Cultura

‘Múltiple’: todas las personalidades que se esconden bajo M. Night Shyamalan

Ahora que parece haber resucitado con su último thriller, analizamos el trastorno de identidad creativo del director


Con el estreno de Señales (2002), era tentador para la crítica no ver a M. Night Shyamalan como el digno sucesor de Alfred Hitchcock. La maestría de ambos a la hora de ejecutar historias de suspense; la habilidad de llegar al gran público con propuestas arriesgadas y autorales; joder: si incluso ambos se reservaban algún papel menor dentro de sus propias películas.

Ese sentir, que perdería fuerza con El Bosque (2004), sería difícil de defender con La Joven del Agua (2006), y se descartaría de forma definitiva con El Incidente (2008). Pero ahora ha vuelto a instalarse en el corazón de la prensa especializada tras la llegada a los cines de Múltiple (2017).

Múltiple nos cuenta la historia de Kevin Wendell Crumb (James McAvoy), un joven que padece TID —trastorno de identidad disociativa— y en cuyo cuerpo conviven hasta 23 personalidades distintas; tres de ellas, se pondrán de acuerdo para secuestrar y sacrificar a unas adolescentes.

En un momento de Múltiple, las secuestradas otean por la cerradura de su zulo, atisbando una figura femenina de la que, pocos segundos después, descubrimos su identidad: el impacto de ver a James McAvoy con tacones y falda es demasiado goloso como para no establecer comparativas entre Múltiple y Psicosis (1960), la obra incontestable de Alfred Hitchcock protagonizada por un psicópata que se trasviste y actúa como su difunta madre a la hora de asesinar a sus víctimas.

Las comparaciones, más que odiosas, son frustrantes: las mismas voces que han querido ver en el personaje de Kevin/McAvoy al Norman Bates que necesitaba la generación millenial son las que le afean la conducta a Universal Pictures por lanzar un tráiler de Múltiple demasiado explícito. El agravio, una vez vista Múltiple, es comparable a pedir la hoja de reclamaciones en un restaurante donde nunca llegaste a comer. Múltiple no es Psicosis, película a la que, en 1960, no te dejaban entrar a media proyección; Múltiple, exenta de twist, no espera al final para desvelarnos la enfermedad de su protagonista.

Sea como sea, si alguna vez Shyamalan quiso ser Hitchcock ahora mismo no parece estar poniendo ningún empeño en ello.

Decir que el tráiler de 'Múltiple' es demasiado explícito es comparable a pedir la hoja de reclamaciones en un restaurante donde nunca llegaste a comer

Alfred Hitchcock, sea en thrillers como Psicosis o en comedias screwball como Matrimonio Original, fue un autor con una identidad perfectamente definida en cada uno de sus trabajos. M. Night Shyamalan, en cuya filmografía conviven El Sexto Sentido y After Earth (2013), no ha defendido su autoría mediante una personalidad creativa sólida, sino, de forma pareja al protagonista de su última película, con varias identidades luchando dentro de un mismo corpus fílmico.

Sí: Kevin Wendell Crumb, antes que funcionar como un trasunto de Norman Bates, hace las veces de alter ego para el propio Shyamalan.

El trastorno de identidad disociativa que aqueja al protagonista de Múltiple no es sólo una argucia de la que la ficción se ha nutrido a lo largo de las décadas —del Jekill/Hyde de Stevenson a la Crazy Jane de La Patrulla Condenada y sus 64 personalidades—, sino que es una patología cien por cien real. El TID temprano, aquel que se origina en los primeros meses de vida, se manifiesta en aquellos niños que son víctimas de abusos y, para poder enfrentarse a ellos, desarrollan una personalidad alternativa. Del mismo modo, el TID puede despertar a más avanzada edad, como resultado de un trastorno por estrés postraumático.

Por ejemplo, a los 34 años, tras leer las críticas de El Bosque, tu séptima película como director.

 

La carnicería a la que público y sobre todo crítica sometieron al director hindú tras su séptimo largo, provocaron su particular TID creativo: en 2004, algo se rompió dentro de Shyamalan, haciendo aflorar una personalidad cinematográfica que no únicamente dejaba de apoyarse en los giros de guión finales, sino que era abiertamente burlona y, a ratos, absolutamente chalada.

Así, desde el niño leyendo el futuro en una caja de cereales ( La Joven del Agua) hasta Mark Whalberg hablándole —en son de paz— a un ficus de plástico ( El Incidente) demostraron que Shyamalan, además de alcanzar su madurez formal —nadie sería capaz de rodar semejantes sandeces con esa absoluta maestría—, había desarrollado una identidad nihilista para con la crítica y con su público objetivo: ya no pretendía ganárselos con una sorpresa final, sino que iba, directamente, a joderlos hasta dejarles sin aliento.

La mejor expresión de esto la personifica el crítico de cine Harry Farber en La Joven del Agua: Shyamalan reserva para el altivo y engreído personaje interpretado por Bob Balaban una de las muertes más virulentas de toda la película.

Si el personaje de Múltiple tiene hasta 23 identidades diferentes, el director hindú no iba a conformarse solo con dos.

Tras El Incidente, salía a la luz la personalidad-sin-personalidad de Shyamalan: en The Last Airbender (2010) y After Earth, el director se negó a dejar ninguna seña de identidad a su paso. Ambos blockbusters, ambos desprovistos de alma, lo único que los hizo reconocibles como productos Shyamalan fue la manera en la que se ensañaron con ellos: The Last Airbender obtuvo razzies —los antioscar— correspondientes a peor película, peor película en 3D, peor director y peor guión; After Earth hizo lo propio en el apartado artístico, llevándose Jaden y Will Smith los galardones a peor actor, peor actor de reparto y (sic) peor pareja fílmica.

Crítica y público, incluso consumiendo su versión 0.0, no eran capaces de perdonarle a Shyamalan el simple hecho de continuar respirando.

Shyamalan desarrolló una identidad nihilista para con la crítica y con su público objetivo: ya no pretendía ganárselos con una sorpresa final, sino que iba, directamente, a joderlos hasta dejarles sin aliento

Llegados a este punto de aparente no retorno, la siguiente identidad de Shyamalan salía a la luz con La Visita, una cinta de bajo presupuesto cuyos rasgos se dividían entre su temporada 1999/2004 (personajes ordinarios en circunstancias extraordinarias) y su cosecha 2006/2008 (¿En serio el abuelo le acaba de estampar un pañal lleno de mierda en la cara al crío?).

Quizás no estaba la altura de sus mejores trabajos; quizás tuvo una recepción excesivamente condescendiente; sin embargo, con La Visita, Shyamalan se adentraba en una etapa de su carrera en la que, si tenían que despedazar sus películas, por lo menos éstas iban a ser unas que se divirtiese rodando.

Lo que diferencia a Shyamalan de cualquier otro autor con una filmografía heterogénea es su capacidad no de mutar y evolucionar, sino, como demuestra su última película, de recuperar identidades que creíamos dormidas para siempre. En nuestra lectura de Múltiple en clave cinta autobiográfica, donde Shyamalan utiliza el personaje de McAvoy como deformación de sí mismo, no deberíamos achacar a la película una nueva identidad, digamos, dietarista; precisamente, porque dicha identidad, de nueva no tiene nada.

Para localizar el primer apunte confesional de Shyamalan, debemos trasladarnos hasta las cloacas de su filmografía: siete años antes de hacerse un nombre con El Sexto Sentido, M. Night Shyamalan se fogueaba con Praying with Anger (1992), su primera película ya no solo como director y guionista, sino también como actor principal.

Praying with Anger narra las desventuras de un hindú criado en USA que, mediante un programa de intercambio universitario, se ve obligado a regresar a su país de origen. No: en Praying with Anger no hay fantasmas, superhéroes, aliens o plantas asesinas. Con su ópera prima, Shyamalan construía un retrato tragicómico de sí mismo, de su cultura nativa, y de los choques entre ésta y su educación estadounidense.

Si en Praying with Anger, Shyamalan esboza un autorretrato realista, con Múltiple se expone a sí mismo mediante brochazos expresionistas: la bestia en la que termina convertido James McAvoy en el último tramo de la película funciona como reflejo deformado para un Shyamalan que, si en otros tiempos fue laureado por crítica y público, ahora recibe el trato de un animal.

En un momento de lucidez, James McAvoy pide a una de sus víctimas que lo mate. La orden, que jamás llega a cumplirse, se la está dando Shyamalan a sus críticos más inmisericordes. Estos, de forma idéntica al personaje de Anya Taylor-Joy, han decidido tras ver Múltiple que, por esta vez y sin que sirva de precedente, a M. Night Shyamalan se le puede perdonar la vida.

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