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Alguien predijo, a mediados del siglo XX, lo que ocurrirá el 7 de mayo de 2017

El Matt Groening de la filosofía francesa. O casi

No hay literatura científica al respecto, pero tampoco es una intuición muy alocada decir que la alta estima en que se tiene a la filosofía francesa moderna se debe, en parte, a su electricidad erótica. Así, mientras los años 60 avivaron el gusto por lo radical chic recogido en documentos como La Chinoise, en donde quedaba demostrado lo gustoso de leer a Mao y practicar el poliamor entre universitarios, los 70 produjeron a una generación de pensadores conocidos como New Philosophers que, aunque sonasen un poco reaccionarios, al menos sí constataron su muy buen gusto en materia de sastrería, peluquería y cuidados para el hombre. Figuran aquí las camisas de Dior de Bernard-Henry Lévy (impecables incluso en los polvorientos campos del Kurdistán), el espectacular corte de Glucksmann o los posados de Bruckner.

Pero tras las bambalinas de esa purpurina filosófica también han quedado algunos cuantos pensadores brillantes, sin más carisma que sus propias ideas, grises pero astutos, superdotados desprovistos de un corazón que bombee sentimientos capaces de permear masivamente. Un buen ejemplo de ello es Raymond Aron, de quien ahora la editorial Página Indómita publica Dimensiones de la conciencia histórica, una introducción a la obra del filósofo que hoy cobra una importancia especial. Semejante valor añadido de rescatar hoy a Aron no es otro que los paralelismos que pueden establecerse con el que muy seguramente pase a convertirse, en cuestión de semanas, en el próximo presidente de la República Francesa: Emmanuel Macron. Veámoslo con tres ejemplos.

Jean Paul Sartre, Camilo Sesto André Glucksmann y Raymond Aron

1. Apestados de centro, ¿andróginos políticos?

Rémi Lefebvre explica acertadamente el fenómeno Macron: «Cuenta con una ventaja —dice el politólogo—: viene de la izquierda y le cae bien a la derecha». Como ocurre a menudo, el adjetivo «centro» para explicar las políticas del candidato de En Marche! no es más que un eufemismo con que abarcar sus posiciones liberales: un tipo que entró en la carrera presidencial diciendo que el plan de Hollande de gravar hasta en un 75% a los super-ricos en Francia era «como Cuba, pero sin el sol», que reivindica el laicismo y que persigue recortar el gasto público, está claro de qué pie cojea. Sumarísimamente explicado, Macron no es más que un liberal venido del Partido Socialista que, sin embargo, tampoco le cae muy bien a la derecha de siempre. Especial atención merecen estas palabras que el ex presidente Nicolas Sarkozy le dedicó: «Es un cínico. Un poco hombre, un poco mujer, es la moda del momento. Andrógino».

Es, por lo demás, exactamente la misma trayectoria que siguió Aron. Si en los años 20, a los veintipocos, apoyaba el socialismo, apenas una década después cambiaría de carril. Esto no quita que sus relaciones con la derecha fuesen igualmente conflictivas. O como escribió Stanley Hoffmann en una extraordinaria semblanza para el New York Review of Books: «a lo largo de su vida, Aron impactó a los franceses tomando posiciones impopulares, saltándose la distinción tradicional entre la izquierda y la derecha, no porque le gustara ser provocador (estaba claro que no le importaba), sino por su pasión contra los mitos y los prejuicios, por su necesidad de lucidez intelectual y su implicación con los valores liberales».

Dicho esto, puede el lector elegir entre tres formas de leer este centrismo liberal: como derecha camuflada (si se mira desde la izquierda), como indefinición cínica y cobarde (si desde la derecha), o como la épica del librepensador (si se mira desde el mismo centro). Muy probablemente, las tres narrativas sirvan para explicar la evolución del filósofo y del político.

«Es un cínico. Un poco hombre, un poco mujer, es la moda del momento. Andrógino» (Nicolas Sarkozy sobre Emmanuel Macron)

2. Crímenes coloniales

A mediados del mes pasado, desde Argelia, Macron introdujo en la campaña un debate que no estaba muy previsto: el anti-colonialismo. El candidato de En Marche! dijo algo que ningún presidente se había atrevido a verbalizar antes. A saber, que la colonización constituye una «barbarie» y un «crimen contra la humanidad», denuncias pronunciadas casi exclusivamente desde la izquierda. Ni que decir tiene que sus rivales por la derecha, Fillon y Le Pen, se le echaron al cuello por sus palabras presuntamente antipatrióticas.

La misma trifulca la sufrió en sus carnes Aron, cuando escandalizó al establishment político francés al condenar el colonialismo y asegurar que la independencia argelina era inevitable.

3. Atlantismo, globalización y nuevo laborismo: del indie al mainstream y vuelta a empezar

Tras la crisis de 2008, pocos modelos políticos han sufrido mayor castigo que la Tercera Vía de Giddens y el Nuevo Laborismo de Blair, que, sin embargo, tienen toda la pinta de volver a estar de moda en las pasarelas política esta primavera, de la mano de Macron. En tiempos de populismos reaccionarios y exaltaciones de la autarquía, el candidato de En Marche! defiende el comercio internacional, la globalización y la devastada Unión Europea. Salta a la vista que los blairs, los clintons y los giddens son hoy un tabú que nadie se atrevería a sacar del baúl, pero no menos cierto es que Macron se sitúa en una línea internacional de exitosos y carismáticos herederos de estas políticas como es el caso de Justin Trudeau, alzado como bastión contra la extrema derecha. Ocurre que lo que años atrás fue el centro de la política internacional, ahora vuelve a la muralla para tomar el castillo otra vez.

En cuanto a Aron, la mitad de su fama se la debe a un libro con un título brillante: El opio de los intelectuales, que como es sabido sirvió como ariete con que martillear las posiciones de contemporáneos suyos como Sartre o Merleau-Ponty. En sus memorias, Aron escribe que «los norteamericanos ocupan en la demonología sartriana el lugar que los judíos ocupaban en la de Hitler».

Ciertamente, la filosofía política de Aron se construyó sobre bases menos magnéticas y pasionales que las de sus rivales. En la introducción a las memorias de Aron, Todorov recuerda una frase del pensador que refleja su pragmatismo gris: «El miedo a equivocarme me paralizaba. Rechazo la imaginación, tanto en filosofía como en política». Pero si de frases lapidarias hablamos, hay una sobre todas las demás que sirve bien para explicar la forma de ver la política de los dos franceses, y que a la vez recoge el gran argumento que En Marche! tiene en sus manos el próximo 7 de mayo:

«Nunca se trata —escribió Aron en El observador comprometido, resumiendo bien sus posiciones políticas— de la lucha del bien contra el mal, sino de lo preferible contra lo detestable». 

Y ya todos saben qué es aquí lo verdaderamente detestable.  

Raymond Aron, Dimensiones de la conciencia histórica. Página Indómita, febrero de 2007

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