LABRADOR El otro dÃa, un amigo al que hacÃa un año o asà que no veÃa me invitó a su casa. Es un tipo de gustos fijos, inamovibles, no tanto uno de esos integristas que enarbolan la bandera del género puro, sino más bien de esos encantadores personajes más allá del bien y del mal, que van a lo suyo, ajenos a las modas y a los escaparates de tendencias, a los consejos del Vogue Italia o al amigo coolhunter de turno. Cuando entré en su casa nada habÃa cambiado. SeguÃa teniendo las mismas fotos en el mismo corcho, retratos vivos de momentos que le acompañarÃan seguro hasta que la imagen diese de sÃ; el mismo olor entrañable a suavizante del malo, ese tÃpico olor que se entremezcla con el aroma a colilla y a comida recalentada de piso de estudiantes; la ropita contrahecha del sofá, con el mando a distancia remetido entre uno de sus cojines y el piloto del stand-by adornando como si fuera un ojo rojo el pequeño y destartalado televisor de los de fondo gordo, nada de plasma. A su lado, en la misma estanterÃa con manchas descoloridas por las salpicaduras de lejÃa, se amontonaban discos de St Etienne, Belle & Sebastian, Josh Rouse, Jens Lekman, Acid House Kings y un puñado de recopilatorios de Northern Soul, pop de los sesenta, Burt Bacharach... Todo ese pop que siempre vuelve a nosotros como un abrazo correspondido, ese que escuchamos con una sonrisa de lado y que está al borde de la cursilerÃa, ese que defendemos a capa y espada, de cualquier insulto referido a su sensibilidad y sencillez. Le pregunté por qué demonios no percibÃa un atisbo de renovación en su casa, en sus cosas, en sus discos, en su olor. Y me miró desengañado, con esa mirada del perro viejo que aún tiene esperanzas en las cosas sencillas, y me replicó que él era feliz asÃ, inmóvil, con la mirada fija en los detalles que para él merecen la pena. Albergaba la esperanza de que hubiese gente cómoda con su ideal y su teorÃa de lo no-evolución. Gente que aún se emocionara con una canción que hablara sobre lo patético que es volar en un avión de una compañÃa de bajo coste; sobre lo bonito que sigue siendo ParÃs, aunque sea la de postal; incluso sobre el hecho de darte cuenta que eres un viejo mental por culpa de un patético test de una patética aplicación de Facebook. ¿Qué podÃa hacer, sino callarme y asentir? Le dije, sin más: “Mi buen amigo Pelle Carlberg, sigue haciendo sus piececitas de lego pop, que juntas conforman una enorme decorado en el que todos somos bienvenidos, en el que nada cambia y todo sigue igual, y en el que podemos seguir disfrutando de canciones con palmas, tecladitos, estribillos para cantar emocionados, con esas melodÃas que, a pesar de ser casi idénticas las unas a las otras, nunca nos cansaremos de escuchar.”  Antonio Bret  |
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