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Así se prepara el crimen más ridículo de la historia

Una lectura de 'El crimen del conde Neville', el último delirio de Amélie Nothomb

No sé cómo lo hace. Qué bruta. Es que pasa cada año. Llega septiembre y ahí están las ciento y pico páginas nuevas de Amélie Nothomb presidiendo la rentrée literaria del país en el que inventaron el concepto de rentrée literaria.

Sucede así: el verano se acaba y las decenas de miles de copias de la nueva novela de la aclamada escritora belga-nipona salen de imprenta con su característica camisa de color blanco y un retrato más o menos creativo y con un sombrero más o menos grande en la cabeza de la autora.

Por fuera, el estilo de esas ediciones de Albin Michel es inconfundible. Por dentro, la narrativa de Nothomb también.

Luego pasan los meses —demasiados para mi gusto— y es la editorial Anagrama la que en España reproduce el retrato y el sombrero de Nothomb en sus portadas amarillas, y la que traduce el que haya sido el último y alocado artefacto literario de la autora de bestsellers Estupor y temblores o Metafísica de los tubos.

Hasta ahí, podríamos pensar, todo está bien. Hay muchos escritores que cada año o cada dos años presentan su nuevo trabajo. O autores de superventas, como Stephen King, que incluso publican con pseudónimo para no copar el mercado con su nombre. Pero lo de Amélie Nothomb es otro nivel. Qué genia. Ella no sólo entrega manuscritos de manera puntual, sino que cada vez que lo hace trae historias nuevas, efectivas e inconfundiblemente suyas.

Reconozco que esta efectividad a veces resulta molesta. Es una sensación incómoda: cuando por alguna razón percibes que uno de sus libros es malo —por la trama, por los personajes inverosímiles, por lo aparentemente previsible de alguna escena— de pronto la narración tiende a volverse tremenda.

Es decir, ves el título, empiezas a leer y dices: qué es esto Amélie. Pero luego todo cambia y nuevamente Nothomb te hace un Nothomb y sales de ese libro fino y amarillo con la sensación de haber estado en una galaxia diferente, tan rara como inolvidable.

Perdón por usar una palabra cursi como inolvidable. Juro que no lo haría si no fuera necesario. De hecho, otra de las características extrañas de la literatura de Amélie Nothomb es que es imposible olvidarse de dos cosas: sus comienzos y sus finales. Hable de lo que hable, se desarrolle como se desarrolle, las imágenes que utiliza al empezar y al acabar suelen ser impactantes.

De los veintitantos libros que puedo haber leído de la autora, creo que me sé de memoria varios inicios y varias últimas frases. ¿Y de lo que ocurre entre medias? ¿Acaso importa?

Sí y no. Sí porque a veces podría parecer que Nothomb juega con esquemas fijos, que sólo busca ser efectista y que la historia no importa. No porque para que esas dos cosas sean inolvidables tienen que estar bien conectadas, y lo que ocurra hasta llevarnos de un lugar a otro debe rebosar emoción.

De todos sus finales, hay algunos que siguen un patrón claro. Me refiero a esos que muestran un asesinato. Amélie Nothomb ha matado a sus personajes de muchas maneras, e incluso se ha dado muerte a sí misma en diferentes formas y posturas. Y como desvela su título, en el último libro que Anagrama acaba de publicar en España, El crimen del conde Neville, también sucede una muerte inédita de la que el lector sabe prácticamente desde la primera página y a la que uno llega exhausto, confundido y enfadado.

A saber. En esta novela, que es una crítica a la aristocracia belga, Amélie Nothomb nos presenta a un personaje, Henri Neville, que recibe un aviso de una vidente: en tres días él matará a alguien. Y durante ese tiempo y las siguientes páginas todo se convertirá en una angustiosa búsqueda de la víctima, cuya muerte desemboca en las últimas líneas, con una torpeza y una velocidad que, perdonadme de nuevo, es inolvidable.

Detrás del crimen más estúpido de la historia sólo podría encontrarse entonces la escritora de las novelas más estúpidas pero profundas y más breves pero intensas y más desconcertantes pero adictivas de la historia. No sé cómo lo hace. De verdad. Qué loca. No sé como es posible escribir con esa desgana tan enamoradiza.

Todos los años igual. Todos los libros igual.

Hasta el peor de ellos se convierte en el mejor.

Hasta el crimen más ridículo que Nothomb haya imaginado termina por atravesarnos.

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