Cultura

David no entendía por qué su familia se había vuelto católica, así que hizo un documental

Cuando toda tu familia se vuelve creyente... y tú no entiendes nada

Primero, libros de teología. Muchos libros. Más libros. Después, la Biblia. Finalmente, un crucifijo. El entorno de David Arratibel se fue llenando, poco a poco, de símbolos, de símbolos religiosos. Él no entendía nada y casi mejor no preguntar. En el frigorífico de la casa de su hermana, María, y su cuñado, Raúl, se lee esta nota: “ Después de desayunar: Lavar los dientes, hacer pis, vestirse y dar un beso a la virgen”.

CONVERSO [Trailer] from  filmotive on  Vimeo.

David sigue sin entender nada: cómo va a entenderlo si su familia nunca fue religiosa, jamás pisó misa. “¿Por qué quieres grabar todo esto?”, le cuestiona la voz de una niña, su sobrina, nada más arrancar Conversos, el documental que retrata el proceso de conversión al catolicisimo de una familia entera, la de David.

El documental —presentado en el marco del Festival de Cine de Autor de Barcelona—  retrata cómo, en cuestión de seis años, su entorno inmediato (madre, hermanas, cuñado) abrazaron la fé católica a partir de procesos y revelaciones distintas. Ninguno convenció al otro, pero todos llegaron a la conclusión de que Dios existe.

Todos, excepto él. Durante mucho tiempo, David se mantuvo al margen, como un marciano que mira todo con perplejidad, una mezcla de angustia existencial por no entender qué demonios le ha pasado a su familia e incluso rechazo. Al fin y al cabo, no es tan normal que todo tu entorno se convierta al catolicisimo ya de adultos.

Mi hermana me dijo que la película ya le había servido porque habíamos podido hablar de una puta vez de esto que le pasó hace seis años, que era algo de lo que yo no quería hablar porque me daba mal rollo”, me explica David por teléfono. Y traga saliva. Ahí es cuando se da cuenta de que Conversos es más que un retrato sobre el proceso de entender la fe y la espiritualidad. También es un documental sobre conversaciones pendientes y tabús dentro de la familia. "Tú te lo tomabas con una rebeldia muy violenta, hijo", le suelta la madre en una escena en la que están los dos, cara a cara, sentados en el salón de su casa.

“Mientras hago la peli descubro que mi rechazo o rebote inicial también se debe a una sensación de exclusión, de sentirte fuera, de repente tu tribu ha cambiado de color”. Y también porque acabó, en cierto modo, harto de tanta exaltación de felicidad, de paz cristiana y de cierto proselitismo: un día su hermana le regaló una biblia y le dijo “yo lo que quiero es que tú seas feliz”.

“La felicidad de los otros te genera rechazo, es así, somos así de mezquinos. Un día te parece bien, pero al segundo te da por culo”. Han tenido que pasar unos cuantos años para que David pueda analizar con cierta perspectiva a su familia y mirarla de un modo desprejuicidado.

El documental te explica el proceso de conversión de cada uno de los miembros de su familia: primero fue Maria, su hermana mayor, a través de su profesor de conversatorio y su actual pareja, Raul. Empezaron asistiendo a reuniones y debates con amigos en los que hablaban de teología, filosofía, el origen del universo. Ambos lo vieron claro: Dios existía y tenían que creer en él. Luego, su madre, Pilar, si bien de joven partició en movimientos cristianos, no fue hasta que presenció el proceso de conversión de su hija María que empezó a reconectar con su fe perdida.

Y, por último, llegó Paula, su hermana menor de 25 años. “Paula tiene una visión más científica, es neuróloga y creo que no tuvo esa revelación más emocional que experimentó el resto de mi familia —la mayor parte de ellos lloraron, en algún momento, mientras rezaban por primera vez—. Creo que en su caso llegó a una convicción más teórica", razona David. Paula apareció un día por la puerta y dijo: " He comprendido que Dios existe".

En el curso de realizar el documental, David también se da cuenta de que algunas ideas que él tenía en la cabeza y que, en cierto modo, habían puesto distancia entre él y su familia no eran tan real como creía. Eso, en cierto modo, le abre los ojos.

“Antes de la pelicula pensaba que mi hermana mayor había hecho un proceso de captación con mi hermana pequeña y eso se lo tenía ahí, como guardado. Con la película descubrí que eso nunca pasó y que la primera vez que hablaron de la conversión entre ellas, en realidad, fue a raíz del documental", explica. 

Le pregunto si en todo este proceso de ver como todo su entorno llega al mismo punto no se ha sentido tentado. “Mi cuñado me dijo durante el documental que si seguíamos hablando quizás me convencería”, espeta entre risas. Pero David se mantiene como el último vestigio del agnosticismo en su familia. “ Soy una persona muy poco espiritual. No siento rechazo, pero sí siento indiferencia, sin más, siento que no me implica”. En uno de los 22 montajes que planeó para la película se planteó incluir un plano fijo de su cuñado explicando por qué cree que Dios existe durante 18 minutos. Al final, haciendo caso al montador, decidieron descartarlo.

Hablar de fe, ahora, en medio de una sociedad cada vez más agnóstica y que tiende menos a la espiritualidad tiene un punto antisistema. Las reacciones de la gente de su entorno al explicarles la idea del documental lo constantaron. "La gente reaccionaba con mucha violencia, antes incluso de verlo. Y eran amigos mío, gente formada o con sensibilidad en muchos ámbitos", argumenta. Un amigo íntimo suyo le dijo una vez: “Esta película solo la puedes hacer para meterlos en la cárcel o para dejarlos en rídículo”. “¡Pero si son mi familia!”, le replicó él. Todas sus dudas morales —sobre si exponer o no tanto a su familia— se disiparon cuando el documental fue tomando forma por si solo, revelándose como mucho más que una pieza sobre religiosidad y fe, también como un espejo de su familia. "Me has engañado. Esta peli no va solo sobre la fe, también va de cariños, ausencias, vacíos, distancias” , le escribe su amigo al poco de ver la película. La frase le gustó tanto que acabó poniéndola de sinopsis.

Así que esta película, de alguna forma, conecta con todos: ateos y agnósticos se aproximan a la fe desde la intimidad de un relato familiar. Al final: los planos de ellos sentados en un jardín, en el salón de su casa, en la iglesia junto a al órgano de su cuñado o en el coche nos evocan a la cotidianidad de una casa en la que hay, como en todas, silencios, confesiones y algunos reproches. La religiosad permanece latente, pero ni mucho menos es lo más importante.

“Y, para la iglesia, que un tipo agnóstico, raro, despeinado, que va a festivales de cine de autor y esas cosas haga una película en la que se habla de fe y no quedan mal... es perfecto. Están encantados”.

Todos contentos: si Dios existe, seguro que también.

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