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"Al Estado le saldría más barata una renta básica que atender a los pobres"

La Utopía para realistas de Rutger Bregman es un revolcón a una izquierda poco propositiva

Su discurso de emprendedor y su incidencia en el “win-win” le vendrían muy bien a una izquierda europea mayormente amodorrada, correcta y que no para de acumular derrotas, como una veleta condescendiente que se suele acabar rindiendo a los mercados.

Se llama Rutger Bregman, es historiador y está triunfando con su libro Utopía para realistas(Salamandra, 2017), que el filósofo Zygmunt Bauman definió como "brillante" y de "lectura obligatoria". A sus 28 años, habla con una seguridad rayana en la arrogancia.

Pero pocos pensadores han sido capaces de presentar con tanto empaque, en tiempos de crisis y en pleno auge de la extrema derecha, propuestas a priori tan descabelladas como la jornada laboral de 15 horas, la renta básica universal o la apertura de fronteras como soluciones eficaces a los males de nuestro tiempo.

El secreto de Bregman es defender sus tesis sin apelar a la bondad humana o a los Derechos Humanos, a la empatía o a los valores. A lo que alude es a la mera eficiencia, acudiendo a estudios sólidos y a estadísticas creíbles.

Bregman le da la vuelta a la utopía para convertirla en un escenario práctico y factible. Su idea nace de que gran parte de nuestro mundo de hoy se parece a lo que soñaban como utopía nuestros ancestros del medievo. Datos que cita en el libro como el descenso de la pobreza extrema del 94% en 1820 al 10% de la actualidad, o la escolarización del 90% de la población mundial (contra el 59% de 1962) impulsan su optimismo.

Renta básica

Uno de los argumentos más contundentes de Bregman a favor de la renta básica universal (para todos los ciudadanos, independientemente de lo que cobren) es que “el coste de la pobreza para el Estado es más alto para paliar sus daños (hambre, enfermedades, albergues…) que lo que costaría una renta básica para cada persona”.

“Sólo hay un grupo de gente que piensa más en el dinero que los ricos: los pobres. Dar dinero a los pobres no es superficial, porque sacar a la gente de la pobreza no lo es. Y nadie sabe mejor cómo gestionar el dinero que los propios pobres. Darles bienes o asistencia social es mucho más paternalista”, sentencia el holandés.

Basándose en los experimentos donde la renta básica se ha ensayado con éxito (como Canadá, Kenia o Finlandia), Bregman asegura que “ quienes la reciben, no dejan de trabajar, sino que se vuelven más activos porque les empodera y les da una base para empezar”. La cantidad a percibir, dice, dependería de lo necesario en cada país para “superar el umbral de la pobreza”

Trabajadores realmente importantes como el de basurero, profesor, limpiador o mecánico tendrían más poder adquisitivo porque habría que pagarles más que lo que supone la renta básica. Sería una redistribución de dinero pero también de poder y de respeto. Otros trabajos poco importantes basados en mails e informes que nadie lee tenderían a desaparecer”, explica Bregman.

Trabajadores realmente importantes como el de basurero, profesor, limpiador o mecánico tendrían más poder adquisitivo porque habría que pagarles más que lo que supone la renta básica

Como ejemplo de la paradoja del sistema laboral actual, Bregman siempre alude a sus amigos periodistas que “se financian investigaciones contra una empresa haciendo trabajos de comunicación para esa misma empresa”. Asegura que “ gran parte del trabajo no remunerado de voluntarios es mucho más útil que gran parte de los empleos”. Con una renta básica, muchos abandonarían lo que el denomina trabajos inútiles y muchos otros se sumarían a proyectos más vocacionales.

En su libro, como ya hizo hace unos años en la revista de referencia de izquierdas estadounidense Jacobin, Bregman recuerda que Richard Nixon en su día valoró la idea de la renta básica en Estados Unidos. “Y eso que no era precisamente un visionario”, apunta.

Desde la caída del Muro de Berlín, defiende Bregman, “hemos aprendido a no soñar en grande, a creer que las utopías son peligrosas por las experiencias del fascismo y el comunismo, que fueron un desastre”. Este es el motivo por el que cree que la renta básica ha sido una idea dormida durante las últimas décadas.

Para no despertar los recelos de la clase media trabajadora que critica a quienes reciben ayudas económicas del estado como aprovechados, Bregman cree que es importante “que todo el mundo la reciba, también quienes tienen sueldos”. Impuestos al capital “y no al trabajo” distribuidos por el Estado, la convertirían en un “dividendo del progreso”.

Jornada laboral de 15 horas 

El sueño húmedo de los vividores y la mayor pesadilla de los workaholics y de quienes ahogan sus vacíos inyectándose toneladas de trabajo es otra de las revolucionarias propuestas de Bregman en su libro: la jornada laboral de 15 horas semanales.

Su clave para que funcione es que la empresa pague impuestos a la cantidad de horas que contrata y no a la de trabajadores, de modo que no le saldría más caro tener a más empleados que trabajen menos horas cada uno.

Impuestos a la cantidad de horas y no a la de trabajadores contratados permitirían que la jornada laboral de 15 horas fuera factible

El éxito del programa ‘sharing work’ de Alemania, que lleva décadas facilitando jornadas laborales más cortas y “recomendaciones de la Organización Internacional del Trabajo” sirven a Bregman como apoyos sólidos a la reducción de jornada.

Al fin y al cabo, la jornada de 40 horas semanales también parecía utópica hace unos años, defiende Bregman, que recuerda que el economista John Maynard Keynes (una referencia constante a lo largo del libro) ya predijo un mundo en el que tendríamos “un mar de tiempo libre”.

En Utopía para realistas, Bregman enumera virtudes de la drástica reducción de carga horaria en la vida de las personas: menos estrés, menos emisiones de CO2, menos accidentes laborales, menos desocupación y menos desigualdad.

Asegura, además, que se reduciría la brecha de género, porque hombres y mujeres tendrían más tiempo para cuidar de sus familias. Y también habla de la eliminación de la brecha la generacional, porque descargaría a la gente de entre treinta y cuarenta años con horas de trabajo que podrían ejercer personas mayores al borde de la edad de la jubilación.

“Los robots se han convertido en uno de los argumentos más potentes a favor de una semana laboral más corta y de una renta básica universal. De hecho, si se mantienen las tendencias actuales, solo hay una alternativa: la desocupación estructural y la desigualdad creciente”, asevera Bregman en su libro. O sea, a medida que los robots nos suplanten en el trabajo, tendremos más tiempo libre y el Estado deberá pagarnos con los dividendos del capital y no con impuestos directos al trabajo.

Fronteras, extrema-derecha y socialdemocracia

La utopía de Bregman, que fue publicada en Holanda en 2014, se ha topado después años con la realidad casi distópica de Donald Trump gobernando la mayor potencia del mundo con unas ideas prácticamente opuestas a las suyas. Pero hasta en la victoria de Trump vio Bregman algo positivo: “ Por un lado, me decepcionó mucho, por el otro, me sirvió como claro ejemplo de que hasta las ideas más locas pueden tomar forma muy rápidamente”.

Si en algo distan los preceptos de Bregman de los de Trump (en casi todo), es en la política migratoria. Bregman, en un momento en que en su país (y en Europa) se se ha disparado la islamofobia y el discurso antiinmigrantes, defiende la apertura de fronteras: “Los inmigrantes son conductores de una gran prosperidad y un arma para luchar contra la pobreza. Los países con más inmigrantes son más abiertos. No nos quitan los trabajos, sino que traen trabajos consigo y también crearon un montón de empresas en Estados Unidos, por ejemplo”, afirma.

Los inmigrantes no nos roban el trabajo, sino que traen muchos consigo y crean empresas

Además, le da la vuelta al discurso nacionalista que utiliza la extrema derecha para cerrarse a la inmigración: “En términos nacionalistas, ser un país rico y con hondas tradiciones nos tiene que llevar a ser fuertes y no perder la cultura, afrontar la inmigración como un reto”.

A Bregman no le gusta definirse como socialdemócrata porque cree que “es una etiqueta del siglo XIX” y seguramente por el desprestigio con el que los partidos europeos han teñido esta palabra.

Define al líder holandés de los verdes Jesse Klaver, revelación en las recientes elecciones neerlandesas, como “un ejemplo interesante de cambio político” en un momento en que “los socialdemócratas están rotos”. Pero insiste en que “los grandes cambios no empiezan con líderes políticos sino con ideas y con gente saliendo a la calle alrededor de esas ideas”.

Así, cree, las innovaciones irán calando también en la clase política y venciendo las resistencias de las élites. Pero Bregman no propone un plan para acelerar estos procesos en que las ideas entran en las instituciones ni plantea reformas institucionales para que la clase política salga de su burbuja tantas veces desconectada de otras realidades.

Las ideas cambian el mundo independientemente del tipo de democracia que tengas. El progreso es la realización de utopías. El derecho a voto de las mujeres, el Estado del Bienestar o el final de la esclavitud superaron las barreras de los poderosos y quienes las defendían no tenían dinero o poder”, defiende.

A Bregman se le enciende una sonrisa cuando dice que su utopía de renta universal “es de derechas por otorgar al individuo la libertad de elegir y de ser emprendedor y de izquierdas por buscar la erradicación de la pobreza”.

Pero al tiempo que defiende su transversalidad, en el libro expresa a modo de crítica que “las diferencias entre la izquierda y la derecha se han vuelto muy pequeñas”. No tendría problemas Bregman en reconocerse de izquierdas, pero claramente le atrae el tono ganador del liberalismo sajón.

Por eso afirma: “El problema de hoy en día con la izquierda es que sabe contra lo que está, el establishment, la homofobia, o el racismo; pero no propone cambios. Siempre están muy mosqueados con cosas, que yo también, pero necesitamos una idea de adónde ir”.

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