Cultura

Las cintas privadas con las que Alice Coltrane alcanzó su mayor éxtasis musical

Tras la muerte de John Coltrane, su mujer se refugió en la religión védica. Muchos no lo sabían, pero la leyenda del jazz siguió grabando música increíble para su congregación. Ahora, por fin, todo ese material está al alcance de todo el mundo.

La primera vez que oí hablar de Alice Coltrane, como las primeras veces que oí hablar de tantas otras cosas, fue a través de Paul Weller. En 22 Dreams, la deidad mod incluyó Song for Alice, “una canción dedicada a Mrs. Coltrane”, dentro del tracklist del álbum.

De aquel hilo, este ovillo: la esposa de John Coltrane, compositora y pianista, era una intérprete tan fiera que consiguió introducir incluso el harpa en álbumes de jazz experimental como Journey in Satchidananda, A Monastic Trio o Transfiguration, un doble directo tras la publicación del cuál Mrs. Coltrane mantuvo un perfil bajo.   

Diez años antes de que Alice se metiese en un estudio a grabar Transiguration, John Coltrane, abandonándolo, hizo que este mundo fuese un poco más aburrido. La jazzista, tras la pérdida de su marido, solo obtuvo consuelo en la religión védica, una rama del hinduismo clásico también conocido como ‘vedismo’. En 1975, fundará el Vedantic Center, una organización dedicada a la meditación y al estudio de lo védico.

La artista antes conocida como Alice Coltrane, ahora respondía al nombre de Swamini Turiyasangitananda, es decir, “la más elevada canción de Dios”.

Aunque su audiencia lo ignoraba, Alice no dejó de hacer música hasta que un fallo respiratorio provocó que ella y John, cuarenta años después, volvieran a encontrase.

Alice no dejó de hacer música. Y sonaba así de bien.

World Spirituality Classics 1: The Ecstatic Music of Alice Coltrane Turiyasangitananda, al que a partir de ahora me referiré como The Ecstatic Music of Alice Coltrane, es un milagro. Lo es por muchas razones y, como uno de los milagros más populares, tiene su propia paloma anunciadora: David Byrne, ex-Talking Heads, ha recuperado y remasterizado estas canciones bajo su sello Luaka Bop.

Aunque muchos de estos temas ya hubieran sido incluidos hace décadas en trabajos como Divine Songs, tuvieron un impacto poco menos que subterráneo. Luaka Bop ha conseguido sacarles lustre y presentarlos con un empaque de vocación mainstream. Así, The Ecstatic Music of Alice Coltrane es un milagro porque, por primera vez, hay no-conversos presenciándolo —solo la falta de fe convierte los milagros en, bueno, milagros.

Los artistas entran en derivas extrañas conforme pasa el tiempo, mientras que Coltrane, arropada por un coro hindú y con producción póstuma, consigue el poderío de una diva chill a lo Enya

Hay algo voyeurista en la escucha de The Ecstatic Music of Alice Coltrane. Las canciones, antes únicamente reproducibles en cintas de cassette que se pasaban entre los miembros del Vedantic Center, tienen un sentimiento comunitario del que, lo sabes, jamás vas a formar parte. Desde su inquietante portada, en la que Coltrane aparece sonriente y rodeada de su congregación, puedes intuir que el ‘éxtasis’ no solo era de la jazzista, sino de todos esos fieles que le sirven, en el álbum, como exultante coro.

Con The Ecstatic Music of Alice Coltrane, donde el arrojo del góspel se entremezcla con la serenidad de los cantos védicos hindús, la Mrs. Coltrane a la que cantaba Paul Weller consigue algo prácticamente imposible: hacer que su música más tardía y más marciana sea, sin que nadie de crédito, la más accesible y pop. Los artistas, en su mayoría, entran en derivas extrañas conforme pasa el tiempo, mientras que Alice, arropada por un coro hindú y con producción póstuma, consigue el poderío de una diva chill a lo Enya.

Pese a la paz que, casi por imperativo legal, transmiten las canciones de The Ecstatic Music of Alice Coltrane, títulos como Om Shanti o Rama Rama transmiten el mismo pesar que transmitía Bessie Smith; la Bessie Smith más trágica que puedas imaginarte. Tristeza de pasear en soledad por una ciudad que no es la tuya. Tristeza de auto-abrazarte a mediados de julio. Tristeza de enviudar a los veinticinco.

La voz de Alice ayuda. Porque ése es otro de los incentivos de estas grabaciones: escuchar a Coltrane cantar como si lo hiciera por primera vez. En su trabajo previo, la jazzista alardeaba de dedos vertiginosos al piano; al harpa; su vertiente como cantante quedaba, en cambio, reservada al ámbito privado. Eso, a la postre, refuerza la teoría de que la atracción que despierta The Ecstatic Music of Alice Coltrane es más voyeurista que melómana.

Sobra decirlo: el disco es capaz de coger ese impulso épico, aunque anticlimático, de escena post-batalla y pre-créditos finales. Journey to Satchidananda suena a Esparta cuando todo aquel asunto de las Termópilas estaba zanjado; a boda de penalti, pero élfica. La única diferencia entre The Ecstatic Music of Alice Coltrane y ciertos soundtracks es que Coltrane y su música son imposibles de ignorar. No puedes ponértela de fondo.

En ese sentido, la atmósfera del disco es tan única que solo puede convivir consigo mismo.

Si el Vedantic Center de la jazzista fue aupado para celebrar y compartir “la sabiduría y la visión de todas las creencias del mundo”, The Ecstatic Music of Alice Coltrane funciona como su extensión perfecta. El disco no peca de esa afectación de quién padece su fe, sino de aquellas y aquellos que la celebran; es espiritual, pero no dogmático. Ningún dogma aceptaría un experimento como éste. Ningún dogma aceptaría algo como lo de Coltrane.

Así de exultante es The Ecstatic Music of Alice Coltrane.

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