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Prohibidos, intensos y de color rosa: así eran los libros que cambiaron la literatura erótica

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Un repaso a la historia de la colección que marcó el despertar sexual de varias generaciones de lectores y cambió el concepto de literatura erótica en España

Xaime Martínez

02 Enero 2017 18:35

Si te acercas a la habitación en la que tus padres guardan sus libros y observas atentamente, es posible que veas unos pequeños volúmenes de lomo rosa.

Lo más probable es que no estén escondidos, sino sencillamente colocados con discreción entre los demás libros.

Si sacas uno de estos de su estante, verás que el título y el nombre del autor están escritos con una recargada caligrafía cursiva que los conecta con la novela romántica de quiosco.

Sin embargo, la imagen que se encuentra bajo el título —habitualmente,  una fotografía con una carga erótica innegable— parece desmentir lo anterior.

En la parte inferior de la cubierta está la clave: dependiendo de la edición, será un triángulo que simboliza los genitales femeninos o una pequeña cerradura que deja ver lo que parece ser la borrosa representación de una vagina. El nombre de la colección (La sonrisa vertical) es el último dato que necesitarás para saber que te encuentras ante una de las iniciativas de literatura erótica que marcó a una generación de lectores y que, sin embargo, ha caído en los últimos años en un gran olvido.


Historia de los pequeños libros de lomo rosa

La sonrisa vertical, perteneciente a la editorial Tusquets, comenzó su andadura en 1977 y durante 25 años fue uno de los agentes que más dinamizó la escena cultural española.

Coordinada por el director de cine Luis García Berlanga, mantuvo durante su periodo de más actividad una alta calidad literaria y unas cifras de ventas respetables descubriendo a talentos como la novelista Almudena Grandes —que ganó en 1989 el premio Sonrisa Vertical con su libro Las edades de Lulú— y llegando a publicar incluso a un reconocido político, el presidente asturiano Pedro de Silva.

El 2016 ha sido un año en que la literatura erótica ha llegado de manera definitiva al establishment: la publicación de Grey hace unos meses—el libro en que se narra desde el punto de vista del hombre la primera novela de la saga Cincuenta sombras de Grey— parece confirmar que los tórridos pasajes sexuales que un día fueron censurados una y otra vez (la Lolita de Nabokov o los trópicos de Henry Miller) hoy son perfecta y desprejuiciadamente asumidos por el mercado.

Por eso, quizá sea interesante echar la vista atrás y examinar una época en que comenzar una novela describiendo de forma descarnada un trío entre dos hombres y una mujer (como sucede en Las edades de Lulú) era algo novedoso, inquietante, necesario.

La intención de La sonrisa vertical en sus inicios era, como declaró Berlanga, “dar aire que respirar, porque el deseo es salud, y sobre todo [...] recuperar el culto a la erección, el hedonismo, a las fértiles cosechas que una buena y gozosa literatura puede ofrecernos".

El surgimiento de la colección fue un revulsivo para el mundo de las letras hispanas de finales de los 70 en dos sentidos: en primer lugar, porque colaboró a dignificar una literatura relegada al oscuro cajón de la pornografía.

Y en segundo lugar, porque comenzó a incorporar a la “literatura seria” elementos sexuales que en otras tradiciones ya eran mayoritariamente aceptados (de hecho, La sonrisa vertical no solo publicó a jóvenes talentos de la literatura erótica española, sino también a clásicos como Henry Miller, Sade o George Bataille).


Miles de ventas... hasta la llegada de Internet

Para José Luis García Martín, el profesor universitario y escritor, tanto la colección como el premio lograron que esta literatura “dejara de dar vergüenza”. Gracias a La sonrisa vertical, la gente podía leer esos libros en lugares públicos “sin avergonzarse” porque ya habían dejado de ser “literatura de cuartel, pensada para ser leída con una sola mano”.

La colección también fue, hasta cierto punto, un éxito de ventas. Se despachaban sin problemas 3000 o 4000 ejemplares de cada novela editada y, según el librero Luis Carrero —dueño de la librería de segunda mano Don Quijote, Oviedo— no solo interesaban a gente adulta, como podría ser lógico teniendo en cuenta el perfil de los editores, sino que los jóvenes lectores de la época eran muy aficionados a La sonrisa vertical.

A lo largo de los años, la colección publicó títulos y autores muy interesantes, como Ana Rossetti o Mario Vargas Llosa, pero con la entrada de los años 2000 comenzó a perder fuelle. El premio fue declarado en varias ocasiones desierto al no presentarse libros que aunasen calidad literaria y carga sexual, y en 2004 fue su última edición.

Luis Carrero, de hecho, afirma que hoy en día, en su librería los libros de La sonrisa vertical "se venden muy poco" porque "la literatura erótica está out". Aunque hoy en día la editorial continúa publicando libros, estos ya no tienen la relevancia que cobraron en su época, lo cual parece haberse confirmado desde que hace 12 años Martín López-Vega escribiera un artículo en el que se preguntaba si la literatura española había perdido su sonrisa vertical.

Entonces, algunos —como José María Álvarez, autor a su vez de una insulsa novela sobre una lolita que se publicó en esta colección— atribuyen este desinterés por la literatura erótica a "algo mucho más grave: la muerte de la sexualidad en el ser humano", debida a la "imbecilidad de nuestra sociedad". Sin embargo, es probable que la causa sea menos apocalíptica.

Según José Luis García Martín, la aparición de otras formas de gestionar el impulso erótico (las revistas, la pornografía en Internet) hizo que la literatura que defendía La sonrisa vertical perdiera “la característica de ser algo prohibido”:

“Todo el mundo podía acceder a la pornografía sin tener que avergonzarse. La gente prefería estimularse con algo que les supusiera menos actividad intelectual: es menos trabajoso ver imágenes que leer un libro”.



El erotismo "despenalizado"

En cierta medida, parece que La sonrisa vertical fue el fruto de un momento muy concreto de transición entre dos mundos: bebía del prohibicionismo puritano del franquismo tanto como de la falta de prejuicios que llegaría después. Solo podía habitar ese equilibrio, y por eso su vida fue relativamente corta.

De hecho, un motivo por el cual la función de este tipo de literatura dejó de ser relevante es porque la categoría desapareció: acabo subsumida en la Literatura con mayúscula.

No solo en el caso de Cincuenta sombras de Grey, que se promociona como un bestseller más sin que entre en la categoría de “literatura picajosa”. También obras más complejas que novelan temas sexuales han pasado a las colecciones mayores de los sellos editoriales.

En ese sentido, un buen ejemplo podría ser El luminoso regalo, una novela del escritor español Manuel Vilas que trata con lirismo y amor por el detalle la vida sexual de su protagonista, Víctor Dilan. Pero también editoriales como Anagrama o Melusina tuvieron una parte importante en la “despenalización” de la literatura erótica.

Es cierto lo que dijo Luis García Berlanga en los tiempos casi míticos de 1977: “A través de nuestros libros, a través de nuestra y vuestra sonrisa vertical, [queremos] constatar que el escribir sobre lo biológicamente apetecible es algo inmanente a todos los tiempos, a todas las geografías, a todos los hombres".

Nadie lo duda y, precisamente por eso. La sonrisa vertical no es ya nuestro presente pero sí forma parte de la historia de todos.


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