Books

Por qué destrozamos las fotografías de nuestros amantes cuando nos engañan

En el libro '¿Qué quieren las imágenes?', W.J.T. Mitchell se pregunta por la relación entre deseo e imagen, explicando por qué, a pesar de nuestro materialismo, nos comportamos como si las fotografías tuvieran un gran poder

(Imagen: Stephen Lyne)

Pensad en cualquier retrato de vuestros padres.

¿Qué pasaría si os pidieran que empezarais a vaciarles les ojos, a destripar sus torsos, que escupieráis en lo que quedara de sus rostros desfigurados? ¿Qué pasaría si os pidieran que desmembrarais sus restos, que quemarais primero las piernas y los brazos, después el cuerpo y finalmente sus cabezas?

O pensad en el ambiguo ritual que tantas veces hemos presenciado, que tantas veces hemos protagonizado: tras una ruptura, ¿qué hacer con las fotos? ¿Qué hacer con esa captura horrible y desenfocada, pero que fue la primera? ¿Qué con los viajes, las cenas y las bodas? ¿Qué, con las fotos familiares?

La ceremonia de destrucción que con la fotografía de nuestros padres parecería intolerable, una crueldad innecesaria, tiene su reverso positivo —casi diríamos que terapéutico— en el sacrificio litúrgico que supone recortar a una persona que nos ha engañado o traicionado.

Dibujar su silueta con las tijeras para eliminarla de todos nuestros recuerdos gráficos, dejando en todas las imágenes la sombra de su ausencia, no es solo un arranque rabioso, una enajenación transitoria que libera nuestros impulsos destructivos.

Sabemos que las fotografías no están vivas.

Sabemos que se trata solo de un trozo de papel. Que no tienen deseos ni sufren. Sabemos que las imágenes no pueden hacernos nada, que no tienen ningún poder sobre nosotros. Igual que sabemos que a través de ellas no tenemos ningún poder sobre el objeto representado.

No creemos en este tipo de supersticiones, y nos echaríamos a reír si algún ingenuo creyera todavía hoy en el vudú o en el hecho que una cámara pudiera robarnos el alma. Sabemos —y lo anunciamos con actitud firme— que todo retrato es pura materialidad inerte: un juego de luces y sombras dibujado en tinta, pintura o píxeles. 

Lo sabemos, sí. Pero, aun así, nos comportamos como si lo tuvieran.

Basta con ver cómo reaccionamos al saber que alguien ha profanado una iglesia y ha mancillado las imágenes religiosas. Basta señalar, por ejemplo, que en España está prohibido quemar fotos del Rey.

Aunque queramos pensar que no, que ya no nos comportamos como seres primitivos y fetichistas cuyas creencias tribales otorgaban un valor mágico a las imágenes, la iconoclastia nos delata. Quizá no mostremos el respeto místico que antaño se reservaba a los ídolos, pero en nuestro día a día seguimos comportándonos como si entre representado y representante existiera una relación que excediera de mucho la física de la fotografía.

"Todo el mundo sabe que las imágenes son, por desgracia, demasiado valiosas, y por ello necesitan ser menospreciadas."

Esta doble consciencia, que permite en nosotros la conflictiva convivencia entre animismo ingenuo y materialismo tosco, es una de las ideas motores que guían los ensayos de W.J.T. Mitchell, publicados por la editorial Sans Soleil bajó el título ¿Qué quieren las imágenes? 

En ellos, se nos pide que hagamos un ejercicio extrañísimo, pero enormemente interesante, para comprender cómo nos relacionamos con el mundo pictórico.

Se nos pide que nos olvidemos de que las fotografías son meros objetos; que aceptemos, al menos mientras dure el experimento mental, que son organismos vivos que crecen y se desarrollan, que se adaptan, que toman energía del ambiente y modifican su entorno, que responden a estímulos y se reproducen por sí mismas. 

Y no se trata de preguntar qué mensaje transmiten, o el efecto que producen en nosotros. Como dice Mitchell, la pregunta sobre qué quieren las imágenes es tanto una pregunta por su poder como por su falta de poder.

Incluso en su origen mítico, la representación pictórica está relacionada con el deseo. Cuenta Plinio el Viejo el relato de la Dama de Corinto, que "se enamoró de un hombre joven; y ella, cuando él se marchaba al extranjero, dibujó en la pared el contorno de la sombra que su rostro arrojaba debido a una lámpara".

('The origin of drawing, Anne-Louis Girodet-Trioson)

En las representaciones clásicas que se han hecho de esta escena, es Cupido —el deseo— quien sostiene la llama que proyecta la sombra, quien origina la primera imagen. Se trata, como dice Mitchell, del deseo de retener al amado, de mantener el trazo de su vida mientras dura su ausencia:

"El dibujo, al igual que la fotografía, se considera como el origen del 'arte de fijar la sombra'. El dibujo de la silueta, entonces, expresa el deseo de denegar la muerte o la partida, de retener al amado, de mantenerlo presente y permanentemente 'vivo'."

Pigamalión, Don Quijote, Madame Bovary o las ficciones de terror con los clones como protagonistas: todos estos relatos nos hablan de como las fantasías quieren vivir, de las diferentes formas en las que toman vida. O, visto de otro modo: muestran que cuando nos comportamos con las imágenes fuesen organismos vivimos, corremos el riesgo a sucumbir a sus deseos.

De hecho, cuando se utilizan conceptos como "la sociedad de la imagen" o de "la era del simulacro" no se hace otra cosa que codificar el miedo a que las imágenes terminen por suplantar a sus modelos, a que su voluntad se vuelva autónoma y nos subyugue. Una idea que David Cronenberg expone, respecto a la televisión, en su película Videdrome: la imagen catódica convertida en unos grandes labios que nos desean.

('Vidreodrome', David Cronenberg)  

Lo que quiere decirnos Mitchell es que, de acuerdo, hablar de la vida o del deseo de las imágenes es una metáfora, pero que, sin embargo, siempre es algo más que una metáfora.

Así, cuando nos decidimos a recortar una foto -o a destruirla o a borrarla para siempre-, no se trata simplemente de luchar contra los recuerdos que lleva asociados o contra el significado que ese pedazo de papel pueda tener para nosotros.

El objetivo es asesinar la vida de la foto, conjurar su poder, suprimir su deseo de supervivencia: cuando despedazamos una foto nos estamos tomando en serio su poder.

Contra nuestro materialismo ramplón, ¿Que quieren las imágenes? viene a decirnos, precisamente, que haremos muy bien en tomarnos ese poder tan en serio.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar