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Cuentos de perras sin raza, niñas que enseñan los pezones y mujeres rebeldes

«Cuando chica con mi prima nos dábamos besos. Jugábamos a las barbies, a la comidita con tierra o a las palmas. Me quedaba en su casa fin de semana por medio. Dormíamos en su cama. A veces nos sacábamos la camiseta del piyama y jugábamos a juntar nuestros pezones, que en esa época eran apenas dos manchones rosados sobre un torso plano»

Entro en Google y busco qué significa Quiltra.

En el primer resultado dice:

[perro] que no es de ninguna raza.

En el segundo resultado precisa:

[persona] que es despreciable.

Entonces entiendo el significado del título del libro que estoy leyendo, Quiltras (Los Libros de la Mujer Rota), la primera recopilación de cuentos de la joven periodista chilena Arelis Uribe, en donde cada página te hace sentir un poco perra fea, otro poco niña despreciable y, sobre todo, una lectora poderosa.

En una entrevista que el OAC (Instituto Contra el Acoso Callejero de Chile) realiza a Uribe, la autora es preguntada por el significado preciso de su libro. Y para ella, la respuesta que a cualquier lector ajeno a la jerga chilena pueda encontrar en Google quedaría realmente corta.

De acuerdo con sus palabras, «ser quiltra es, primero, no saber de dónde vienes» o también, «ser quiltra es ser alguien que merodea, que es pobre y mestizo».

Tiene sentido que los siete cuentos que conforman este libro estén protagonizados por niñas, adolescentes y mujeres que merodean, que son pobres y mestizas. O por personas de sexo femenino que precisamente aman el sexo o aborrecen el sexo o lo utilizan simplemente para entender los tabúes de su mundo.

Quiltras es el significado que rodea y que condena las historias de Arelis Uribe, una periodista que se ha pasado a la ficción para poder desmenuzar la oscuridad de un país misógino y clasista, en el que además ser mujer puede ser tu condena de muerte.

La de Uribe es una escritura del margen. Merodeadora. ¿Quiltrera?

Una escritura que prefiere incomodar, incluso si lo que cuenta no es incómodo sino más bien veraz y necesario.

Tan necesario como poner por una vez a todas las figuras masculinas de la ficción en segundo plano —algo que para ella no es revancha, sino más bien reivindicación—; o como escribir desde lugares inhóspitos, pueblos descentralizados, culturas borradas de los mapas; o incluso como comenzar la primerísima página de este libro con una escena de sexo infantil, ese que presuponemos inmoral, pero sólo porque no somos capaces de entender su belleza.

Y Arelis Uribe la entiende.

Y por eso la escribe de esta manera:

«Cuando chica con mi prima nos dábamos besos. Jugábamos a las barbies, a la comidita con tierra o a las palmas. Me quedaba en su casa fin de semana por medio. Dormíamos en su cama. A veces nos sacábamos la camiseta del piyama y jugábamos a juntar nuestros pezones, que en esa época eran apenas dos manchones rosados sobre un torso plano.»

Así, con frases breves. Con golpes como puños sobre la mesa. Con pequeños navajazos en carne blanda, Uribe va construyendo sus historias que a veces recuerdan a un poema de Gabriela Wiener, otras veces a la efervescencia de su compañera de generación y amiga Paulina Flores, y otras veces incluso a la brutalidad —aunque más cándida— de la narrativa de Virginie Despentes.

A pesar de todo, Arelis Uribe prefiere no tener referencias literarias. En su libro la literatura no tiene ningún peso —como sí lo tiene la vida, la droga, el amor, la familia, y, en definitiva, la calle—.

El único momento en el que el lector puede intuir un homenaje a otro escritor es quizá, además, en su texto más potente y emotivo, el último cuento, titulado también Quiltras, que lejos de ser un poema, parece una indudable revisión del Me acuerdo de Joe Brainard y Georges Perec.

«Me acuerdo del comedor lleno de caca de paloma. Me acuerdo de las manchas, eran como la mezcla de blanco y gris en la paleta de un pintor, pero secas y poniéndose verde oscuro, fosilizándose en el techo, en el suelo, en las ventanas, en la mesa al lado de nuestros tapers con arroz con huevo o con porotos con rienda, calentados en el único microondas del casino. Me acuerdo que todo era cemento o era tierra. Me acuerdo del baño, con las tazas vomitando litros y litros de agua, regurgitando lo que alguien había depositado hace días, semanas o meses. Me acuerdo que había que entrar al baño aguantando la respiración o respirando por la boca.»

Sin embargo, los meacuerdos de Uribe van más allá. Su manera de escribir sumando recuerdos es en realidad una metáfora de lo que Quiltras significa en realidad.

Desde la primera hasta la última página, la narrativa de Arelis Uribe opera a modo de puzzle, si al principio son dos niñas pequeñas besándose inocentes, conforme las páginas avanzan la inocencia se pierde, la metamorfosis se completa, y el resultado es un retrato de una mujer 100% formada. Joven aún, pero preparada para lo que viene porque ya ha recibido demasiados golpes, ya ha sido demasiadas veces perra.

La protagonista de todos y cada uno de los cuentos, que podría ser un alter ego de la escritora, o una mujer cada vez distinta, o quizá, incluso, cualquiera de nosotras.

Y cuando digo cualquiera, es cualquiera.

Porque si hay algo que Arelis Uribe ha conseguido por encima de muchas escritoras de su generación es escribir desde la pluralidad y desde el barro.

Su libro, que ella reclama como una publicación principalmente feminista, no escribe desde la comodidad de la mujer blanca de clase media sino que es capaz de ponerse en el lugar de mujeres indígenas, de mujeres sin nada, de mujeres que no saben qué es el feminismo, de mujeres rabiosas que no quieren ser femeninas o que lo son demasiado y por eso la sociedad no las entiende.

Uribe sabe que a día de hoy es fácil escribir desde el conformismo, ella promete dar un paso más allá, y de hecho lo da. No le es necesario recurrir a bibliografía canónica. Aquí no hay Mujercitas, sino mujerzacas, no hay Virginias sino quiltras, no hay obviedad, sino método, investigación, pulso de su profesión periodística para que la ficción no sea sólo ficción, sino un retrato ¿generacional? que cuestiona lo más feo de todos nosotros, sin reparos.

«Me bajo de la micro en el paradero veinte. Vengo mareada porque estuve tomando con mis compañeras de la U. Es tan tarde, que los locales de la avenida ya tienen las cortinas cerradas y el aire está cubierto por esa neblina espesa que huele a humo añejo, a camanchaca sucia. No anda nadie y eso me asusta. Me dan más miedo los paisajes vacíos que los repletos de gente, no sé por qué. Mi única arma de defensa es arrugar la frente, caminar rápido y esperar que no pase nada malo de aquí a mi casa. Camino la primera cuadra y escucho que alguien me sigue. Se me aprieta la guata. Puedo adivinar que es una banda de flaites con cuchillas de doble filo o el viejo del saco masturbándose con los pantalones abajo. Me doy vuelta y lo que encuentro es un quiltro. Chico, negro y moviendo la cola.»

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