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La 'chica del tranvía' ya fue acosada en un poema de Charles Baudelaire

"A una transeúnte" es un poema en el que el escritor simbolista se cruza con una bella mujer entre la muchedumbre y a la que dice amar

(Cuadro: "The Irritating Gentleman", de Berthold Woltze)

A UNA TRANSEÚNTE

La calle, aturdida, aullaba a mi alrededor.

Alta, delgada, de luto ,con dolor majestuoso,

Pasó una mujer a mi lado, con mano fastuosa

Alzaba y mecía lo mismo festón que dobladillo;

Ágil y noble pasó, con piernas de estatua.

Mi alma no cesaba de beber de sus pupilas.

Cielo lívido con gérmenes tormentosos,

La dulzura que fascina y el placer que mata.

Un relámpago... ¡Y ya la noche! — Belleza fugitiva,

Mirada que me hizo renacer,

¿Es que no te veré más sino en la eternidad?

Desde ya, ¡lejos de aquí! ¡Demasiado tarde! ¡Quizás nunca!

Ignoro de donde vienes, y no sabes a donde voy,

¡Oh, tú!, a quien hubiese amado, ¡oh, tú que lo supiste!

Se está hablando mucho de si es amor o acoso lo de la chica del tranvía. Y evidentemente, es acoso. Sin embargo, muchos de los que conocen esta historia —pero también los medios de comunicación públicos y privados de este país— se han empeñado en tildar de romántico ese desesperado acto para encontrar a quien además llaman “su” chica.

En realidad, no resulta extraño que muchos lo vean como un acto de amor si tenemos en cuenta la educación sentimental de nuestra sociedad a menudo se basa en relatos sexistas. De hecho, la historia de la chica del tranvía no es muy distinta de una buena cantidad de poemas que consideramos románticos.

De Charles Baudelaire hay uno que recuerda especialmente a este suceso. Se titula “A una transeúnte”. Yo misma lo conocí en mi adolescencia, en las clases de Literatura Universal, donde se leía como una carta de amor desesperada de un hombre que había encontrado la belleza entre la muchedumbre y que luego la había perdido para siempre.

Son muchos los análisis literarios de este texto que nos llevan a esa imagen. A la del poeta paseando por una calle atestada de París y rindiéndose a los pies de una desconocida a la que perderá entre los rostros y a la que desearía haber detenido, haber conocido y haber amado el resto de la eternidad.

¡Pero si Charles Baudelaire en realidad estaba hablando de la imposibilidad del ser humano de retener la belleza!, podríamos argumentar. Y estaríamos en lo cierto, si no fuera porque continuamente hemos dado por válido, por romántico y por amoroso el hecho de que la figura de una mujer sea sólo eso: una figura, un objeto, un fantasma.

Aquí la transeúnte o la chica del tranvía son las proyecciones de los miedos y de las faltas de quienes dicen amarlas o quienes fantasean con la idea de ser sus dueños. Y al final, la cuestión es que ni Charles Baudelaire ni el chaval que empapeló Murcia con su “carta de amor” la semana pasada deberían adueñarse de los sentimientos de esas mujeres.

Ellas saben lo que quieren y ellas deben decidir si lo que sintieron al verles fue ese amor fugaz del que todos hablan o quizá la indiferencia y el hartazgo de quienes por enésima vez han tenido que soportar sobre su cuerpo la mirada de un hombre que, en realidad, sólo se está viendo a sí mismo.

 

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