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Por qué los cerebros de hombres y mujeres son más parecidos de lo que creemos

La científica Cordelia Fine desmonta en 'Testasterone Rex' el mito de las insalvables diferencias neurológicas entre hombres y mujeres

Larry Cahill, investigador en Neurobiología y profesor en la Universidad de California en Irvine, desarrolló hace años un curioso experimento.

En él, el científico consiguió demostrar que existe una relación entre el género y la preferencia por dos tipos muy distintos de coche: un Corvette para los hombres, un Volvo para las mujeres.

Según Larry Cahill, "esto quizás no sea coincidencia: uno es un bonito y seguro coche de familia con suficiente espacio en el maletero para la compra; el otro está diseñado para simbolizar poder y estatus".

Pero esta distinción —según afirma Cordelia Fine en su reciente ensayo Testosterone Rex: Myths of Sex, Science, and Society ('Testosteronus Rex: los mitos del sexo, la ciencia y la sociedad')— podría no deberse a una diferencia neuronal como propone Larry Cahill sino, sencillamente, a un condicionamiento cultural que cría a hombres y mujeres en nichos sociales muy distanciados y excluyentes y que, como es obvio, acaba por tener consecuencias en la manera en que nuestro cerebro piensa, siente, desea y resuelve problemas.

En muchas ocasiones, la respuesta ya está desde el principio oculta bajo la pregunta, y somos nosotros los que determinamos lo que queremos oír.

1. El mito del Testosteronus Rex y su disección

A los hombres les gusta hacer la guerra, follar, emprender acciones locas y arriesgadas, follar, emparejarse con todas las mujeres que puedan, conducir aparatos y construir edificios y diseñar herramientas con forma fálica, follar, tener 1000 hijos y 16 millones de descendientes como Genghis Khan, liderar grupos de gente... y sobre todo, follar.

Las mujeres, por el contrario, prefieren cuidar a otras personas, embarazarse, tener un único compañero durante toda su vida, no salir mucho de casa, ser respetuosas y responsables, poner por delante de su trabajo a su familia y, en resumen, tener hijos. No un número necesariamente alto, solo hijos.

Durante mucho tiempo, esta visión caricaturesca ha sido aceptada de manera más a menos generalizada por gran parte de las personas que vivimos en Occidente.

Dado que la eyaculación es un proceso que requiere poca energía por parte del hombre y que puede repetir 20 veces al día, mientras quedarse embarazada supone una enorme cantidad de tiempo y entrega para la mujer, muchos antropólogos, biólogos y neurólogos han pensado que lo natural es que los hombres sean promiscuos y las mujeres monógamas.

Sin embargo, este argumento prehistórico —que Cordelia Fine, por su tamaño y ferocidad, llama el 'Testasteronus Rex'— es precisamente el que la experta en neurociencia trata de diseccionar: según afirma, los estudios verdaderamente no demuestran diferencias físicas ni neurológicas entre los cerebros de hombres y mujeres.

Habría sido precisamente el condicionamiento previo de los científicos (y de los sujetos del experimento) lo que habría hecho que los resultados de los experimentos nos engañaran.

Según Fine, las investigaciones que en apariencia demuestran que hombres y mujeres "piensan" diferente, que tienen mecanismos opuestos de procesamiento mental, se basan en dos errores: en primer lugar, que la forma en que usamos el cerebro está muy condicionada por la sociedad que nos cría. Si desde pequeños nos enseñan que lo que tenemos que hacer es liderar y aplastar, eso haremos. Si nos enseñan que tenemos que cuidar y estar guapos, otro tanto. Y nuestro cerebro lo reflejará, claro.

Por otro lado, lo que defiende Fine es que el propio planteamiento de los experimentos deja en muchos casos poco espacio a una respuesta diferente de la que teníamos en mente antes de empezar las pruebas. Y es que si polarizamos el pensamiento entre Volvos y Corvettes, es muy poco probable que obtengamos resultados que se salgan de la carretera.  

2. El riesgo de hacerse la pregunta adecuada

Uno de los ejemplos más llamativos que Cordelia Fine ofrece en Testosteronus Rex es el de un prejuicio que guía muchos de los estudios de ciencias sociales en campos como la economía o el marketing: que los hombres, por su propia naturaleza, tienden a asumir "más riesgos" que las mujeres.

Lo que inteligentemente señala Fine es que, para fijar este tipo de experimentos, los investigadores primero deciden qué es un "riesgo" y en esa definición, en ese aceptar unas cosas y dejar otras fuera, puede residir ya una profunda carga sexista.

Para muchos científicos, invertir en bolsa, hacer puenting y saltar en paracaídas son riesgos válidos, pero dejar tu trabajo para dedicarte a tu familia, divorciarte de tu marido (que es el único que trabaja de los dos), o quedarte embarazada —teniendo en cuenta que en EEUU es 20 veces más probable morir durante el parto que saltando en paracaídas— no lo son.

Aquí hay, como resulta evidente, un prejuicio de género. ¿Cómo no vamos a considerar que los hombres son más valientes si definimos como valentía justo aquello que hacen los hombres?

Por supuesto, una vez diseñado el experimento en estos términos es prácticamente imposible que no obtengamos la respuesta que intuíamos desde el principio: el cerebro de los hombres está organizado de tal manera que nos permite asumir muchos más riesgos que a las mujeres.

En resumen, gracias a Testosteronus Rex no es difícil entender que es posible que en algunos casos las hombres de Marte y las mujeres de Venus, pero también que eso no tiene por qué estar inscrito en nuestros genes y que, desde luego, esos son roles de género muy líquidos y absolutamente maleables.

La mayoría de los estudios científicos que parecen demostrar que los cerebros de hombres y mujeres son definitivamente distintos y casi irreconciliables están determinados por el hecho de que la sociedad en que se planifican esos experimentos ya pensaba lo mismo antes de hacerlos.

Y es que muchas veces, como demuestra Cordelia Fine, importan menos las respuestas que obtenemos que la forma, el contenido y la motivación de las preguntas que nos hacemos.

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