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Culture

Estuvimos en una fiesta remember de Pont Aeri (y vivimos para contarlo)

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La mítica discoteca de makina volvió a abrir por una noche. Así lo vivimos

víctor parkas

08 Diciembre 2016 14:06

El peregrinaje parece un concepto inherente a la música de baile en España: los autobuses, que llevaban a la gente de una discoteca a otra durante la valenciana ruta del bakalao, dieron paso a los trenes de cercanías, única opción de los jóvenes catalanes para llegar a discotecas como Chasis (Mataró), Scorpia (Igualada) o Pont Aeri (Terrassa). 

Eso explica, supongo, que lleve una puta hora metido en el tren.

También, que cuando baje, todavía me queden 20 minutos andando hasta la Sala Vinilo, un recinto que de 1992 a 2004 se llamó Pont Aeri.

Hoy, durante ocho horas, el local recuperará este nombre.

Dejo de mirar Google Maps cuando, ya dentro del polígono, soy capaz de guiarme por la música; cuanto más avanzo, más cuenta me doy que ésta proviene no de la discoteca, sino de los coches aparcados en sus aledaños. La gente hace lo que debe: beber a morro de botellas de plástico antes de entrar a la sala.

En la puerta, Nando Dixcontrol pega alaridos y se fotografía con sus fans.

Llego muy tarde: la sesión de Nando ya ha terminado, pero todavía quedan por delante la de David Pastis, DJ Skudero y Xavi Metralla; con éste último hablé esta tarde, por teléfono.


Dentro del polígono, soy capaz de guiarme por la música; cuanto más avanzo, más cuenta me doy que ésta proviene no de la discoteca, sino de los coches aparcados


“Yo nunca fui de público a Pont Aeri”, me dice Xavi, cuyo padre, Ramón, era también propietario de la discoteca. “Fui camarero, trabajé en el guardarropa, recogí vasos y me encargué de las luces. Poco a poco, fui subiendo hasta convertirme en DJ”.

Ahora, junto a su hermano Marc Escudero, y tras el cierre de todos los locales de la franquicia, Xavi Metralla tutela la marca Pont Aeri en fiestas itinerantes y puntuales. La de hoy, Four Generations, reúne en cabina a cuatro deejays que, cada uno en una época distinta, marcaron a cuatro generaciones diferentes de amantes de la makina y el hardcore.

Nando Dixcontrol, por cierto, sigue pegando gritos en la puerta. Entro.

No importan tus experiencias previas, ni tu edad: entrar a Pont Aeri es como entrar en una discoteca por primera vez; una mezcla de excitación, peligro y aumento del ritmo cardiaco, que se equipara, tras cruzar la puerta, a las 180 revoluciones por minuto de la música.

Una puta pasada.

Como la primera vez que entré en una discoteca, mido mis pasos, y mi cadencia es visiblemente extraña: es como la que tienes cuando intentas parecer sobrio delante de tus padres, pero cambiando ‘sobrio’ por ‘seguro’ y ‘padres’ por, bueno, ‘ellos’.

Ellos, haciendo honor al Four Generations que da nombre a la fiesta, tienen edades comprendidas entre los 50 y los 18 años; alguno, que incluso logra hacerse sitio en el podio, fácilmente alcanza los 70. Llevan camisetas de Chasis, sudaderas que rezan ‘I <3 Hardcore’ y, por supuesto, abanicos de Pont Aeri. Si el aforo no está completo, poco le falta.

“Queremos hacer como si el tiempo se hubiese detenido”, me explicaba hace unas horas Metralla. “Reunir a toda esa gente que nos ha seguido durante tantos años; que se han conocido aquí; que se han enamorado. Yo mismo conocí a la madre de mis hijos en Pont Aeri”.

Más que haber detenido el tiempo, Metralla y los suyos parecen haber despertado, música frenética mediante, a un poblado fantasma: lo único con vida en el polígono es Pont Aeri, y en Pont Aeri lo único con vida —bajo flamantes cazadoras Alpha Industries, bajo ajustadas camisetas Lonsdale London— parecía llevar años extinto.

“Hay cantera y hay relevo, lo que no hay son salas”, me explicaba antes Marc, que vio como el último Pont Aeri se veía obligado a cerrar en 2012, al no poder asumir la subida del IVA al 21%. “Es por eso que la cultura makina quedó saturada y la escena se estancó. Aunque el estilo continúa vivo gracias a fiestas revival como la de esta noche”.

Pero lo de hoy no es sólo una fiesta: también es una misa. Mientras espero hacer notar mi existencia en la barra, noto que toda la discoteca, sin dejar de bailar, tiene los ojos clavados en la cabina, el púlpito de Pont Aeri donde los deejays ofrecen un espectáculo que va más allá de pinchar música: de intervenciones por micro hasta cubatas girando sobre los platos, y todo bajo el enorme símbolo pagano del club —un círculo con dos alas.


Entrar a Pont Aeri es como entrar en una discoteca por primera vez: una mezcla de excitación, peligro y aumento del ritmo cardiaco


Ahora mismo, bajo el logo, David Pastis está encarando la recta final de su sesión.

La presencia de Pastis en cabina es inmensa; sus muecas son perfectamente legibles, incluso desde los cincuenta metros que nos separan. Con cada cambio de disco, puedes ver que David se mueve a una velocidad distinta a la nuestra —a una velocidad de fotogramas mayor, como en una película de cine mudo.

Me sirven. Suena, aceleradísima, The show must go on. Hora de moverse.

Subo por una de las escaleras laterales, atestadas de gente que, sí, también baila.

Pont Aeri, a diferencia de cualquier otra discoteca, no tiene espacios para la asistencia pasiva; para tomarte-algo-y-a-ver-qué mejor busca otro club. Aquí, si no fuese por la gravedad, la gente estaría bailando hasta por el puto techo. Ya lo dice el mantra techno: baila o muere.

Y así, todavía voy por la mitad de la escalera. Al final de ésta, una plataforma flotante —la razón de que la discoteca tomase ‘puente aéreo’ como nombre— también sirve de pista de baile. Desde este punto, el ambiente ya no es de misa, sino el que se respira en el gol norte de un campo de fútbol: cada hit es recibido con dos brazos extendidos —imitando al logo— y con sus respectivos ‘lololos’.

“Tú mucho Fred Perry, pero no bailas”, me dice alguien.

“Acabo de llegar”, respondo. Dos minutos más tarde, ya me habré integrado.

Dos minutos más tarde, ya con DJ Skudero en cabina, suena Flying Free.

Delante de los deejays, los más jóvenes organizan un pogo que sería la envidia de cualquier concierto punk. Reconocen y celebran cada tema con pasión hooligan: suben a hombros de sus acompañantes; se encaraman a cabina; ni hay respiro ni tienen por qué tomárselo.

Quitémonoslo de encima: ¿Había drogas? Las mismas que en Apolo, Razzmatazz o Pachá, aunque seguramente más baratas. ¿Skinheads? También. Y aunque su presencia te hacía estar en alerta continua, su número era ínfimo. “Pont Aeri nació en una época con una estética muy concreta y muy diferente a la de ahora”, apunta en este sentido Xavi Metralla. “Pero nuestro público siempre ha sido muy variado”, asegura.

“Si nos comparas con otras discotecas, verás que no somos tan malos como nos pintan”.


¿Había drogas? Las mismas que en Apolo o Razzmatazz. ¿Skinheads? También. Y aunque su presencia te hacía estar en alerta continua, su número era ínfimo


Más que notar los motivos que la prensa amarilla utilizaba de carnaza en la época —pelaos y rulas—, lo que más sorprendía de Pont Aeri era la ausencia de inmigrantes y, aparentemente, de gente con sexualidad no normativa. ¿Actúa la ropa paramilitar como repelente de estos grupos sociales? Puede; aunque parece más bien que, simplemente, la burbuja temporal de la que hablaba Metralla era cierta: de puertas para dentro, la demografía y la sensibilidad del local son propias de 1996.

En la tele dan Farmacia de Guardia y la sesión de DJ Skudero es la bomba.

La palabra que más pronuncia por el micro Marc es ‘familia’, y el ambiente que me rodea da fe de que no es sólo una forma de hablar: me siento como alguien que acaba de colarse en una boda; una en la que ceremonia y baile se celebran a la vez.

“Una mica de patxanga, una mica de reguetón, una mica de R&B… I la mare que els va parir”. Copia, pega en el traductor (catalán) de Google y verás el ex abrupto con el que Xavi Metralla saludó a los asistentes. Su sesión, la última de la noche, fue la más contundente de todas. ¿Happy hardcore? Ni en sueños.

Aunque, a medida que pasaban las horas, la sala iba perdiendo masificación, las luces láser continuaban girando y, los que aún aguantaban dentro, quemaban zapatilla sobre la pista de madera. Una sirena aúlla desde el aire, y las chicas, que bailan tan o más fuerte que cualquier rapado, convierten el recogerse las coletas (sin coletero) en un gesto tribal involuntario.

Las luces se abrieron de una forma tan progresiva —hablamos de minutos— que era casi imperceptible caer en que la sesión estaba llegando a su fin. La camarera, por primera vez, se subía a bailar sobre una barra en la que no serviría más copas esa noche.

Pero eso a la gente le da igual porque, aun con las luces abiertas, sigue haciendo lo mismo que ha hecho el resto de la fiesta: dejarse las rodillas bailando.

Metralla y el resto, todavía en cabina, siguen haciendo temblar los bafles, aunque pasen unos minutos de las seis de la mañana.

“Aquella fue una época irrepetible, con lo bueno y lo malo”, me recordaba Xavi horas atrás. “Yo y mi generación no nos arrepentimos de haber vivido esto”.

Recojo mi abrigo. Suena, y es un acierto, The show must go on. Hora de moverse.

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