Cultura

Mel Gibson sigue haciendo peliculones... sin dejar de ser una persona horrible

¿Compensa?

Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge) es una de las películas del año. Tras una década, Mel Gibson ha vuelto a ponerse tras las cámaras para regalarnos una brillante historia épica, bélica y religiosa.

Básicamente, Gibson ha mezclado los mismos ingredientes de siempre para hablar de uno de esos tantos héroes reales que no llevan capa: Desmond Doss (Andrew Garfield), el soldado que no mató a nadie.

En plena Segunda Guerra Mundial, Doss es un joven interesado por la medicina que decide alistarse al Ejército de Estados Unidos al no soportar que todos sus amigos y familiares estén luchando por él.

Sin embargo, Doss tiene una particularidad que lo hace especial: no puede tocar un arma. Como devoto de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, se ha prometido no matar a nadie y ni siquiera provocar actos violentos.

En cuanto se alista, el joven médico tiene decenas de problemas con sus compañeros y superiores, que no entienden cómo puede actuar en batalla sin empuñar un arma. No obstante, acaba saliéndose con la suya y convirtiéndose en el primer objetor de conciencia en ganar la Medalla de Honor de las Fuerzas Armadas.

Un filme que demuestra la absurdez de la guerra.

Sin duda, el nuevo filme de Mel Gibson es la película bélica que necesitábamos. Él mismo lo explicó recientemente, cuando criticó a las historias de superhéroes:

“Las películas de Marvel tienen muchísima más violencia que las mías, pero no te importan nada los personajes. No importa que mueran miles de personas, porque no aparece la crudeza de la violencia y en ningún momento sabes quiénes son los que han muerto”.

Por el contrario, Hasta el último hombre es una cinta totalmente antibelicista. Es un filme que demuestra la absurdez de la guerra. Y, para que entendamos el belicismo como algo absurdo, lo muestra de forma totalmente explícita.

Así, vemos escenas solo aptas en producciones de zombies: desde soldados desmembrados utilizados como escudos hasta harakiris sin ningún tipo de censura.

En 'Hasta el último hombre' vemos escenas solo aptas para el cine de zombies.

Por supuesto, cuenta con múltiples fallos sin los que habría sido mucho mejor. Utiliza recursos muy facilones para que empatices rápidamente con los personajes y se viene arriba con las escenas de acción.

Además, el protagonista se muestra como alguien muy contradictorio. Aunque él no empuñe el arma, deja que el resto mate por él, por lo que acaba siendo un cómplice de actos violentos. Sin embargo, esto encaja con la propia moralidad difusa del Desmond Doss real, quien lleva décadas siendo criticado por sus actos.

Pero, aunque tenga algunos errores, a nivel narrativo es prácticamente inmejorable.

Como Gibson destaca, hace “el tipo de cine que nadie quiere hacer”. Sus relatos suelen estar protagonizados por personajes emblemáticos que desafían el orden establecido. Después de William Wallace, Jesucristo y Desmond Doss, no nos extrañaría que se atreviera con un filme sobre Mahatma Gandhi. Y, aun así, nadie olvidaría quién es en realidad este tipo.

“Te lo merecías. Si te violase una manada de negros, te lo merecerías. Voy a ir allí y voy a prender fuego a la casa, pero primero me la vas a chupar”.

La pregunta del millón:

¿Irías a ver la película de un señor que ha dicho esto a su novia después de romperle dos dientes mientras sujetaba a su hija recién nacida?

Probablemente, a todos nos parecería una locura hacerlo. Pero Mel Gibson dijo estas palabras. Un director aclamado por la crítica que llena las salas hasta reventar con cada cinta que estrena.

“Te lo merecías. Si te violase una manada de negros, te lo merecerías. Voy a ir allí y voy a prender fuego a la casa, pero primero me la vas a chupar”.

Las polémicas de Gibson son de lo más variadas:

A un crítico de cine le amenazó con “matarle, matar a su perro y ver sus intestinos en un palo”. A los judíos les ha tachado de ser “los culpables de todas las guerras de la humanidad” (además de decir que se inventaron el Holocausto). A una agente de policía que le arrestó le llamó “tetitas dulces”. Y este mismo enero golpeó y escupió a una periodista israelí mientras su actual novia pedía perdón avergonzada.

Para más inri, siempre ha tenido problemas para pedir disculpas. Cuando no ha sido grabado se ha limitado a negarlo todo. Y cuando le han pillado con las manos en la masa ha dicho que “sus palabras fueron sacadas de contexto”.

Sin duda, se antoja contradictorio que una persona que niega el Holocausto dirija una película sobre la Segunda Guerra Mundial. Pero aún más extraño es que sea uno de los mejores filmes sobre este conflicto que se han hecho en los últimos años.

“La redención no me interesa especialmente. Personalmente, no creo necesitarla”.

Muchos han visto en Hasta el último hombre una intentona por parte del director de redimirse. Incluso, se observa un gran paralelismo entre Mel Gibson y el padre del protagonista, interpretado magistralmente por Hugo Weaving.

El personaje es un veterano de guerra frustrado. Un machista alcohólico que pega a su mujer y a sus hijos con total impunidad y que no muestra un ápice de empatía por nadie. Sin embargo, bajo su capa de rudeza sureña, tiene un gran corazón. Profesa un gran amor hacia los suyos y haría cualquier cosa por ellos, por más que su glorioso pasado le haya convertido en un cínico.

Por su parte, Gibson ha negado que tenga que pedir disculpas a nadie. En una entrevista para El Periódico, lo deja claro: “La redención no me interesa especialmente. Personalmente, no creo necesitarla”.

Sin entrar a debatir sobre si su filmografía compensa sus errores personales, algo que depende enteramente de cada espectador, lo que está claro es que Hasta el último hombre va mucho más allá de su director.

Al igual que Desmond Doss hace la contraparte al enorme conflicto bélico, Andrew Garfield equilibra la brutalidad fílmica de Gibson. El actor, aparte de encarnar a la perfección al objetor de conciencia, hace que nos olvidemos por completo de que detrás de esta producción se encuentra una persona profundamente detestable.

Junto a él, decenas de profesionales sin nada que ver con Gibson cuentan una historia totalmente necesaria en un momento en el que la violencia se ha banalizado por completo. Así que, por más que él sea la cara visible, no hay que olvidar es diferente a un cantante al que dejas de comprar sus discos porque sea misógino. Porque, esta vez sí, detrás del odio de su ejecutor se encuentra una obra de arte colectiva.

Hasta el último hombre es un ejercicio de conciencia jodidamente entretenido. Y ni Mel Gibson es capaz de cargárselo.

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