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Culture

La nueva película del director de 'Canino' provoca desmayos en el Festival de Sitges

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En 'The Killing of a Sacred Deer', Yorgos Lanthimos vuelve a demostrar que es uno de los realizadores más personales del cine actual

víctor parkas

13 Octubre 2017 11:47

¿Puede convertirse el ingenuo Burn de Ellie Goulding en el sonido de unos tambores que anticipan la guerra sucia? Puede, siempre que la orquesta la dirija Yorgos Lanthimos.

La nueva película del director griego llegaba al Festival de Sitges con unos niveles de hype insanos. Films como Canino y Langosta habían convertido a Lanthimos en la nueva deidad del cine de autor europeo, con historias ubicadas en un extrarradio del cine de género –su narrativa se extiende del thriller hasta el fantástico más riguroso.

¿El título? The Killing of a Sacred Deer. ¿La sinopsis? Steven (Colin Farrell) es un cirujano cuyo núcleo familiar empezará a tambalearse cuando un adolescente (Barry Keoghan) irrumpa en su vida para poner ésta patas arriba. ¿Eso es todo? Sí; pero el 'qué' nunca más que el 'cómo' en el cine de Lathimos: es la puesta en escena de The Killing of a Sacred Deer la que hace de la película otro clásico dentro de su cosmogonía fílmica.

El demonio está en los detalles, y a las bazas de The Killing of a Sacred Deer les pasa lo mismo: la esposa de Steven (Nicole Kidman) finge haber recibido anestesia general, quedándose estática y semidesnuda, para atraer sexualmente a su marido cirujano; las discusiones sobre la correa ideal para un reloj de muñeca pueden desencadenar –y desencadenan– venganzas de furia ancestral.

Lanthimos, en The Killing of a Sacred Deer, consigue tensar al público con escenas sobre tener o no bello en las axilas.

Si en Canino, la película que hizo del cine de Lanthimos un asunto internacional, conocíamos a unos padres que mantenían a sus hijos, ya adultos, recluidos en la morada familiar, esta vez el enemigo, aunque la demuela, no duerme en casa. El joven interpretado por Barry Keoghan irrumpe en The Killing of a Sacred Deer como irrumpía Frank Giering en Funny Games de Michael Haneke: asaltando la muralla familiar de Steven con una sonrisa tras las que se esconde una fuerza de la naturaleza destructora, prácticamente imposible de detener.

Aunque las analogías con Funny Games son fáciles de establecer –The Killing of a Sacred Deer tiene escenas que evocan de forma literal al clásico de Haneke–, la película de Lanthimos surca más bien el cielo sobre el que descansa El Cabo del Miedo: las dos son historias de venganza cuyos targets comparten primer grado de consanguinidad; ambas detonan, a su vez, por la mala praxis profesional del pater familias.

Nicole Kidman finge haber recibido anestesia general, quedándose estática y semidesnuda, para atraer sexualmente a su marido cirujano

¿La diferencia sustancial entre Scorsese y Lanthimos? Los personajes del segundo no pertenecen a este mundo. O sí: son como esos familiares que solo ves en nupcias y tanatorios, cuyas respuestas a tus “¿cómo estás?” pueden convertirse en una sesión de puertas abiertas al abismo más insondable. No puedes adelantarte a sus reacciones, ni calibrar sus twists internos. Los personajes de Farrell y Kidman son, en este sentido, de un gris extremo y ruidoso; impredecible.

El de Keoghan, cuando quiere hacer un statement, opta por arrancarse un trozo de su propio brazo a dentelladas.

Cuando Keoghan escupe el trozo de brazo que acaba de arrancarse a mordiscos, uno de los espectadores de Sitges opta por abandonar la sala. Pasa por mi lado –estoy en las butacas que dan al pasillo–, tambaleándose; no sé aún muy bien si de somnolencia, de ingesta alcohólica, o de estupor ante la película que estamos viendo. La respuesta llega en forma de onomatopeya: “plonc”.

A mi espalda, ochenta quilos de peso caen contra la moqueta del cine. Una pequeña multitud de voluntarios y espectadores se arremolina a su alrededor. “¡Un médico!”, grita alguien. Lanthimos, desde algún punto de Londres, sonríe con malicia. “Funciona”, debe pensar.

Si el episodio no es nuevo para un festival como Sitges –Martyrs o A serbian film también provocaron vahídos en la localidad costera–, es inusual que sea un auteur como Lanthimos el que consiga hacer desfallecer a parte de la platea. ¿Es el visionado de The Killing of a Sacred Deer más duro que el de otros de sus trabajos? Desde luego, es el que tiene un crescendo más progresivo y gradual, empujándote durante hora y media hasta colocarte, para la recta final del film, frente el peor de los precipicios.

The Killing of a Sacred Deer, ya por último, confirma a Colin Farrell y Nicole Kidman como la pareja disfuncional de moda dentro del cine post-indie. Tras sus escarceos sentimentales no consumados en La Seducción de Sofia Coppola y las extrañas prácticas coitales que ahora les propone Yorgos Lanthimos, la pareja de intérpretes se están convirtiendo, por méritos propios y sin atracar un solo banco, en los Bonnie y Clyde que necesitaban nuestro siglo.

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