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"La literatura me ayuda a vivir": por qué seguimos necesitando a Todorov

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Es difícil restringirse a una sola de las actividades del humanista búlgaro Tzvetan Todorov, pero tal vez esta sea la mejor despedida

Xaime Martínez

08 Febrero 2017 17:19

El pensador, teórico de la literatura, historiador y humanista Tzvetan Todorov murió ayer en París.

Me resulta difícil restringirme a una sola de sus actividades: de origen búlgaro, estudió Letras en la Universidad de Sofía, donde se especializó en la teoría literaria de los formalistas rusos.

Descontento con el comunismo, se fue un año a París para seguir estudiando teoría de la literatura. Allí conoció a Genette y Barthes y se quedó para siempre.

Sin embargo, tras llevar unos años viviendo en Francia sus miras intelectuales se ampliaron: la perspectiva formal (el estilo, los recursos lingüísticos, la relación con la tradición) le había servido en Bulgaria para evitar meterse en espinosos temas ideológicos, pero ya no era suficiente.

Entonces comenzó su giro hacia la historia de las ideas, y escribió algunos de sus libros más famosos sobre temas muy diversos, como la conquista de América, los presos que acabaron en campos de concetración rusos y alemanes, la búsqueda de lo sublime...

Pero entre todo estos Todorovs, hay uno que a mí me ha impactado más que los otros.

Yo entré en contacto con la obra del humanista búlgaro a través de la que quizá es la obra más relevante de su etapa estructuralista, Introducción a la literatura fantástica, pero fue sin embargo un pequeño libro publicado en 2007 el que hizo que muchas cosas cambiaran en mi cabeza.

Se llama La literatura en peligro (Galaxia Gutenberg) y, como muchas de las mejores investigaciones, empieza de forma inesperada.

Desde 1994 hasta 2004, Tzvetan Todorov perteneció a un grupo de asesores que trabajaba mano a mano con el Ministerio de Educación francés. Allí conoció muy de cerca el plan educativo que se aplicaba en los institutos del país galo.

Y se horrorizó.

Se horrorizó porque se dio cuenta de la limitada visión que se imponía a los jóvenes alumnos: se les decía que la literatura es algo estrictamente formal, algo que tiene valor en sí mismo y por su posición respecto de otros objetos del mundo literario, pero no por lo que puede decirnos de la vida.

Lo importante no es lo que el Quijote cuenta acerca del amor, de la locura, de la traición o del compañerismo, sino que haya fundado la novela moderna.

Tzvetan Todorov se dio cuenta —y yo me di cuenta con él— de que a los chicos se les enseña a medir versos y diseccionar tropos, se les enseña cómo la literatura se relaciona con la literatura, en lugar de cómo la literatura se relaciona con la vida.

Y por eso la literatura corría el mayor de los riesgos: ser irrelevante.

Entre las páginas de La literatura en peligro hay un fragmento, que luego recogería Todorov en un breve ensayo llamado "Para qué vale la literatura", que me resulta especialmente emocionante y que valdrá, tal vez, para despedirnos (por el momento) del maravilloso pensador búlgaro.

“El campo de la literatura se ha ensanchado para mí, porque ahora incluye, además de poemas, novelas, cuentos y obras de teatro, el inmenso dominio de la narrativa escrita para uso personal o público, ensayos y reflexiones. Si alguien me pregunta por qué amo la literatura, la respuesta en que pensaría inmediatamente es que la literatura me ayuda a vivir.

Ya no busco en la literatura, como hacía en la adolescencia, evitar las heridas que la gente real podía inflingirme; la literatura no reemplaza las experiencias vividas, sino que forma un continuum con ellas y me ayuda a entenderlas. Más densa que la vida diaria, pero no radicalmente diferente de ella, la literatura expande nuestro universo, nos hace ver otras maneras de concebirlo y organizarlo.

Todos estamos formados de lo que nos da otra gente: primero nuestros padres y luego la gente que está cerca de nosotros. La literatura abre hasta el infinito esta posibilidad de interacción y así nos enriquece infinitamente. Nos trae sensaciones irreemplazables mediante las cuales el mundo real se vuelve más significante y más hermoso. Lejos de ser una simple distración, un entretenimiento reservado para la gente culta, la literatura enseña a cada uno cómo completar su potencial humano”.



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