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¿Es egoísta desear la maternidad tras la muerte de un ser querido?

Silvia Nanclares publica 'Quién quiere ser madre' (Alfaguara), un libro sobre lo desesperante que en ocasiones puede resultar el camino a la maternidad

Silvia está llorando en el funeral de su padre. Evidentemente, sus lágrimas expresan la desesperación de la pérdida, pero también la tristeza de saber que ese hombre que yace descamisado y sin pulso en la camilla del hospital ya nunca será el abuelo de sus hijos.

Cuando la palabra hijos se ilumina en el cerebro de Silvia, su pena crece, las lágrimas se agolpan y la angustia  es cada vez mayor .

A sus casi cuarenta años, la mujer ahora huérfana de padre teme no convertirse jamás en madre. ¿Para qué serlo si su vida está bien? ¿Para qué serlo si ya no toca? ¿Para qué serlo si es difícil? ¿Para qué los hijos, si en la ecuación familiar ya ni siquiera está el abuelo?

En realidad, la que llora tiene respuestas para todas esas cosas. Su nombre completo es Silvia Nanclares y acaba de publicar Quién quiere ser madre (Alfaguara), una novela —¿demasiado?—  autobiográfica en la que el tema de la búsqueda del hijo lo impregna todo.

Unas veces desde el humor, otras desde la dificultad, otras desde el nerviosismo, otras desde la esperanza y muchas veces desde el miedo, Nanclares narra precisamente como quien gesta. Su posición es incómoda, su intención es sincera y su historia crece en ella y en el lector para llenarlos a ambos de dudas sobre lo que significa no ya desear la vida, sino simplemente vivirla.

Y aunque la trama está esencialmente centrada en los procesos a los que su protagonista y su pareja tuvieron que enfrentarse durante meses para tratar de llegar a la cima de la montaña de la paternidad , la escritura de Silvia Nanclares también abre puertas a otros temas que aunque aquí son íntimos, nos preocupan a todos.  

Desde la precariedad a la que hoy se enfrentan miles de parejas que desean formar una familia en España, hasta los claroscuros de la sanidad, el dudoso trato a las pacientes y el frío negocio en el  que se han convertido las clínicas de fertilidad.  

Aunque quizá, de entre todos los temas que Nanclares aborda desde su prosa periodística, el que más llama la atención es ese que la propia editorial Alfaguara ha usado como reclamo promocional del libro en varias ocasiones: el de la “ley de vida”.

Dice la contraportada de Quién quiere ser madre: «Justo antes de cumplir los cuarenta años, Silvia se enamora y poco después pierde a su padre. Es entonces cuando decide quedarse embarazada. Siente que la vida le debe otra vida.»

Ya en la escena primera del la novela, esa en la que la narradora llora ante la idea de que su padre nunca podría conocer a su hijo y viceversa, aparece mencionada esta angustia que volverá a aparecer en varios momentos del libro. La idea de que cuando la vida nos falla, esta nos tiene que devolver algo bueno.

Pero ese deseo profundo de querer reponer una muerte con una vida nueva es peligroso, pues aunque literalmente es ley de vida, también es egoísta. ¿De verdad que las nuevas vidas han de venir sólo por la necesidad de cubrir los huecos que otros dejaron en nuestro corazón? ¿Acaso vengarnos de la muerte con más vida no tiene algo de perverso? ¿Realmente alguna vez ese hueco se llena?

Una vez más, la que llora tiene respuestas para todas esas cosas. En su complicado proceso, Silvia Nanclares descubre que la maternidad —y la paternidad, en general— siempre tendrá algo de egoísta, algo de irreal, algo de incomprensible, y por eso se hace tan necesario no obsesionarse con ella.

O como la propia Nanclares escribe hacia el final de la novela:  

«Esta  batalla no me representa. Puede que la maternidad no sea el proyecto más importante de mi vida».

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