THRILL JOCKEY HabÃa en los dos primeros discos de Mountains algo que a este “Choral” le falta: ese gran final, tan largo como el crepúsculo, en el que acabara cantando toda la naturaleza a una sola voz. Especialmente en el primero, “Mountains” (Apestaartje, 2005), que tenÃa esos veinte minutos finales de field recording minucioso, grillos y rÃos entre guitarras pasivas que se hilaban entre drones electrónicos y que creaban esa sensación de celebrar la vida en su estado más natural, incluso microscópico. “Choral” no acaba asÃ, pero tiene todo eso de lo que hablamos, quizá porque el tÃtulo del disco ya avisa de las intenciones del cuarto álbum del dúo de Brooklyn: ya no hay un final-resumen en el que brille la esencia sampleadora de la diosa Gaia y el drone-folk bohemio de Brendon Anderegg y Koen Holtkamp, sino que todo el disco es el resumen, es un coro de influencias y métodos de creación cantando al unÃsono para darle forma al que, sin duda, es el álbum más accesible de Mountains, pero también el más completo, aquel en el que uno puede entrar sin miedo en sus dominios y recibir la invitación de quedarse.  Accesible porque momentos como los ocho minutos de “Telescope” parecen centrarse en la economÃa de medios para extraer un resultado conciso, sin complicarse la vida: una guitarra acústica que repite el mismo rasgueo, una melódica jamaicana soplada con timidez, y por debajo, creciendo como un tsunami, el caracterÃstico drone de Mountains que lo invade todo, que rodea con su calor frÃo para crear esa doble sensación, invasiva y acogedora, que ha hecho de ellos una de las entidades más incatalogables del –entre comillas– post-rock o, si le damos la vuelta al concepto como si fuera un calcetÃn que tiene que ira a la lavadora, el free-folk. El post-rock está en los métodos: el ordenador es esencial para poner en fila india este magma de sonido, el sampler es básico para recoger los ruidos de la calle y el campo y extenderlos por el lienzo de sonido como las piedrecitas azules y rojas en un mosaico, y a la vez el software de edición de audio ayuda a prolongar los drones, a recortar las guitarras, a pintar, en definitiva, el paisaje. Es post-rock también por la subrepticia presencia de esa melódica antes mencionada –que también aparece, perogrullescamente, en el quinto tema, titulado “Melodica”– que les parece emparentar, a ratos, con Tortoise y, sobre todo, el Jim O’Rourke del principio (“Add Infinity”), el que se encerraba en un laboratorio de sonido e invocaba simultáneamente a John Fahey y a Terry Riley.  Pero está claro que, si en los métodos son post-rock, en el espÃritu Mountains siguen siendo free-folk, pero no ese weird folk crÃptico y plomo de Jackie-O Motherfucker, que estaban todo el dÃa rascándose el mentón para impresionar al crÃtico de The Wire –la revista, no la serie, que ahora parece que hay que aclarar a la inversa– o mirándose al espejo de su propia opacidad. Mountains, como invocan a la naturaleza sin ser unos hippies ni unos travellers de excursión a Stonehenge, tienen ese elemento mÃstico, casi de rito solar, pero haciendo un sÃmil prehistórico serÃan más agricultores que cazadores. El cazador es nómada –y si no dÃganselo al ex ministro Bermejo, que acaba de saltar de su silla para disfrutar del paro tirando sobre muflones–, se mueve con la presa y no tiene lugar fijo. Mountains, en cambio, son como ese labrador que ara el campo y, por las noches, mientras ve cómo se pone el sol, se sienta en el porche de su casa con su lata de cerveza y, sorprendido en un momento al azar, ve brotar el primer atisbo de tallo entre los surcos. Órgano, voz sintetizada, libros, campanas, agua, guitarra de doce cuerdas, harmónica, acordeón, ordenador y otros objetos: asà enumeran Mountains las voces de esta coral hipnótica en las lÃneas interiores del disco. Y cantan unos drones cálidos con el vigor de la naturaleza viva, que se repite dÃa a dÃa, sin descanso, y hasta el fin de los tiempos. Javier Blánquez |
