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Culture

Así es como 'Dunkerque' me hizo pasar de hater a fan de Cristopher Nolan

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Una review inmersiva de 'Dunkerque', la película con la que Cristopher Nolan ha conseguido maravillar incluso a sus detractores

víctor parkas

25 Julio 2017 06:00


¿Quién, en su sano juicio, compraría palomitas de colores para ver una película de Cristopher Nolan? Mi acompañante las compra y, puesto a que no quiero gastar aún las mías –saladas, vulgares– voy cogiendo de su cubo durante los tráilers, antes de que empiece Dunkerque. “Ya”, me dice, mientras coloca sus palomitas fuera de mi alcance. Lo hace tarde: cuando empiezan a sonar las primeras notas de Hans Zimmer, todavía tengo muelas teñidas de verde, azul y rojo.

“Una película de Cristopher Nolan”, advierte la pantalla, sobre un fondo negro.

Dunkerque”, continúan los créditos iniciales, consumando así su amenaza.

Quiero arrancarme el sabor dulce de la garganta. Cuanto antes. “Ya”. Lo considero necesario para disfrutar como es debido de la experiencia sensorial que, se supone, es Dunkerque. Rodada con cámara Imax, en celuloide de 70 milímetros y con una banda sonora omnipresente a lo largo de todo el metraje, ¿no se merece que la veamos con los carrillos llenos de palomitas saladas? ¿No nos trasladaría ese sabor, cercano al salitre marino, a la playa de Dunkerque dónde se desarrolla la acción de la cinta?

Yo creo que sí. Fionn Whitehead, que corre hacia cámara escapando del fuego enemigo, estoy seguro que también –Dunkerque, de tan inmersiva, da pie a elucubrar de forma osada. Cojo un puñado de palomitas y, conteniéndolas en mi mano semi-cerrada, voy comiendo de ellas, como si estuviera dando mordiscos a una manzana de átomos inestables. “Ya”.

Whitehead llega a la playa casi a la vez que la primera andanada de maíz salado baja por mi esófago. Lo primero que hace el soldado al pisar la arena es algo que, tratándose de un veinteañero británico que visita otro país, no sorprende a nadie: se baja los pantalones, dispuesto a cagar. Fantaseo con la posibilidad de que la película se centre en los movimientos intestinales de sus soldados; que, de tan chalada, sea la cinta de guerra más realista de Hollywood.

La Historia convirtió a estos chicos en héroes. Ahora vas a ver como se cagan y se mean encima de puro terror. Como la humanidad de les derrama, muslos abajo.

Whitehead se sube los pantalones y, además de evaporar así mi fantasía, da comienzo a la película propiamente dicha, es decir: da comienzo el relato de Nolan sobre lo que fue, lo que pudo ser, la batalla de Dunkerque. Los frentes de pugna son tres: tierra, mar y aire. En cada frente, un protagonista; con cada protagonista, un tiempo horario distinto, pese al cuál, las tres historias confluyen durante el clímax de la película.

Aunque ahora escribo sobre ello con seguridad y espalda recta, tardé media hora en entender el funcionamiento de Dunkerque –el de las tres historias paralelas y su tiempo fílmico–, no sin girarme hacia mi acompañante, varias veces. “Una semana, un día una hora, ¡pero si lo ponía al principio!”. Lo bueno de sentirte perdido viendo Dunkerque es que te permite empatizar con el ejército francés: no sabes muy bien por qué, pero no te puedes subir a ese barco de evacuación británico.

La sal me agrieta las manos y entumece mis labios, pero sigo comiendo palomitas; ¿no harías tú lo mismo? Creo que ese de ahí, el piloto del que solo vemos los ojos, es Tom Hardy –no estoy seguro porque quería llegar a Dunkerque sin haber leído, visto o escuchado nada de ella. Su voz tampoco es muy reveladora: suena alterada por las turbulencias del avión, algo inédito en ninguna otra película de aviadores. Un detalle a aplaudir. Con las manos agrietadas, incluso.

Tom Hardy, si es que ése es Tom Hardy, no es al único difícil de avistar: Dunkerque no muestra al enemigo. A esos cabrones nazis. Vemos sus avionetas, sus bombas y los agujeros que dejan sus balas, pero no a ellos. En eso, como en otras muchas cosas, la película se hermana con La Delgada Línea Roja de Terrence Malick: en aquélla, el enemigo parecía ser la misma jungla donde se encontraban los soldados; en Dunkerque, es la playa francesa lo que parece estar dotado de vida propia. En las dos, el score de Hans Zimmer sumaba amenaza a la amenaza.

'Dunkerque' es como una marabunta que te arrastra de un lado a otro, embotando tus sentidos. Es como la videoinstalación de un museo en llamas

Quizás no pueda dar fe sobre si el aviador es o no Hardy, pero joder: eso claramente es un torpedo. El barco en el que está Whitehead se retuerce, sus ocupantes salen disparados en mil direcciones distintas, y mi acompañante me aprieta la mano, como solo apretarías la mano a alguien si te estuviesen dando contracciones. El agua inunda el barco, los gritos se ahogan y yo, sin despegar la vista de la pantalla, bajo mi cabeza en busca de la cañita de mi refresco.

Whitehead y el resto de soldados se están ahogando. La Coca-Cola se estampa contra mi paladar.

Por razones que tienen que ver con lo prosaico –a saber: yo y mi acompañante pedimos palomitas tamaño infantil– me quedo sin víveres en plena recapitulación. Por suerte, el aire acondicionado está lo suficientemente alto y mis pantalones son lo suficientemente cortos: cuando Cillian Murphy abandona a Whitehead en alta mar, aduciendo problemas de espacio en su embarcación, yo también me estremezco de frío en mi butaca ocho, fila once, sala seis.

Pero seamos sinceros: ahora mismo, ni la mejor manta térmica podría arruinarme Dunkerque. Pura opulencia, la película es como una marabunta que te arrastra de un lado a otro, embotando tus sentidos. Es como la videoinstalación de un museo en llamas. Dunkerque apenas tiene un asomo de guión y el contexto está desdibujado, pero a la vez contiene unas set pieces de acción tan vehementes que podría convertirse, si no lo es ya, en el blockbuster del verano.

Nolan juega a ser Kubrick a lo bestia, es decir: juega a ser todos los Kubricks posibles, a la vez. El antibelicismo de Senderos de Gloria y La Chaqueta Metálica se maridan con la proeza técnica de 2001, para ofrecer una experiencia sensorial cercana a La Naranja Mecánica. Me doy cuenta de todo esto cuando el fuego alemán ha hecho naufragar un barco aliado, dejando a los chicos en alta mar, cubiertos en petróleo, a merced de las llamas.

Si mi acompañante y yo entrásemos ahora en combustión espontánea, no me haría el sorprendido.

Dunkerque llega a su recta final, y ocurre: caigo en la cuenta que, por primera vez en muchos años, estoy disfrutando de una película de Cristopher Nolan. Como miembro de su camada de detractores, me veo obligado a izar la bandera blanca. Y ha tenido que ser con la película sobre una derrota: yo, como el ejército británico, me veo obligado a retroceder ante el talento, soberbio, autoritario, del director de Memento –la guerra, pese a todo, y pasado este episodio, no dejará de librarse.

La rendición total, el tirar el fusil al suelo y alzar los brazos, viene con el plano que precede a los créditos finales. Si en el cuadro que cerraba Origen, el director se servía de una peonza en rotación para sugerir diferentes resoluciones a la propia película, Dunkerque termina acorralando al espectador contra un solo acantilado. Bajo nuestros pies, el abismo, obligándonos a resignificar lo que hemos visto durante la última hora y media.

De Dunkerque se ha dicho que es la primera película basada en hechos históricos de Cristopher Nolan, cuando nos encontramos ante todo lo contrario. Nolan, con su survival bélico, no hace si no recordarnos que la Historia es un relato, y que ese relato lo escriben los vencedores; lo hacen al calor de un despacho, sin traer horror y barro incrustados bajo las botas. El director natural de Westminster, con Dunkerque, discute ese relato desde una óptica británica, incurriendo así en un gesto de puro patriotismo. Porque ser patriota, en última instancia, significa cuestionar discursos dominantes. Cuestionar poderes establecidos. Cuestionar tu propio medio de expresión; restarle solera.

“Vámonos”, le digo a mi acompañante, apurando la Coca-Cola ya aguada de mi vaso de plástico, “las películas de Nolan nunca tienen escena post-créditos”.

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