DOMINO / PIAS SPAIN ¿Cómo serÃa el mundo si de repente desapareciese la raza humana? El escritor Alan Weisman conjetura sobre ello en su libro “The World Without Us”, predeciendo la reunión de las dos Américas, el avance de los glaciares o el derretimiento final de la Tierra por culpa del Sol. Obsesionado con esta tesis, el genio loco de Dave Longstreth, lÃder del colectivo de art-pop Dirty Projectors –que está completado en 2009 por Amber Coffman, Angel Deradoorian, Brian Mcomber, Nat Baldwin y Haley Dekle–, decidió utilizarla como punto de partida para su séptimo álbum de estudio. Fue durante su visita del año pasado a Barcelona cuando, tirando de ese hilo, compuso el funk dislocado de “Cannibal Resource” que abre este “Bitte Orca”. EsperadÃsimo desde que se anunciara su lanzamiento, este tratado de afro-funk moderno es todo lo bueno que podÃamos esperar de los de Brooklyn e incluso supera las más optimistas previsiones. “Bitte Orca” es uno de esos discos arrolladores y referenciales que, cuando surgen, eclipsan a casi todo el resto de lo que se mueve a su alrededor. Nadie más hoy en dÃa, a excepción de bestias de la talla de Grizzly Bear o Animal Collective, puede concebir un trabajo tan único y valiente. Con estas canciones, Longstreth deja bien claro que su manera de entender el pop es otra cosa: un discurso superdotado, esdrújulo, autista y avanzado. Los muy avispados ya intuÃan que podÃa pasar algo asÃ, pero es que aquà el ideario de Dirty Projectors se sublima de la mano de una banda fÃsica y primaria que pule las aristas de su sonido al máximo. “Rise Above” (Rough Trade, 2007) fue, según palabras Dave, “un intento de hacer un álbum neoyorquino: angular, austero, obsesionado con la autenticidad”. Pues bien, “Bitte Orca” supera del todo esa premisa llevándola incluso más allá de la eventual coyuntura africanista y filtra la world music de una manera tan seductora que no extraña nada que David Byrne haya “apadrinado” al grupo como en su dÃa Bowie lo hiciera con Arcade Fire. Conocido por teorizar escrupulosamente en sus trabajos, Longstreth se ajusta el cinturón de su crÃptico lenguaje para destapar temas como el sexo, y se sirve de nuevo de los diagramas de Euler, que ya utilizara en la portada del atrevido “Slaves’ Graves & Ballads” (2004), para simbolizar esa dicotomÃa entre fusión y confusión que tanto le fascina. Bajo el signo de una producción abigarrada, este “mordisco de orca” es una radiante declaración de amor a la música. Desprende un halo de vanguardia cercana que sabe a gloria en el maniatado mundo del pop actual, pero que también requiere una atención especial. Como casi todos los grandes discos, no entra bien a la primera. Sorteadas unas primeras escuchas demasiado obtusas, de pronto uno se familiariza con lo que se encierra en sus cuarenta minutos y entonces su contenido ya no deja de crecer y desenredarse. Guiados por un orden lÃquido, los temas aparecen recorridos por una sensación de mutación permanente que concede a todo el álbum una organicidad palpable. “Bitte Orca” se mueve como un animal vivo, tiene más sangre que sus tÃtulos anteriores, y lo mejor es que hace gala de una accesibilidad inexistente hasta ahora en la discografÃa de Dirty Projectors. Obsesionado hasta el lÃmite con la composición, Longstreth curva y retuerce un catálogo de música concreta que pega brincos sobre cristalinas bocanadas de John Fahey, Talking Heads y la polirritmia de las músicas etÃopes. El corazón de la obra, la funambulista “Stillness is the Move”, llama la atención sobre el resto en forma de prodigioso R&B extático. Después sólo puede sonar “Two Doves”, una caricia que parece tocarse con los últimos Beatles acústicos como lo hacen Grizzly Bear –a quienes, por cierto, también recuerdan las volteretas en falsetto de “The Bride”–. Tras ese remanso de paz nos adentramos en el cerebro del organismo, una “Useful Chamber” en forma de crucigrama imposible que sirve como muestrario de todos los talentos de Longstreth encapsulados en una sola canción. “Remade Horizon”, declarado acercamiento a los sesenta bajo la influencia velada de Bill Withers, y la telúrica “Fluorescent Half Dome”, despiden por todo lo alto este acontecimiento de primer orden para amantes de la música con inquietudes. Cristian RodrÃguez |
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