PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Lit

Estas 3 historias explican por qué está bien que odies a todo el mundo

H

 

'Mistantropía dura', de Santiago Bará es un bello homenaje a los antisociales

eudald espluga

17 Julio 2017 16:55

Deseas el contacto. Quieres sentir físicamente a los demás: tocarlos, abrazarlos, besarlos. Deseas poder desempeñarte en situaciones sociales sin que la ansiedad constriña tu cuerpo y obture tu garganta, obligándote a interaccionar como si estuvieras tratando de escapar sin éxito de una camisa de fuerza.

Deseas hacer lo que hacen los otros. Es decir: lo que hacen las personas normales, las que se relacionan con sus pares como si la incomodidad no fuera el único astro que alumbrara todo intento de acercarte a una persona y decirle "hola".

Lo deseas. Lo deseas de verdad, pero no puedes soportarlo.

De modo que, lo sentimos, el diagnóstico está bastante claro: eres un misántropo.

Es cierto que en el imaginario popular el concepto se ha asociado a ciertas figuras antipáticas y hurañas, al típico cascarrabias que, resentido con el mundo, se dedica a sabotear la existencia de los demás. El misántropo, pensamos, no se limita a alejarse del mundo, sino que goza contemplando las desgracias de los demás.

Sin embargo, según el diccionario, un misántropo es alguien que siente "aversión al género humano y al trato con otras personas". Una aversión que, como sabemos muy bien quienes la sufrimos, es mucho más la condena a una soledad no escogida que la pasión por mortificar a los demás.

Este reverso amargo de la insociabilidad es el que nos van dejando entrever las tiras cómicas que componen Misantropía dura, de Santiago Bará (Bang ediciones).

Construido a partir de una incómoda mezcla de escenas diversas tan tiernas como ácidas y angustiantes, el libro obliga a los lectores a recorrer todo el arco emocional en apenas unas viñetas: empezamos cada historieta riéndonos del protagonista, de lo absurdo de su comportamiento, hasta que -ay- nos damos cuenta de que la situación quizá sea un poco desagradable, de que en realidad lo está pasando mal -muy mal- y de que lo peor es que no se trata de una anécdota sino de su terrible condición.

Condición de misántropo, se entiende.

Porque por mucho que se esfuerce por salir al exterior -tan literal como metafóricamente-, el protagonista de las viñetas sigue encerrado en su caparazón. La verborrea que se vierte entre sus pensamientos no llega nunca a salir de su boca. "La fiesta perpetua con el ego como único invitado" se contrapone constantemente a la parquedad de la expresión o, directamente, al silencio.

Llamar a una chica, hacer deporte o simplemente interactuar con los amigos se convierte en una epopeya de tintes trágicos: la parálisis es el destino de toda voluntad y el fracaso una fatalidad que ni tan solo debe negociarse.

Con todo, no estamos ante un libro pesimista y tétrico que se ensañe en la descripción pormenorizada del hundimiento diario que sería la vida del antisocial. Por el contrario, se trata de un delicado homenaje que trata de salvarnos de nuestro aislamiento diciéndonos que, de acuerdo, quizá seamos islas, pequeños fragmentos inaccesibles que vamos a la deriva por un mar de extroversión y sociabilidad, pero que aun así los islotes somos muchos y estamos muy cerca.

Vernos reflejados en las viñetas, descubrir que repetimos incansablemente las mismas incapacidades que Santiago Bará escenifica en el libro, nos hace sentir menos solos. Aunque simbólica, la que nos ofrece es también una forma de compañía.

Así, tras el sobrecogimiento que sigue a la risa inicial, Misantropía dura nos devuelve la sonrisa: la que nos provoca el reconocimiento.

Os dejamos con tres ejemplos, para que os reconozcáis os odiéis y os perdonéis en las viñetas de Santiago Bará:


1. La firmeza derrotada

2. El nacimiento de un misántropo

3. La negación como filosofía

share