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El hombre que se clonó a sí mismo para poder suicidarse por amor

Si pudieras crear un androide que fuera una copia exacta de un humano, ¿a quién replicarías?

Mi nombre es David Bluger y soy escultor. Mi tarea en esta compañía es la de diseñar y confeccionar las caras de los androides de forma que se parezcan lo máximo posible a personas reales.

Hace algunos años lanzamos un proyecto que, combinando el Big Data, las redes sociales, los últimos avances en tecnología y mi habilidad con la arcilla, pretendía hacer copias perfectas de seres humanos existentes, con su mismo aspecto, voz, personalidad, sentimientos y recuerdos.

La idea principal era poder sustituir a personas fallecidas por un androide que fuese prácticamente indiferenciable, capaz de expresar emociones, de amar, de bromear, todo exactamente de la misma forma en que lo haría la persona sustituida.

Lo cierto es que lo conseguimos. Y durante todo este tiempo nos ha ido muy bien.

Sin embargo, hace casi un mes, mi mujer, que había estado luchando contra la enfermedad durante varios años, perdió la vida. Y entonces se me planteó el dilema más difícil y doloroso de mi vida.

¿Debería aceptarlo y tratar de sustituirla por un androide? ¿Serían, de verdad, iguales sus caricias, sus bromas, su cariño? Es más, ¿podría ser como si nunca hubiese caído enferma?

Llevaba años trabajando precisamente para que eso fuera posible, así que rechazarlo sería un fracaso, pero aceptarlo confirmaría algo realmente terrible.

Sin duda, plantearte este tipo de cuestiones te perfora el alma. Tenía que pensar sobre ello, así que después de que falleciera me metí en el estudio, me coloqué delante de un trozo de arcilla e intenté por todos los medios reproducir su cara.

Quería verla de nuevo, pasar una vez más mis dedos por la línea de su boca, por sus pronunciados pómulos, su nariz diminuta. Quería besarla, sostener su cara entre mis manos y besarla.

Pero no lo conseguí. Estuve encerrado durante días y no fui capaz de reconocerla ahí, sobre la mesa. No era su cara. Siempre había algo mal. Las mejillas, los párpados, la frente, siempre algo. Algo insoportable. No era ella, nunca era ella.

Tanto fue así, tal fue mi frustración, que decidí dejarlo. Por completo. Abandonar el trabajo, la compañía, incluso la escultura. Abandonar el mundo en el que había vivido tantos años.

Abandonar el mundo en el que había vivido.

Abandonar el mundo.

Que fuera otro ser igual a mí quien me sustituyera.

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