MIASMAH El problema, como casi siempre, es la falta de tiempo: con la de discos que tiene uno que escuchar a lo largo de la semana, entre vinilos, compactos y descargas digitales (y eso que un servidor se niega a recuperar las casetes, a pesar de los notables intentos de sellos como Digitalis por hacerme picar el anzuelo); con la de discos que se acumulan en la estanterÃa, en fin, resulta difÃcil encontrar un hueco para asomarse al proceloso universo de los netlabels, esos sellos que reparten músicas gratis por las esquinas virtuales de la red. Y es una pena, porque es ahà donde se esconden muchos de los artistas que nos harán felices el dÃa de mañana. Es algo parecido a mimar la cantera en un equipo de fútbol: en vez de gastarse un saco de millones en comprar las estrellas de otros equipos, es mejor cuidar a los niños desde que son pequeños, inculcarles una filosofÃa que se ajuste a los intereses de la casa, corregir sus errores y defectos en las categorÃas inferiores, y subirles al primer equipo cuando estén en plena forma. De esta estrategia sabe mucho el dueño de Miasmah, Erik Skodvin: no sólo mantuvo durante varios años un netlabel ejemplar, con lanzamientos que eran la envidia de muchos sellos “de verdad”; también se dedica a ojear las plataformas amigas, en busca de nuevos nombres con los que alimentar su exquisito sello ahora que sólo se manifiesta en entornos “fÃsicos”. Una tarea que no se antoja sencilla, porque a Skodvin le gusta publicar discos densos y opresivos, en los que se mezclan músicas dramáticas, ambientes en claroscuro, texturas cinematográficas e inquietantes grabaciones de campo. Cosas que, ya se imaginan, no suelen crecer en los locales de ensayo. Asà que no sorprende que detrás de su último fichaje, Kreng, se halle Pepijn Caudron, un belga que se dedica en la vida real a componer música para compañÃas de teatro y danza (con especial querencia por la también belga, y muy experimental, Abbatoir Fermé), y que en paralelo ha ido publicando EPs en varios netlabels, desarrollando un jazz cinemático y humeante, en el que la improvisación juega un papel muy destacado. Prueben a buscar el bonito “The Pleiades EP”, en el sello Fant00m. Es gratis. Y bonito. De ese jazz de tintes ambientales quedan algunos restos en “L’Autopsie Phénoménale De Dieu”, esbozos que aparecen de la nada en determinados pasajes. Pero en realidad, Caudron ha construido las trece piezas que componen el disco de una manera más compleja, utilizando fragmentos de las bandas sonoras que ha escrito durante estos años. Fragmentos retocados y remozados para la ocasión, recortados en un ejercicio de sampledelia que, en vez de fijar la atención sobre el break perfecto, busca los clÃmax emocionales y los engarza en un collage expresionista: la perfecta banda sonora para una noche de desasosiego. Un trabajo que bastarÃa por sà solo para hacer de este disco una pieza notable, pero que Caudron ha preferido redondear con el añadido de instrumentación real. Para ello, se ha rodeado de una pequeña ensemble (un pianista, un percusionista, un señor que aporta grabaciones de campo, una vocalista que grita y llora, él mismo ante los cacharros digitales y las guitarras), que va desarrollando una segunda capa instrumental por encima de tan oscuro fondo sonoro. Que está elaborada (y mezclada) de manera tan sutil y meticulosa que se hace difÃcil discernir dónde están los lÃmites entre el fondo y los añadidos: tan suave se imbrican entre sÃ, tan hipnótico y medido es su discurrir, que al oyente sólo le queda caer rendido ante la enigmática belleza de un disco único, diferente. Vidal Romero |
