GHOSTLY INTERNATIONAL Randolph Chabot es en cierta manera el prototipo de niño prodigio, o de pequeño genio. Con sólo 22 años, ha firmado un “Moondagger” inalcanzable para la mayorÃa de los auteurs del pop actual. El disco suena insolente, barroco y vibrante, y es esa vitalidad la que hace de él alguien especial: parece que sabe lo que hace, lo que quiere y hasta dónde es capaz de llegar, y su irrupción en el mapa obliga a pensar en este yogurÃn de Detroit como en uno de los más esperanzadores agentes de futuro para el pop. En pleno 2009, sus perspectivas de explosión ya hay que fijarlas en la década próxima, y aunque a final de año habrá que tenerle en cuenta a la hora de repasar los discos decisivos, esos instantes que nos han llenado de felicidad, su potencial es el que nos hace temer que lo de ahora será sólo un aperitivo. Lo que tiene por delante puede ser mucho más intenso, victorioso para un raro, un incomprendido, que un dÃa –lo explica en su biografÃa oficial– consiguió desatascar el sonido que le rondaba por la cabeza y trasladarlo por fin al disco duro del ordenador. El muchacho que se hace llamar Deastro soñaba con “una sinfonÃa espacial, y era lo más bonito que habÃa escuchado en mi vida. Desde entonces, ese sonido nunca me ha abandonado”. “Moondagger” no es lo primero que ha mandado Deastro al exterior de su cabeza para que lo disfruten mentes menos privilegiadas que la suya. En su cuenta, éste es el cuarto disco en algo más de cinco años: su epifanÃa en el cortex –o ‘la revolución en la cabeza’, parafraseando el libro de Ian MacDonald sobre The Beatles– obligó a Chabot a trabajar como un loco, a grabar todo aquello que le venÃa, en cualquier momento del dÃa o de la noche, a volcar canciones de manera compulsiva en demos deslavazadas que fueron creciendo en calidad de producción y en número hasta que pudieron organizarse en álbumes que el portal eMusic fue poniendo a la venta en digital a precios populares. Lo de Deastro desembocó en un culto restringido pero entusiasta, hasta que sus vecinos de Ghostly International –sello que siempre ha tenido cuidado de sus imaginativos paisanos de Detroit– le lanzaron el anzuelo. AsÃ, éste es su primer CD, pero el chaval ya viene rodado: es un debutante sólo en estadÃsticas, pero éste es el disco de alguien que ya ha alcanzado su madurez. Deastro es ahora una banda: Chabot compone, guÃa, pero hay músicos a su alrededor que cumplen sus órdenes y colaboran para conseguir esa grandiosidad sin descanso que a él le tiene obsesionado. Cualquier tema al azar –vamos a tomar, por ejemplo, “Greens, Grays And Nordics”– es, en efecto, una sinfonÃa: a su voz le cuesta flotar entre tanto jaleo, los teclados suenan agudos, la baterÃa retumba, y no queda ni un solo espacio por llenar, todos ocupados por la estela electrónica que deja una post-producción enfermiza, perfeccionista, donde cada nota ocupa muchos centÃmetros cúbicos de vacÃo. Sus medios parecen pobres –o, mejor dicho, los instrumentos que utiliza no parecen ser los más nuevos del mercado, muchos sintetizadores parecen saldos de los ochenta, como los que hubiera descartado cualquier grupo synth-pop en fase de reconversión–, pero Deastro les saca partido porque su afán primero no está en conseguir un sonido nuevo, sino un sonido pleno. El trabajo de engorde va después, lo primero es la canción. Está claro que para alguien que sueña con sinfonÃas en la cabeza, la épica debe ser su estrella polar. Y aunque hay instantes que parecen un juego de niño que no ha completado su etapa de crecimiento –“Pyramid Builders”, o incluso la más evidente (tomen aire) “Daniel Johnston Was Stabbed In The Heart With The Moondagger By The Kings Of Darkness And His Ghost Is Writing This Song As A Warning To All Of Us”, que no sólo hace referencia a la naïveté de Johnston, sino que tiene un fondo lúdico imposible de pasar por alto–, lo que predomina en “Moondagger” es la ambición. Las referencias que se cruzan en el disco son interminable, desde los videojuegos a la literatura fantástica –Chabot decidió el tÃtulo del LP tras imaginar una aventura gráfica en la que un héroe debe rescatar ‘la daga de la luna’ para derrotar a un malvado rey de las tinieblas, una especie de “Kingdom Hearts” versión Ghostly–, a aquellos grupos que hacÃan de lo grandilocuente la base de sus canciones: en “Vermillion Plaza” se puede localizar un incesto entre The Smiths y U2, en “Toxic Crusaders” o “Kurgan Wave Number One” a los New Order de la etapa “Brotherhood”, y por supuesto a todos esos héroes indies del sonido recargado y casi orquestal, tipo Final Fantasy, o francotiradores del synth-pop acutal como Max Tundra, otro intensificador del manierismo pop. “Moondagger” igual molesta a alguien por su sobresaturación: es la apuesta de Chabot, ese sonido absoluto, ese o todo o nada. Pero es imposible negar su talento, su colección de melodÃas pegadizas, la grandeza –más que la grandiosidad– de un pop que, queriendo partir de los ochenta, enseña un camino para el futuro. Toma nota, Brandon Flowers. Alberto Lista |
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