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La pureza de escribir sabiendo que no te leerán nunca

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Se publican los poemas, cuentos y notas que Aurora Bernárdez escribió en secreto

Luna Miguel

27 Junio 2017 06:01

En la única pero extensa entrevista que concedió Aurora Bernárdez en toda su vida, el gran tema de conversación que sobrevuela sus más de 70 páginas de transcripción es el de la obra literaria que produjo su compañero sentimental.



Bajo el titular de “Nunca me fue mal”, lo que se intuye de la personalidad de Bernárdez en este texto es una bondad, una serenidad y una inteligencia desbordante.

La que es considerada una de las mayores traductoras literarias de Argentina —por sus manos pasaron las obras de Vladimir Nabokov, Albert Camus, William Faulkner, Henri Michaux, Ray Bradbury o Gustave Flauvert— también fue un ejemplo de entrega absoluta a la literatura, como demuestra la citada entrevista o el sorprendente volumen en el que ésta ha aparecido recientemente incluida: El libro de Aurora (Alfaguara).

Con el subtítulo de “Textos, conversaciones y notas de Aurora Bernárdez”, y con una faja de color verde en el que se lee en mayúsculas “La escritora secreta”, lo que encontramos en esta antología es el trabajo silencioso de toda una vida.

Paralelamente a sus traducciones de grandes autores europeos y estadounidenses, Bernárdez iba llenando cuadernos de notas vitales, de poemas trabajados una y otra vez y de cuentos breves a los que se entregó sin prisa y con la pureza de quien escribe sabiendo que nadie le leerá nunca.

“Creo que siempre tuve una vocación de oscuridad y de secreto”, escribe ella en uno de esos cuadernos de sus últimos años de vida. Añade: “Lo único importante que me queda por vivir es la muerte”.

Aurora Bernárdez, sin embargo, tuvo que esperar 94 años para conocer la muerte. Durante todo ese tiempo, lo que sí conoció a la perfección fue la literatura. Y sobre todo la que escribieron los otros y que ella guardó y mimó como si fuera suya: la de los escritores ya mencionados a quienes trasladó y versionó a su lengua materna, la de su hermano mayor, un célebre poeta argentino, y la de su marido, a quien leyó, aconsejó, corrigió, y apoyó durante los casi 30 años que estuvieron casados.

Quizá sea por el hecho de haber estado casi siempre acompañada de lecturas masculinas, pero resulta curioso adentrarse en El libro de Aurora y apenas encontrar en él un ápice de la feminidad que solemos asociar a la literatura hecha por mujeres —la pregunta por el cuerpo, en esencia—. Todo lo contrario. Los rasgos más femeninos de la obra de Bernárdez quizá se intuyen precisamente en el pudor y en la libertad de saberse secreta. En la convicción de que probablemente a ella jamás nadie la leyera, porque, ¿quién iba a querer leerla a ella? ¿A quién iban a importarle esos poemas de contemplación, esas notas sobre el paso del tiempo, esas escrituras al margen de la gran literatura que hacían ellos?

De entre todos sus poemas tranquilos —casi zen, casi fugaces— hay uno que llama especialmente la atención y es ese que se titula “Aquí estoy bien”. Escribe Bernárdez en 2006 que: «Aquí estoy bien. / Puedo decir que estoy bien en cualquier lado, / en todas partes me acomodo, me instalo, casi / la maraña de casas, de gentes, de jardines, / me fascina, me halaga, me protege. / Y soy una extranjera en todas partes, y todo me es ajeno. / Algo ha quedado en mí, un núcleo oscuro, / confusión, la caída. El desconcierto. / Es así, no me quejo. / Me pregunto».

Y si llama la atención es porque, al igual que la única entrevista que Aurora Bernárdez concedió en toda su vida, parece que la traductora y escritora quisiera pasar de puntillas por todas las cosas, como un diente de león que al soplarlo se deshoja y se pierde en el aire leve.

“Aquí estoy bien”, escribe.

“Nunca me fue mal”, declara.

“Tuve la vocación de la oscuridad y del secreto”, insiste.

Y El libro de Aurora, entonces, es la prueba de que existe cierta pureza en las palabras de quienes no saben con certeza si alguna vez su obra llegará a algún lector. El suyo es un trabajo de humildad que golpea cada página, cada verso y cada escena de su vida.

Incluso cuando quien tuvo la fortuna de entrevistarla en París en 2007 le hace una pregunta que parece crisparle, a propósito de la primera vez que quedó con quien luego sería su esposo:

“¿De qué hablaron entonces?”, dice Philippe Fénelon.

“De literatura, ¿de qué íbamos a hablar?”, asegura Bernárdez con esa gracia y esa dulzura a la que nos acostumbra conforme avanzamos la lectura de sus secretos.

“De literatura, de viajes, de gente conocida… Charlamos y seguimos en contacto. En un momento dado me propuso ser su socia en la agencia Havas de traducciones técnicas y documentos, trabajo que rechacé porque la idea de traducir contratos y patentes me era realmente ajena, consideraba que no estaba en condiciones. Ése fue el primer proyecto en conjunto, el primero y el único en realidad. Después cada uno siguió traduciendo por su lado”

El hombre del que habla, por cierto, es Julio Cortázar.


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