Cultura

Cuando los raperos hacen el pussy

Virilidad, ñoñería, bombo y caja: el salvaje mundo de las baladas rap

En el instituto, me enamoré de una evangelista.

Puedo recordar el momento justo en que empecé a notar que perdía presión en cabina: un ejercicio que hicimos en clase de música, donde se nos pedía a cada uno de nosotros traer una canción para analizar. Y tras sonar, en este orden, Camarón, Pantera y Arctic Monkeys, llegó el turno de ella, de Alba. Play. “Es él y ella/ es Arma Blanca / Dlux”.

Anna, otra compañera, se giró para soltarme un: “Esta tía es imbécil. Se piensa que es una canción romántica, cuando en realidad habla de la adicción a la cocaína”. Tenía sentido. Metáforas como “princesa vestida de blanco” o “frente a un espejo se juraron amor eterno” eran de un obvio que te sacaba los colores, aunque ni eso me detuvo.

A ponerme “aunque era ateo, él le pidió a Dios un deseo” de subnick en el MSN, me refiero.

Y tampoco me detuvo de pasarle a Alba —después de que me lo pasase, antes, Anna— Versos íntimos de Suko.

Alba descubría así, casi al mismo tiempo que yo, a Suko. Al poco, era su subnick el que mutaba: del “más color y menos sectas” (rap cristiano ignoto) al “soy esa nota que desentona, pero suena bien” (Suko, A veces). Por fin, aunque fuese a través de una barra de texto, había comunicación.

Las baladas del rap español. Vaya faena. Son tan viejas que, muchas de ellas, sólo puedes encontrarlas con fotomontajes de YouTube —abrazo roto, ojo con lágrima, querubín lloroso— a cuál más vergonzante. Y aunque cada una disfruta de sensibilidad propia, se cortan por un patrón similar: cantante de sensibilidad hetero, con cuya testosterona podrías resbalarte, poniéndose tan intenso que no serías capaz de aplacarlo ni con una manguera antiincendios

Un ejemplo:

“Te quiero / Eres la luz de mi agujero / La manta que me arropa en este frío mes de enero / Eres la más linda flor que vi crecer en mis tierras / La luz y la paz de un reportero de guerra”.

No, no es Abraham Mateo. Es Nach Scratch y su Amor Libre, dejando claro que, pese al romance, él vive rodeado de bombas lapa, sangre y polvo.

El beef no nace con trapbeefeos: antes de Instagram, Metro y Kase O ya se tiraban la mierda entre sí. En ligas menores, lo mismo les pasaba a Porta y Aloy. Sin embargo, en ninguna de estas tiraderas se utilizaba de arma arrojadiza la cursilería del contrincante, convirtiendo la realidad ñoñirap en un tema prácticamente tabú.

Es decir, vivimos en un mundo en el que Xhelazz puede cantar “hice viajes a la luna sin tener naves / di pasos de astronauta por cada uno de sus lunares” y salir airoso del envite.

Todas estas canciones se cortan por un patrón similar: cantante de sensibilidad hetero, con cuya testosterona podrías resbalarte, poniéndose tan intenso que no serías capaz de aplacarlo ni con una manguera antiincendios

En este pacto de silencio van implícitas unas reglas no escritas. En primer lugar, el sentimentalismo de la canción no puede eclipsar la virilidad de su cantante. Éste ha de mostrarse, por otro lado, complejo a la vez que cercano. Si, además, incluye de intro un inserto de peli con ínfulas filosóficas, pero pocha como ella sola ( Martín Hache), salta la banca.

A Kase O, el miembro de Doble V que se encarga de Ninguna chavala tiene dueño, el tiempo lo ha vuelto, para sorpresa de todos, un letrista cada vez más descarnado. El Círculo, su último trabajo en solitario, incluía Basureta, un tema que interpretaba, directamente, llorando —el también rapero Lechowski le acusó, por esto mismo, de haberle plagiado.

“La polémica entre Kase O y Lechowski me pareció horrible”, opinaba el artista trap Cecilio G, cuando lo entrevistamos semanas atrás. “¿Qué hacéis? ¿Sois tontos? Somos raperos, tío. No hagamos más el pussy. Lo que menos entiendo es cómo se están peleando por esa idea de mierda; por un a-ver-quién-llora-más”.

Y es que, si hablamos de trap español, lo más parecido a una balada es esto.

El trap nacional, un estilo que puede vanagloriarse de haber descabalgado al sonido hip hop más clásico, es incapaz de hablar de amor sin, de un modo u otro, ponerse postmo.

Bien sea acercándose a las baladas con cinismo — Pimp Flaco—, bien sea reciclando y reformulando sentimientos ajenos — C. Tangana—, las constantes del ñoñitrap son muy distintas a las de canciones como Siento (Zenit) o El Tendedero (ToteKing) y, por lo tanto, merecerían un texto por sí mismas.

Entre un estilo y otro, la brecha generacional se evidencia, sobre todo, por la sinceridad que tienen los cantantes (de trap y de rap) a la hora de revelar referentes en tus tonadas románticas: si C. Tangana se hizo famoso al presentar sus respetos a Drake, el Nega prefiere dedicar reverencias al Pacino de Esencia de Mujer

¿Cuánta distancia entre los estilos? Un abismo.

“Contigo no puedo ser libre / Es como vivir atrapado en una escena de Arthur Miller”, canta Nega, pero bien podrían hacerlo Nach o Kase O. Sí, en el ñoñirap abunda la autocomplacencia cultural; el “qué listo soy y qué poco follo”. 

En Paraísos Artificiales también encontramos otro de los tics propios de las baladas rap: frases del tipo “me desintegro dentro de tu pubis extraordinario” o “hice de tu clítoris mi patria, mi país”, aunque revienten el heterómetro, tienen un poso tan (involuntariamente) cómico que acusarlas de machismo sería caer, a su vez, en la autoparodia.

Y es que, el ñoñirap, aunque hormonado, ha conseguido contentar a público de sensibilidades muy distintas. A ello ha ayudado el evitar, por ejemplo, términos como “puta”.

Aunque siempre hay una primera vez para todo.

“Sigo in love con esa bad bitch”. Así nos recibe In Love, incluida en la reciente mixtape Hijos de la Ruina Vol. 2, un trabajo de Recycled J, Natos y Waor. El “bad bitch”, repetido en más de 20 ocasiones durante la canción, no está solo; lo acompañan dos “puta” como dos catedrales.

In Love, la última en unirse a este subgénero, es hija de su tiempo: Recycled J, Natos y Waor, aunque sean de los pocos MC’s contemporáneos que han sido capaces de sobrevivir defendiendo un sonido clásico, saben que su pervivencia pasa por adoptar, como mínimo, uno o dos vicios de ese estilo hegemónico que es el trap. En el caso que nos ocupa, su retórica machista.

¿Sois tontos? Somos raperos, tío; no hagamos más el pussy

Pese al “puta”, pese al “bitch”, In Love cumple con su cometido de rap meloso y tiene coincidencias con todo lo expuesto hasta aquí. Queda claro en frases como “la luna llena, tu piel morena, hotel a pie de playa: 5 estrellas”. O “tampoco es que el dinero llueva, pero yo no la dejo pagar la cena”. O “me da igual la calle que el Ritz, lo que quiero es dormir junto a ti”.

Aunque el Loren de Magnatiz profiriese “perra”, “zorrona” e “hija de puta” cuando se ponía tierno en Bajo las sábanas, el “puta” de Recycled J, Natos y Waor no deja de sentirse, en cierto modo, como un pequeño evento.

El ñoñirap, al haber llegado a su primer “puta” con In Love, ha demostrado que, como subgénero, es capaz de sobrevivir incluso a su propia demolición. 

Si observamos los diez años que separan el “demasiado erótica para ser un hada, así es mi flor deshojada” de Juaninacka en Sexxxy del “te amo puta” en In Love, algo parece quedar claro: las baladas rap, viendo el asunto en perspectiva, parecen tener una y solo una misión histórica.

Y ésa no es otra que revisar, cada una en su época, nuestro concepto de “vergüenza”.

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