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El secreto mejor guardado de Julian Assange

Un cuento sobre el poder, el miedo, la rutina y el silencio

Todavía lo recuerda perfectamente.

Salta la pestaña del hervidor y el agua deja de burbujear. Julian Assange echa un par de cucharadas de café soluble en una taza y la llena con el agua hervida. Tiene que esperar cinco minutos para no quemarse.

Lleva la taza a su escritorio y enciende el ordenador . Mete dos tostadas en la tostadora. Baja la palanca. Se sirve un zumo y lo lleva a la mesa. Saltan las tostadas, las pone sobre un plato y les echa mantequilla, 15 gramos, no más, una cucharadita de mermelada. Cuando se sienta frente al ordenador, el café ya está templado y los periódicos actualizados.

Cinco años, Julian Assange lleva casi cinco años encerrado en treinta metros cuadrados de la embajada de Ecuador en Londres. Ha visto el sol menos de un minuto al día y en aras de no volverse loco y conservar el secreto mantiene una rutina escrupulosa.

Cuenta las calorías para mantenerse vivo. Tiene una lámpara de luz con vitamina D. Hace ejercicio para luchar contra la osteoporosis, el dolor muscular, la fatiga crónica que le produciría estar parado todo el tiempo. Pastillas, muchas pastillas. Y sobre todo muchas entrevistas, muchas conversaciones, muchas visitas: es necesario que su cabeza se mantenga alerta, fresca, ágil, pues el australiano tiene un secreto (probablemente el secreto mejor guardado del mundo) y no puede guardarlo en otro sitio.

El 19 de julio de 2012 entró en el edificio y no ha vuelto a salir. Si pone un pie fuera teme acabar treinta años metido en una cárcel yanqui. Y probablemente eso sea lo que suceda.

Ha visto el sol menos de un minuto al día y en aras de no volverse loco y conservar el secreto mantiene una rutina escrupulosa

Sabe que le controlan, que cuentan el número de flexiones que hace, las veces que se afeita, los gramos de arroz que consume al día, los litros de agua que bebe, las veces que se ducha, todo. Lo que teclea en el ordenador, lo que lee en la pantalla, lo que habla con todo aquel que viene a visitarle.

¿Cómo mantener vivo entonces el secreto? ¿Cómo hacer que no se atrofie la idea, el pensamiento, la razón, si no lo puede escribir, no lo puede verbalizar y cada vez se hace más difícil repetirlo en su interior?

La depresión y el estrés juegan en su contra. No son pocos los fallos de memoria que sufre cada día. Quizá por eso mantiene actualizadas constantemente sus redes sociales, pone más de un tuit a la hora, escribe al menos un artículo al día, lee durante dos o tres horas y juega al ordenador antes de irse a dormir para mantener activa la velocidad de reacción, para ejercitar su respuesta a los estímulos y, no menos importante, para tratar de desconectar y divertirse.

Pero desconectar y divertirse es imposible.

Julian Assange sabe que su aislamiento va para rato. Por eso procura medir y racionar los encuentros sexuales, estudiar el impacto que tienen sus filtraciones y, desde hace algo más de un año, disfrutar y distraerse con la compañía permanente de un gato, al cual viste con una corbata distinta cada día y da de comer siempre a la misma hora, siempre la misma cantidad y siempre de la misma forma.

Cuando llega la oscuridad a la embajada procura apagar todos los aparatos y mirar a lo lejos antes de dormir. Ha notado que la mirada se le atrofia más rápido de lo normal.

A veces sueña con que un grupo de militares armados con fusiles de asalto y granadas atadas a la cintura se descuelgan desde el tejado de la embajada, rompen las ventanas y entran en la habitación. Se ve tumbado en su cama de noventa, entre sábanas húmedas, apuntado por ocho armas negras y automáticas, con la camiseta interior de tirantes y sudando, los brazos levantados, los ojos abiertos como soles blancos

A veces sueña con que un grupo de militares armados con fusiles de asalto y granadas atadas a la cintura se descuelgan desde el tejado de la embajada, rompen las ventanas y entran en la habitación. Se ve tumbado en su cama de noventa, entre sábanas húmedas, apuntado por ocho armas negras y automáticas, con la camiseta interior de tirantes y sudando, los brazos levantados, los ojos abiertos como soles blancos.

Otras veces sueña con que está colgado de un palo horizontal, desnudo, con los tobillos atados a las muñecas, y un hombre enmascarado le azota, le ahoga con un trapo mojado, le somete a una amplia variedad de torturas, cada cual más despiadada.

Quiere saber cuál es su secreto y no piensa parar hasta escucharlo.

En el sueño, Julian Assange trata de decirlo, quiere decirlo, quiere desvelar el secreto y que la tortura y la pesadilla se terminen, lo intenta con todas sus fuerzas, pero no lo consigue, no logra verbalizarlo, sus labios no reaccionan, y menos lo hace su memoria: no lo encuentra, no se acuerda del secreto, lo ha olvidado.

Suele decir que el corazón le duele cuando late con tanta fuerza.

Entonces Assange se despierta empapado. Son casi las siete de la mañana, está a punto de sonar el despertador y ya entra una fina luz blanca por las pecas de las cortinas.

Se levanta, sube las persianas y llena el hervidor hasta arriba. Pulsa el botón naranja y, cuando oye que las resistencias comienzan a quemar el agua, se asoma a la ventana y respira.

Todavía lo recuerda perfectamente.

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