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“No soy un escritor”: el tormento de Steinbeck mientras escribía 'Las uvas de la ira'

En sus diarios reflejó falta de autoestima y un estado de tremenda fragilidad mental

Con esa la falsa modestia de un compañero de pupitre que después de hacer un examen siempre temía suspender, pero luego era quien recibía la nota más alta. Con ese mismo sentimiento reconcía John Steinbeck en sus diarios que escribió Las uvas de la ira.

“Es sólo un libro de fábrica. Y lo peor es que es lo mejor que puedo hacer”. Y en lugar de la nota más alta, lo que recibió el autor de Al este del Edén fue un Pulitzer. Y luego un Nobel.

Sea falsa modestia o no, Steinbeck tuvo serios problemas de ansiedad mientras concebía su obra cumbre. La presión autoimpuesta por el éxito obtenido unos años antes con de De ratones y hombres le obligaba a escribir un gran libro.

“Por primera vez estoy trabajando en un libro real”, registraba entre las páginas de su diario.

Un alto grado de exigencia que tomaba forma mediante una férrea disciplina y una rutina definida. Sin trabajo no hay recompensa, parecía pensar Steinbeck, quien apuntaba que “En la escritura, el hábito parece ser una fuerza mucho más fuerte que la voluntad o la inspiración”.

Abrumado con el ambicioso proyecto que tenía por delante —Las uvas de la ira es uno de los mejores retratos de una de las épocas más negras de Estados Unidos—, las páginas de su diario revelan un estado de fragilidad mental y una brutal falta de autoestima representada a través de frases como "No soy un escritor. Me he estado engañando a mí mismo y a otra gente".

Aunque también hay mecanismos auto convencimiento a través de frases como: “Este debe ser un buen libro. Simplemente debe serlo”. También hace gala de una actitud derrotistas: “Me pregunto si algún día terminaré este libro. Y seguro que lo terminaré. Solo tengo que trabajar un cierto periodo de tiempo y se hará poco a poco. Sólo hacer el trabajo día a día”.

El valor del diario es elogiable desde el punto de vista moral: le sirvió de herramienta de disciplina y de protección contra la duda. Es pura honestidad con uno mismo, nunca un documento doctrinario de cómo-escribir-una-novela, aunque lo pudiera parecer en algunas páginas. Era una vía de escape para Steinbeck. No fue concebido para su comercialización.

De hecho, pidió que no se hiciera público mientras estuviera vivo. Eso y que las primeras personas en leerlo fueran sus dos hijos. Para que recordasen a su padre tal como era, con sus miedos e inseguridades. Con lo cual el libro se publicó en 1989, 21 años después de su nombre y se llama Working Days: The journals of the grafes of Wrath 1938-1941.

Una de las últimas frases del libro apunta a la decepción del autor con el resultado de su trabajo. Steinbeck dejó escrito: “Estoy seguro de una cosa: no es el gran libro que esperaba que fuera”.

La importancia de Las uvas de la ira como documento sociológico es altísima. El libro es un crudo reflejo de la sociedad estadounidense posterior al crack del 29. De las miserias que vivieron las familias que se tuvieron que desplazar a California para vivir. Del racismo imperante hacia quienes se desplazaron del Este al Oeste.

El impacto de la obra fue considerable desde el primer momento. Durante su primer año en circulación vendió 430 mil copias y, como señalamos, le valió para hacerse con los grandes premios a los que cualquier escritor puede aspirar. Como aquel odioso compañero de pupitre.

(Vía Open Culture)

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