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Culture

Como observar a lo lejos una pareja que se distancia hasta desintegrarse

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El nuevo disco de Lorde es terapia para corazones rotos

Luis M. Rodríguez

20 Junio 2017 06:00

Maybe all this is the party
Maybe the tears and the highs we breathe...

Lorde se presentó ante el mundo como un agujero negro en el firmamento pop. Cuando la conocimos, Lorde era la chica rara del instituto. La chica oscura y magnética que piensa diferente al resto. La que prefiere un buen libro a una mala fiesta. Esa compañera que crece a un ritmo distinto y acaba siendo popular sin querer serlo.

La neozelandesa escribía himnos como Royals, canciones en las que insuflaba una extraña incandescencia a postales mundanas de ennui adolescente, y además hablaba. Su actitud entre inocente y descarada se traducía en una refrescante falta de miedo a la hora de opinar sobre los gustos de su generación. Criticaba a la aristocracia del pop mainstream. Criticaba su opulencia y la irrelevancia de sus mensajes. En un momento dado, en mitad de su pique con Lana del Rey, llegó a decir: “Los adolescentes no deberían escuchar canciones de emociones desesperadas sobre novios”, o algo parecido. Ella nunca caería en eso, decía. Bueno, ha caído.



Todos hemos estado ahí. Todos hemos tenido en nuestras vidas a alguien que nos ha dejado nocaut, alguien que nos lleva al séptimo cielo para dejarnos caer. Hasta que un buen día cerramos la puerta al recuerdo y el dolor cesa. Melodrama, el nuevo disco de Lorde, es el diario musicado de ese viaje. O como Lorde prefiere decir: un disco “sobre la soledad, sus partes buenas y sus partes malas”. La soledad de estar con alguien, y la de estar solo.

La chica que atacaba las convenciones del pop ha hecho un segundo disco que habla de relaciones, deseos, rupturas, soledad y desamor. Todo bastante convencional. Un disco que, además, es puro pop. Pop 100% radiable, pero no pop banal. Pop de corazón wonky que busca retorcer timbres y estructuras, sin dejar por ello de sonar inmediato y familiar.



Forzando las connotaciones, a Melodrama podríamos colgarle la etiqueta de 'stripper pop'. Pero no en el sentido de ese pop moderno y masivo que vende, ante todo, imagen y sexualidad. No, todo lo contrario: aquí sigue sin haber exceso hipersexual de ningún tipo, el desnudo es solamente emocional.

Cada canción de Melodrama es un asunto en pareja. A veces ambas partes comparten la escena. Otras veces el interlocutor es la voz interior de la propia Lorde. Lorde hablando con Lorde. Lorde tratando de poner en orden sus deseos, sus recuerdos de distancias suplentes, euforias pasajeras, engaños... a veces con los ojos limpios, otras veces con la conciencia voluntariamente nublada.

Melodrama es como observar desde lejos a una pareja que se va distanciando hasta desintegrarse, y es ver lo que sucede luego de la gran implosión: el vacío que se instala en el pecho, las fiestas en las que solo importa apagar la cabeza, el redescubrimiento de uno mismo, el deseo de sentir esa excitación de nuevo ante alguna otra persona.



Lorde ya no es aquella adolescente airada que se siente un poco freak entre payasos. Ya no es ninguna outsider. Tampoco es la chica de actitud nonchalant que escribía cosas como “Es una nueva forma de arte el mostrarle a la gente lo poco que nos importa”. Ahora es una mujer vulnerable, sin miedo a exponer sus vacíos y sus anhelos. Y a exponerlos, además, en la radio, en forma de pop bailable.

Lo que más sorprende del disco es eso: la manera decidida en la que Lorde abandona el retrato del hastío millennial —su marca de fábrica, por así decirlo— para reclamar su individualidad en el paisaje del pop comercial a través de la intensidad de sus emociones.  

“Hacemos como que no nos importa, pero nos importa”, canta ahora en Sober. Ahí, en esa nueva sinceridad, reside el valor de Melodrama.


It's time we danced with the truth
Move alone with the truth


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