rasgos diferenciales, no acaba de sentarle del todo bien a la música del londinense. En la recta final del disco llegan “Sea Life” –etérea a lo Boards Of Canada, sumergida en chisporroteos de vinilo viejo, atravesada por ruidos de delfines y voces que parecen surgir desde las profundidades marinas–, “Sleep Claping” –psych-soul narcótico y adictivo, algo parecido a lo saldría de poner a The Politicians vestidos de caballeros Jedi a enredar con una caja de ritmos– o la expansiva “Can't Sleep Make Music” a dejar el listón de nuevo arriba, confirmando de paso a Paul White como nombre a sumar a la lista de escapados del más grueso pelotón de la nueva beat scene.

Por cierto, generoso que es el amigo White, sus dos primeros singles se pueden bajar desde hace días por la cara –sólo tienes que cascar un cero cuando el sistema te pida introducir el montante que quieres pagar por la descarga– desde su sitio en Bandcamp. Corre a pescarlos. Y luego, elige uno de los cinco humorosos tratos que White te ofrece al hilo de este primer álbum: por 5 libras miserables te harás con la descarga –legal, y de alta calidad– del disco; por 12 tendrás descarga y copia física en CD del álbum envuelto en su funda de gamuza estampada a mano; y para los más sibaritas, para quienes abunden en posibles y gusten de tratarse con mucho regalo, a cambio de 300 libras esterlinas puedes hacerte con la descarga, con una copia física del álbum en formato de disco compacto, y con el derecho a pasar una tarde comiendo galletas y fabricando beats con el propio White en su casa-estudio de Lewisham, beats que el londinense promete hacerte luego llegar en formato de dubplate.

Luis M. Rguez


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Última actualización el Lunes, 06 de Julio de 2009 00:00  
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