PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Culture

La nueva entrega de ‘El Planeta de los Simios’ es la más política de toda su saga

H

 

Mitad western, mitad drama carcelario, ‘La Guerra del Planeta de los Simios’ cierra la trilogía dejándonos un regusto amargo

víctor parkas

11 Julio 2017 16:41


En un momento de la película, los simios que Woody Harrelson mantiene cautivos son obligados a erigir un muro que no, en ningún caso es para protegerlos a ellos. Es entonces cuando caes en la cuenta: la sincronía de La Guerra de el Planeta de los Simios con nuestros días, era Trump en marcha, es absoluta. Más de lo que la saga iniciada en 1968 lo ha sido nunca.

Esa virtud, sin embargo, no conseguirá pesar más que sus dolencias.

En 2011 El Origen del Planeta de los Simios sorprendía a casi todos los perfiles de espectador que le dieron una oportunidad: la precuela convenció a los fans, fidelizó a los no iniciados y demostró que se podía revitalizar una saga sin obrar ejercicios nostálgicos con querencia al fanservice.

Esas virtudes volvieron a explotarse en El Amanecer del Planeta de los Simios, que tres años después nos mostraba las consecuencias de aquélla: César, líder de los primates, se debatía entre apostar por la coexistencia pacífica con los humanos o por la ruptura total, el expeditivo método de su compañero Koba.

Tras este primer cisma dentro de la comunidad simia, La Guerra de el Planeta de los Simios nos presenta un status quo en el que César y los suyos han optado por trasladarse de nuevo a los bosques, manteniendo un pacto de no agresión con los humanos. Desde el arranque, dicho pacto quedará truncado por uno de los dos bandos. Sí, claro: el de los pulgares oponibles.

El propio mecanismo de las sorpresas agradables hace que éstas estén condenadas a tener una vida corta; desde luego, menor a seis años. El Origen del Planeta de los Simios lo fue, así como El Amanecer del Planeta de los Simios; nos cogió todavía boquiabiertos y con trozos de maíz entre los dientes.

Sin embargo, La Guerra de el Planeta de los Simios, en un escenario donde ya nada queda de aquel factor sorpresa, desembarcaba consciente de tener el viento en contra y un público al que seducir por tercera vez consecutiva. La batalla se libra, pero se sabe perdida desde el inicio: La Guerra de el Planeta de los Simios termina siendo, como era de esperar, la entrega más anodina de la saga.

La película apuesta por escapar de su misma fórmula genérica, la ciencia ficción, y adentrarse en terrenos que no le son propios

Pese a todo, entre bostezo y bostezo, se atisban algunas ideas interesantes que, aunque bien planteadas, no consiguen ser artillería suficiente como para ganarse al bando del público. Una de ellas es la apuesta por escapar de su misma fórmula genérica, la ciencia ficción, y adentrarse en terrenos que no le son propios.

Porque La Guerra de el Planeta de los Simios es, esencialmente, un western que desemboca en un drama carcelario. Un Sin Perdón que, por sacar a colación otra de Clint, termina como La Fuga de Alcatraz. Lo es, además, otorgando el protagonismo a la facción que el género siempre marginó: aquella que lucha contra los que dicen estar civilizados; contra el vaquero y su entourage.

Y es que, a diferencia de sus dos entregas anteriores, en La Guerra de el Planeta de los Simios no hay humanos con los que empatizar –la niña que César y los suyos adoptan es, en el mejor de los casos, un abalorio que les recuerda lo que el ser humano podía haber sido y nunca fue.

Eso, de alguna manera, resignifica el papel de los primates dentro de la propia saga: si el final de El Planeta de los Simios los señalaba como culpables de la barbarie y la destrucción de nuestra cultura –la Estatua de la Libertad derruida era, precisamente, una prueba para la acusación–, La Guerra del Planeta de los Simios los convierte en los únicos sujetos con los que el espectador puede posicionarse a favor.

El “humanos, yo os maldigo” con el que se cierra la película del 68, de pronto, cobra una dimensión nueva e intrínseca.

‘La Guerra del Planeta de los Simios’ resignifica el papel de los primates dentro de la propia saga

El viraje de sensibilidad que ha sufrido la saga es sorprendente: de estar protagonizada por Charlton Heston, antiguo presidente de la Asociación Nacional del Rifle, ha terminado viendo como Andy Serkis, detractor público de Trump y Theresa May, se hacía con las riendas de la franquicia.

Lo hacía, además, dando vida a un personaje, César, en el que muchos, ya en El Amanecer del Planeta de los Simios, vieron un reflejo alegórico de Martin Luther King –en esa analogía, Koba funcionaba, por sus postulados aun más radicales, como un trasunto de Malcom X.

Si El Amanecer del Planeta de los Simios ya aceptaba lecturas políticas alejadas de lo maniqueo, mostrando ambivalencias tanto en primates como en humanos, en La Guerra del Planeta de los Simios esa dimensión crece de forma tan sofisticada que César tiene que institucionalizar sus impulsos.

O lo que es lo mismo: cabalgar contradicciones, en un ejercicio ‘realpolitik’ de ámbito simiesco.

Quizás por eso la película decepciona: sabemos que la utopía de César, de forma irremediable, está llamada a no cumplirse. O no de la forma que él desearía –El Planeta de los Simios es la crónica de esa defunción anunciada. Ese tránsito, de lo partisano a lo regular, siempre resulta amargo.

Y aunque ésta no es una excepción, nos puede el idealismo; si hay guerra, qué demonios: vamos con los monos.

share