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Yo he venido a hablar de mi libro: la enfermedad mental y los escritores

Depresión, bipolaridad, trastornos esquizoides... los artistas tienen 8 veces más posibilidades de sufrir una enfermedad mental seria que el resto de la población. ¿Por qué?

A Jason Diamond, un escritor estadounidense, sus amigos y conocidos le hacían constantemente una pregunta:

¿Tú duermes algo?

Y él nunca sabía muy bien qué responder, como cuenta en su artículo para Literature Hub. Porque vivía en delicado equilibro entre una depresión brutal, la falta de sueño y muchas horas de trabajo.

"Duermo, pero no a menudo. Trabajo porque me aterroriza la oscuridad incapacitante de mi depresión. Trabajo porque es mi manera de aspirar a algo mejor".

Escribir le hacía olvidar su enfermedad mental por unas horas.

Lo que escribía era Searching for John Hughes, un texto autobiográfico en el que cuenta las aventuras de un joven escritor que se muda en Nueva York con la intención de publicar una biografía del director de cine que había marcado su infancia, y se acaba dando cuenta de que todo eso no va sobre Hughes, sino sobre sí mismo.

Cuando Diamond se encontraba a punto de acabar su libro, su vida se derrumbó y la depresión ocupó todo el espacio disponible. Entonces se dio cuenta de que negar y esconder la enfermedad no era el método adecuado. Y en cierta medida, cuando menos lo esperaba, la literatura lo salvó una vez más: publicó su libro y pudo conjurar sus demonios.

El de Diamond no es, ni mucho menos, el único caso de trastornos depresivos asociados a la escritura. Casos famosos de otros autores como Sylvia Plath, Mark Twain, Emily Dickinson, Stephen King, David Foster Wallace e incluso J.K. Rowling hablan por sí mismos. De hecho, los problemas psicológicos son tan frecuentes entre escritores que Hemingway llegó a llamarlos "la recompensa del artista".

Históricamente, desde el romanticismo se ha visto la enfermedad mental como una especie de "precio a pagar" por la especial conexión con el elemento divino que tenían los escritores.

Después se interpretó en clave más pragmática: los escritores pasan muchas horas solos, pensando, y es una dedicación narcisista en la que se compite constantemente con los otros miles de novelistas, poetas, y dramaturgos que optan a uno de los pocos puestos que les asegurarían un lugar en el canon.

Sin embargo, un estudio de la Universidad de Graz (Austria) desarrollado por el científico Andreas Fink podría tener una respuesta mucho más ajustada a la realidad.

Fink encontró una relación entre la "habilidad para crear una idea" y la incapacidad para suprimir la actividad del precúneo. 

El precúneo es una parte del lóbulo parietal superior del cerebro que en los sujetos sanos se activa cuando la persona descansa. Su activación está relacionada con la autoconciencia y con la gestión y reevaluación de recuerdos. Es decir, con pensar en las actividades realizadas y en nuestra propia vida.

En las mentes de los escritores, sin embargo, esta área cerebral está casi constantemente activada.

Es decir, un artista nunca descansa, nunca deja de juzgar todo lo que sucede comparándolo consigo mismo, tratando de encajarlo en su propia experiencia y adecuándolo a sus recuerdos , lo que produce un casi inevitable desgaste mental.

Si la tesis de Fink fuese cierta, esto querría decir que la enfermedad mental no es un don de los escritores, ni una maldición, ni una casualidad: es un caso de enfermedad laboral, igual que lo es la hernia en los albañiles y la silicosis en los mineros.

Sin esta atención total, sin esta sutileza para observarlo todo, difícilmente podemos comprender la figura del escritor. Las grandes obras de la literatura, de hecho, se caracterizan porque son capaces de apreciar —y de dotar de significado— cosas que los lectores no habíamos visto, o que habíamos ignorado.

¿Deberían ser prejubilados los novelistas que caen en una oscura depresión o en un trastorno esquizotípico, como recompensa por habernos ofrecido parte de su mente?

Cabría que pensar que sí. O al menos considerar la cuestión. Especialmente, cuando Kay Redfield Jamison —profesora de psiquiatría en la Universidad John Hopkins— demostró en su libro Tocados por el fuego que los artistas tienen 8 veces más posibilidades de sufrir una enfermedad mental seria (especialmente, desorden bipolar) que el resto de la población.

En cualquier caso, lo que resulta interesante del asunto es que Jason Diamond, como la mayoría de los artistas, nunca atribuye su enfermedad al arte, sino que se refugia en él para hacer frente a la depresión.

Y es que quizás la literatura sea, como decía Homer Simpson del alcohol, causa y solución de todos nuestros problemas.

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