Cultura

Lo innombrable de Amarna Miller

Todo lo que no esperas de una conversación con ella

Fotografía de portada: Stephen Ruberto

Es el año 2013 y Amarna está atrapada en una carretera australiana. Le impide continuar una inacabable alfombra de sapos. Amarna hace sonar el claxon de su monovolumen de ciudad, no apto para este tipo de viajes, con el propósito de que los anfibios se aparten del camino y no tener que arrollar a los animalitos y explotar sus vísceras bajo las ruedas, como en una mala escena de película de serie B en donde las lunas del vehículo se pringan de sangre y de moco y de asco. Mec, mec, mec. En ese mismo viaje, Amarna encuentra un casuario, ave conocida como el último dinosaurio sobre la faz de la Tierra, y también se topa con un par de autoestopistas, a las que amablemente recoge del arcén de una carretera perdida. ¿Por qué lo hace? No lo sabe, pero lo hace. El caso es que Amarna debe tener entonces unos 23 años, y ahora dice que Australia es el viaje que más le ha marcado en toda su vida, y lleva unos cuantos ya. Amarna recorre Oceanía por carreteras no asfaltadas, empantanadas, en plena época de los monzones, cuando las inundaciones espontáneas anegan los caminos sin avisar. Son geografías en donde puedes pasarte veinticuatro horas seguidas conduciendo sin encontrar absolutamente nada. Ni una gasolinera, ni un pueblito; tampoco otro coche. Nada. En Australia, Amarna puede dedicarle un par de horas a hacer la foto perfecta de un ornitorrinco quieto. Otra cosa que hace Amarna en ese viaje es plantar la tienda de campaña en medio de un manglar, inconsciente de que está a punto de convocar a un montón de cocodrilos curiosos. Sale pitando de ahí, claro. La actriz acaba de concluir sus estudios universitarios y se ha marchado a la otra punta del mundo, a Melbourne, donde ha grabado algunas cuantas escenas con las que ha podido financiar este viaje en solitario, viaje que ella describe como

una

auténtica

locura.

—Podía haber muerto muchas veces allí —dice—. Yo tenía grandes ansias por vivir y Australia fue el boom de todo aquello.

Es 2017 y ahora Amarna está de paso por Barcelona y no tiene muchas ganas de hablar de aquello que todo el mundo sabemos que ha hecho y todos le preguntan, así que hablamos de otras cosas, y esta conversación se vuelve un poco como esa novela de Perec en la que el escritor se pasa el libro entero sin escribir la letra «e», que es la más frecuente en francés, con la diferencia de que aquí la conversación ocurre sin que aparezca la palabra que más se repite en las entrevista de Amarna.

Ya saben.

—Mi trabajo sexual es un efecto secundario de lo que es mi vida: una lucha por salir fuera de mi zona de confort —dice Amarna, que suena un poco como algunas ex trabajadoras sexuales que con el tiempo se convierten en pequeñas grandes diosas de la contracultura.

Annie Sprinkle.

Virginie Despentes.

Morgane Merteuil.

Tú haces scroll en su Instagram y Amarna es Lara Croft en Tomb Raider, una manifestante contra Nixon en Woodstock 69, una adolescente que tiene un cuadro de Araki colgado en su habitación y pasea por Harajuku vestida de algo… Amarna es la suma de todas esas cosas en un punto de fuga alucinante y alucinado al cual van a parar discursos espirituales, emprendedores y de lucha personal, un relato que encaja como la última pieza del puzzle en un desierto que no es el de Australia, sino el de Nevada, donde el Burning Man.

—Tengo interés en la ecología, en la sostenibilidad, en cómo convivir con lo mínimo posible, en gestionar tus miedos mentales, en luchar por tus sueños… La vida es lo que tú haces de ella, no un conjunto de casualidades. La gente toma decisiones basándose en los miedos de los demás… A mí la sociedad me frustra. La sociedad es un ente creado en base a unos valores que están podridos, hemos creado sistemas económicos en donde mucha gente se muere de hambre… La gente está triste, la gente está frustrada. Nadie nos ha enseñado a ser felices. Somos conformistas, a mí me frustra el conformismo… Nadie te obliga a tu trabajo, a tu hipoteca… A veces me siento fuera de lugar, me siento una rara avis.

Amarna y yo estamos sentados como aviadores asiáticos de la II Guerra Mundial, en posición de mosquito, sobre el suelo de cemento de la azotea de PlayGround, bajo un crepúsculo de primavera en Poblenou, con la polla de Spiderman —que es como llamaba Gabriela Wiener a la Torre Agbar— al fondo.

—En una escala del 1 al 10 —le digo—, ¿tú qué importancia le das al dinero?

Y ella:

Vivimos en una sociedad capitalista, a mí me encantaría vivir a base de trueques, pero es imposible: si tengo que pagar la gasolina, no lo puedo hacer con 3 lechugas, necesito dinero, estoy dentro del círculo capitalista, por eso yo creo en el consumo responsable. Si necesito cosas, compro de segunda mano.

Cuando habla, Amarna cita a los Grateful Dead, el Ponche de ácido lisérgico de Tom Wolfe, algunos antiguos consejos de psicólogos o a Clara Campoamor. Se dice en contra del libre mercado; se considera socialdemócrata. Sonríe una barbaridad, en fotos y en persona, pero no le cuesta nada hablar de un pasado de depresiones largas e intensas, de relaciones de malos tratos, de grandes problemas a edades tempranas… Amarna vive en una caravana y habla un inglés muy fluido, pero dice que echa de menos los cultismos que usa en castellano, así que le frustra no poder leer poesía en inglés como le gustaría, pero también le frustra no encontrar una palabra tontorrona en español porque la palabra que tiene en la cabeza está en inglés, de manera que  tarda unos segundos hasta que da con la traducción al español de «weak», o de «shallow». Si no es con gente, ver películas o series le aburre —ocurren demasiado despacio—. Amarna también habla a toda pastilla. De entre toda la gente que conozco, probablemente es una de las dos o tres personas que más deprisa se expresa:

—Lo primero que me viene a la mente si pienso en mi cabeza —dice— es una pelota de ping pong.

Son los años 2009 o 2010 y Amarna está bailando en la noche en un popular club de Madrid llamado Zombie, junto a un puñado de nombres que, tiempo después, trazarán algunas de las grandes líneas maestras del mundo de la cultura, las tendencias y la moda en España.

¿Algún recuerdo de esa época?

—Hablaba de esto con alguien hace poco —dice Amarna— y esa persona opinaba que fue una época de mucho postureo, de gente muy materialista y muy superficial, ¿pero sabes?, esa época marcó algo y no nos estamos dando cuenta . Allí sucedió algo que unió a muchas personas que han marcado a toda una generación: estaban Luna Miguel, Sita Abellán, Alba Galocha, Miranda Makaroff, María Rosenfeldt. Y no fue una casualidad. Tenemos que entender que nosotros hemos visto nacer una semilla, y eso es maravilloso. 

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