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Cómo este dibujante pasó de hacer “solo garabatos” a firmar una obra maestra del cómic

Astiberri reedita ‘Aventuras de un Oficinista Japonés’ de José Domingo, una novela gráfica que llegó a ser nominada al Premio Eisner en 2014

“Un oficinista sale del trabajo y no creerás lo que pasó después”. Si el microuniverso creado por José Domingo en Aventuras de un Oficinista Japonés tuviese hambre de clickbait —y nadie puede asegurarnos que no la tenga— este entrecomillado serviría de titular viralizable, sí, pero también como sentencia rigurosa: de la página dos en adelante, ya no darás crédito a todo lo que ocurre en esta novela gráfica.

Imagina ¡Jo, qué noche! convertida en un videojuego de 8 bits, con un personaje avanzando impertérrito de izquierda a derecha, las inclemencias azotándole con furia, a la vez que quedan atrás a la pantalla, convertidas en mal menor, superadas por las siguientes, y no: “no creerás lo que pasó después”.

José Domingo, su autor, mucho menos.

“Una de mis espectaculares batallas de naves espaciales”, recuerda Domingo, en la nota que abre el libro, “es calificada sin paliativos de ‘garabato’ por la profesora de párvulos”. Era 1985, José tenía tres años y el feedback que levantaba su seminal obra era de todo menos alentador. “Se suceden ciertos episodios de rebeldía, como el no querer ilustrar mi parte en un cuento que nos leyeron en clase”, continúa el artista. Castración educativa mediante, Domingo empieza a querer “dibujar bien”. Puagh.

De la misma forma en que el protagonista de Aventuras de un Oficinista Japonés, que se enamora, se convierte en hoja, es engullido por extraterrestres, Domingo también se dobla; pero siempre sigue en pie. Aprende a “dibujar bien”, pone en práctica lo aprendido en un cómic escrito Kike Benlloch, y consigue trabajo en una oficina, ¿japonesa? No, pero al menos es de animación. Al menos, Kike puede demostrar lo-bien-que-dibuja.

Algo, sin embargo, continúa fallando. “Hay un vacío en mi forma de acercarme a la creación de cómics que no entiendo, si he ido poniendo todos los andamios como Dios manda”.

El miedo a ser acusado de frívolo —de no “dibujar bien”— empezó a disiparse de la única forma en la que un miedo así podría disiparse: mediante la probatura que permiten las fotocopias y grapas de un fanzine. Aventuras de un Oficinista Japonés, en su versión primigenia, fue publicada como historia corta en Fanzine das Xornadas.

La lectura de ‘Aventuras de un Oficinista Japonés’ transmite justo eso: olor a plastilina, suavidad de DIN-4 coloreada con plastidecor, y conjuntivitis de Súper Nintendo

“Los que leímos en su momento su primera versión”, escribe el dibujante David Rubín en el prólogo, “le comentamos a José que aquello pedía a gritos crecer, desarrollarse”. Domingo, que por aquel entonces compartía estudio en A Coruña con Rubín, sentía algo parecido. “Empiezo a intuir que el cómo dibujas tiene que resonar como algo oscuro y lejano dentro del pecho”.

En otras palabras: tiene que hacerte sentir como dibujando una batalla de naves espaciales en un aula de parvulario. Y aunque no podemos fiscalizar los sentimientos de José Domingo cuando, en 2011, se pone a dibujar la extended version de Aventuras de un Oficinista Japonés que ahora reedita Astiberri, él sí puede: “construyo un artefacto para conectar con ese sentimiento indefinido de misterio y extrañeza que tenía de niño, cuando dibujaba y dibujaba fascinado”.

La lectura de Aventuras de un Oficinista Japonés transmite justo eso: olor a plastilina, suavidad de DIN-A4 coloreada con plastidecor, y conjuntivitis de Súper Nintendo. Esa clase de libertad. La de no utilizar bocadillos. Ni guión previo. Sólo insuflar vida a un personaje, ponerlo en circunstancias extraordinarias y ver cómo se desenvuelve.

Aventuras de un Oficinista Japonés es una road movie sin coche —los que hay, o bien atropellan al protagonista, o bien son ambulancias en las que éste ocupa la parte trasera—; como tal, el cómic narraba un viaje que, para sorpresa de Domingo, no se detuvo una vez éste estaba publicado: un año después, Aventuras de un Oficinista Japonés ganaba el Premio a Mejor Obra Nacional en el Salón del Cómic de Barcelona.

Dos más tarde, lo nominarían a Mejor Cómic Internacional en los Premios Eisner.

Da la sensación de que, de la misma forma que Domingo ha seguido avanzando y labrándose una sólida carrera como autor, su cómic, como él y como el personaje que éste creó para la ocasión, tampoco se ha detenido. Decidido. Siempre hacia delante. “Lo importante”, como decían en El Odio, “no es la caída”.

“Es el aterrizaje”.

Con su perpetuo movimiento, no sabemos dónde podría terminar Aventuras de un Oficinista Japonés en el futuro, pero el presente no podría ser más alentador: Astiberri acaba de dedicarle una cuidada reedición, cuyo mayor aliciente con respecto a la original es un anexo donde el teórico Gerardo Vilches desgrana, viñeta por viñeta, la acción del cómic, desvelando algunos detalles y secretos ocultos que Domingo espolvoreó al dibujarlo. Vilches propone, en definitiva y como él mismo escribe, “una segunda (o tercera) lectura” a la novela gráfica.

Aventuras de un Oficinista Japonés aguantaría, sin embargo, incluso una cuarta (o una quinta).

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