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Unas vacaciones ideales

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"Una patera desembarca en una playa española llena de atónitos turistas": ficción basada en hechos reales

Diego Álvarez Miguel

16 Agosto 2017 09:38


Les pidieron el dinero en dólares. 10.000 en total para ser exactos. Los niños pagan menos porque ocupan y pesan menos. Por cada adulto, caben dos o tres niños en la barcaza, dependiendo de sus edades y de cómo viajen. Algunos lo hacen sobre el pecho de sus madres. Esos pagan menos todavía, sobre todo si tienen algo con lo que negociar. No preguntéis el qué, porque se puede negociar con cualquier cosa. El barco salía de madrugada, así que el día anterior por la noche ya estaban todos allí esperando. En su caso son cuatro, una madre, un padre, un hijo y una hija.

Les pidieron una fianza de tres noches. Increíble para unas vacaciones de solo una semana. Los precios se están poniendo por las nubes. Y eso que los niños no pagan. Duermen ambos en dos camas supletorias. Ah, y los menús infantiles cuestan la mitad que los normales. Eso también está muy bien. Es así porque comen menos. Por cada adulto comen dos o tres niños. En su caso comen como limas, así que eso que les ahorra. Un padre, una madre, un hijo y una hija. Han elegido un hotel de cuatro estrellas porque, oye, para una vez al año que pueden irse de vacaciones…

No se diferenciaba el agua negra del cielo negro. A las cuatro de la madrugada, un hombre con una linterna pequeña y una hoja de papel empezó a llamarles por sus nombres. Estaban todos en la lista. No faltaba nadie. Cogieron un buen sitio, cerca del borde de la barca pero no pegados al borde. Si te pones en el borde, corres el riesgo de que un golpe de mar te arroje al agua. En cambio, si estás en el centro, corres el riesgo de morirte aplastado o asfixiado. Tuvieron suerte. Siguieron las recomendaciones que les dieron y cogieron un buen sitio. Tampoco hacía excesivo calor aquella noche.

No se diferenciaba el agua azul del cielo azul. A las seis de la mañana el padre bajó con la sombrilla y una silla plegable para coger buen sitio en la playa. Si te pones muy cerca del agua corres el riesgo de que la marea suba un poco más de lo que esperabas y que acabes con todas tus cosas empapadas. Si te pones demasiado lejos, eres incapaz de controlar tus pertenencias desde el agua, lo que aumenta las posibilidades de que te roben y la dificultad para controlarvigilar a los niños desde la silla. Hay que elegir el lugar con precisión de cirujano. Lo hizo bien. Después volvió para desayunar. Había crepes salados en el hotel.

El salitre les resecaba la piel y los ojos. La hija no se quejaba. El niño lloraba en silencio. Tenían una botella de agua que su madre iba racionando durante el viaje. Sabían que podía ser muy largo. Sabían que necesitarían agua incluso al llegar a tierra, si es que llegaban. Su madre les dió un trago a cada uno y guardó la botella en la bolsa. Su padre les miró y les sonrió y les dijo que ya quedaba poco. Por primera vez era cierto. De vez en cuando un llanto cortaba por la mitad el ruido del motor. Nadie se extrañaba. Nadie se alteraba. Por el horizonte empezaba a asomar algo de claridad. El niño reconoció el final negro del agua y se puso a contar los segundos que tardaba en aclararse el cielo por completo.

El salitre les picaba cuando se ponían la camiseta. Su hija se quejaba, decía que quería ponerse morena. El niño corría a meterse en el agua. Tenían un bote de crema del cincuenta que su madre se empeñaba en ponerles por todo el cuerpo. Sabía que si no lo hacía, sufrirían las consecuencias a la larga: quemaduras, manchas en la piel, o incluso algo mucho peor. Su padre les reprendió desde detrás del periódico. Ellos hicieron caso y se dejaron untar en la manteca pegajosa de la crema. Después salieron corriendo buscando el horizonte, sobre la línea del mar apareció un barco que apenas alcanzaron a distinguir.

Los que iban sentados en la punta de la barca gritaron tierra. Todos se volvieron sobre sí mismos como un enjambre, como un montón de hormigas sobre un dulce. Con la luz intensa del día, los ojos de la niña parecían espejos. El mar parecía un espejo. La playa estaba atestada de gente y no parecía el mejor lugar para desembarcar. La barca se acercaba poco a poco. Algunas personas saltaban. La familia esperaba, conteniendo los nervios y preparándose para echar a correr.

Los que estaban en el agua gritaron que venía un barco. Los padres se levantaron para buscar a sus hijos, pero no los encontraron. Estaban en el agua, o tal vez en la orilla jugando con la arena, la masa de gente se acumuló ahí delante y era imposible reconocer a nadie. La barca llegó llena de gente. Nadie creía que pudiese ser lo que parecía. Cuando se estaban acercando a la orilla, todos se bajaron y empezaron a correr.

Una hija tropezó con la otra hija. Una de las dos ayudó a la otra a levantarse. Corrieron juntas hacia la arena seca.

No hablaban el mismo idioma, pero las dos se estaban preguntando lo mismo: Y tú, ¿cómo te llamas?

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