FAT CAT Una cosa que me sorprende desde hace algún tiempo es que en esta época de adoración y abuso del teléfono móvil en la que vivimos, se pueden contar con los dedos de una mano las iniciativas interesadas en explorar ese fascinante (y muchas veces absurdo) universo que conforman los politonos. AsÃ, a vuelapluma, sólo se me ocurre pensar en tres reseñables: la estupenda recopilación "Ringtones", que Touch editó en 2001 (¡en 2001!), esa especie de diario personal, cuyas entradas están compuestas utilizando el móvil, que está construyendo poco a poco la japonesa Sasaki San, y la página web Nexsound, que alberga politonos creados de manera especÃfica por artistas como Frank Bretschneider, AGF, Kim Cascone o Francisco López. Una lista en la que no tengo muy claro si incluir el nuevo disco de Max Richter, "24 postcards in full color", aunque el propio compositor lo defina asÃ, como una colección de estampas que podrÃan servir como politonos. En teorÃa, no deberÃan faltar razones: las veinticuatro piezas incluidas parecen jugar con la baja fidelidad, incorporan el ruido estático y la legaña sonora al vocabulario habitual del compositor (cuerdas, pianos, cintas manipuladas, guitarras) en un esfuerzo por adaptarse al ruidoso entorno en el que suele funcionar un teléfono móvil, por conseguir que el papel del pequeño aparato trascienda más allá de lo utilitario. Y es que, como el propio Richter afirma, "¿quién dice que los politonos son siempre algo malo? Es como decir que los vinilos o los compactos son malos. No lo son; son sólo medios de transmisión". ¿Cuál es, entonces, el problema? Pues en realidad hay varios; el primero, que a Richter se le escapa que la primera misión de un politono es funcional, la de avisar al dueño del teléfono de que alguien le llama (se nos olvida a veces, pero los teléfonos móviles sirven para eso, para hablar), y poco hay de sensación de urgencia en esta colección de melodÃas sutiles y arreglos floridos. Además, le pierde el tiempo: pocas de las piezas consiguen que su duración no sobrepase el minuto; un plazo excesivo, incluso para el novio paciente, que sabe que su chica debe encontrar el teléfono en el interior de un bolso de tamaño sobredimensionado. Pero lo más grave es que Richter siempre ha dado lo mejor de sà mismo en distancias largas, en esas piezas que se van desenroscando poco a poco, que evolucionan con parsimonia y delicadeza, siempre bailando sobre esa fina lÃnea que separa lo Ãntimo, lo sobrecogedor, de lo rematadamente cursi. Es algo que aquà se echa en falta: estas piezas parecen más bien esbozos, apuntes de ideas por desarrollar, melodÃas ensambladas con ligereza, sin paciencia. Es como si representaran una versión reducida y deshuesada de Richter. Una versión que, al menos un servidor, no está seguro de querer conocer. Vidal Romero |

