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La primera vez en mi vida que sufrí un acto de racismo

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¿Cómo descubres el racismo cuando eres un niño? Así

Antonio J. Rodríguez

03 Mayo 2017 05:00

La primera vez que Rachid Santaki descubrió el racismo estaba jugando al fútbol detrás de su casa, cuando una pelota se coló en casa de un vecino. Rachid fue a por el balón y la persona que vivía en aquella casa salió por la ventana:

«¡Fuera de aquí, árabe!», le gritaron.

Pero en realidad Rachid no sabía lo que significaba la palabra «árabe»; nunca había necesitado usarla. 

Imagínate que tienes 6 o 7 años y alguien te expulsa de un sitio al grito de «¡Fuera de aquí, caucásico!».

Es… raro.

La segunda vez que tuvo una experiencia racista sí que fue consciente de lo que pasaba. Estaba en el norte de Francia, junto a la familia de su madre, y unos amigos le pegaron una paliza, por extranjero; sin más. 

Hoy Rachid tiene 44 años y es escritor. Además es responsable de uno de los acontecimientos que han sacudido el panorama cultural francés en los últimos tiempos, por la popularidad de los mismos. Hablamos de sus dictados populares.

Dictados, sí, aquel ejercicio de escritura que te mataba de aburrimiento en el colegio pero que Rachid ha convertido en un acontecimiento social y masivo en los barrios sensibles de las ciudades.

«Yo lo que quería era poner la literatura en la calle. La primera vez que lo hicimos esperábamos a unas 50 personas; lo movimos en Internet y vinieron unas 250. Sentí que estaba pasando algo y desde entonces cada vez que lo hacemos viene más y más gente. ¿Él éxito? La animación —Rachid no es, desde luego, la clase de persona que te imaginas dando dictados soporíferos— y la participación: todo el mundo aplaude; todo el mundo tiene algo que contar».

Rachid ha escrito ficción y no ficción sobre la banlieue, nació y creció ahí y aquí sigue viviendo ahí por principios: se trata, dice, de lugares especialmente ricos en materia cultural, además de políticamente muy relevantes. Hasta tal punto es así que en el año 2007 el Frente Nacional lo tentó como instrumento para ganar influencia en territorios hostiles. Él sería la llave con la que ganar votos. Rachid denegó la oferta, pero otro nombre popular en estas áreas sí que aceptó la misión.

Se trataba del famoso cómico francés Dieudonné.


Romper el muro                 

Anécdota personal: el verano pasado estaba con mi familia pasando un día de vacaciones en Bruselas y hablamos sobre la posibilidad de visitar Molenbeek, municipio belga al que en varias ocasiones se le ha descrito como el núcleo del yihadismo europeo. Finalmente fuimos, pero sin haber resuelto un dilema moral que las circunstancia nos planteaba: si no íbamos, reforzábamos el gueto que Molenbeek es la ciudad de Bruselas; si lo hacíamos, quizá ofendiésemos a los residentes locales al ser vistos como posibles asistentes a un safari («¡Oh, Molenbeek, el sitio de donde salieron los terroristas de Bataclan!»).

Entonces, ¿qué hacer?

Rachid, sin ambages, dice: «ir. De lo contrario, estás alimentando prejuicios que no has comprobado. Si estereotipas de la forma que sea, mantendrás esos estereotipos. No debes pensar nada antes de ir a un sitio así. De hecho, deberíamos hacerlo más a menudo».


Rolex, rap y Seguela

Entre los gustos culturales del escritor destaca, claro, el hip hop. Pero si la manera de hacer las cosas de Rachid evoca a aquella escuela del rap donde la educación y el entretenimiento se entrelazan, una parte importante del rap que más éxito tiene hoy en Francia va por otra dirección mucho más materialista.

«El rap—dice Rachid— evoluciona junto a la sociedad. Y sí, ahora hay un rap capitalista porque la sociedad es así. Yo no soy fan, pero tampoco lo juzgo; lo comprendo. Como escritor tengo que crear y comprender a personajes que son malos, y los personajes malos tienen buenas razones para serlo».

¿Significa eso que el rap está yendo hacia una deriva más liberal?

«Un ejemplo de la sociedad en que vivimos es Jacques Séguéla [publicitario francés], que en 2015 salió en televisión diciendo que si no tenías un Rolex a los 50, habías fracasado en la vida».

Estira la metáfora: «Sarkozy y Macron son los Booba de la política». (Para quienes no lo conozcan, Booba es un rapero francés muy popular; su música es ostentación sin parar).

Siguiendo con esa lógica, ¿significaría eso que la banlieue está preparada para votar a Macron? «No, allí lo ven como un tipo de izquierda, en la línea de Hollande, que les traicionó, porque prefirieron añadir otras prioridades. No creen en él».


Emprendedores de banlieue

Un detalle especialmente llamativo de Rachid es que a sí mismo se describe como emprendedor. También defiende un sentido positivo de la palabra. Le preguntamos entonces por esta aparente contradicción, ya que «entrepreneur» suena más a la clase de palabra que utilizarían los simpatizantes de Macron. Su lógica es muy buena: «Macron nunca ha sido un emprendedor. Él viene del centro de la política de toda la vida. Es lo mismo que Uber: él fue el que dio acceso libre para que la gente pudiera conducir Uber. De pronto, todo el mundo podía trabajar ahí y el trabajo se precarizó. Para mí esto no es ser un emprendedor. Liberalizar no significa emprender, es destruir empleos».


*Con la colaboración de Thomas Deslogis.

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