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“Todas las mujeres deberían ir a lanzar flores sobre la tumba de Aphra Behn”

Un perfil de la escritora punk, espía y feminista a la que deberíamos reivindicar

“Todas las mujeres deberían ir a lanzar flores sobre la tumba de Aphra Behn, porque fue ella quien les enseñó que tenían derecho a permitir que sus mentes hablasen”.

Lo dejó escrito Virginia Woolf en Una habitación propia, la autobiografía que fue publicada en 1929.

Esta frase fue el desencadenante que propició el aumento de interés en la figura de Aphra. Estaba claro que la inquietud estaba sembrada: quién es Aphra Behn y por qué tenemos que ir a su tumba a lanzarle flores fueron las preguntas que acecharon a los lectores de Woolf.

Es muy probable que la primera pulsión del lector de Woolf del periodo entreguerras fuera ir a una biblioteca y, en esa visita, encontrarse con una polvorienta novela corta llamada Oroonoko o El esclavo real.

Es muy probable, también, que el lector se acercase al libro con todo el escepticismo de quien se acerca a una novela sobre la esclavitud publicado en 1688. Aunque con toda la ilusión de quien sabe que está a punto de leer una recomendación de Virginia Woolf.

Como quien no sabe que va a leer la primera novela antiesclavista, la primera novela que subvierte la idea sobre los pueblos no civilizados, la primera novela que introduce en el ámbito narrativo la figura del noble salvaje.

Eso es Oroonoko, una novela contra la esclavitud inspirada en la estancia de Aphra Behn en Surinam y escrita treinta años después de vivirla. En ese espacio temporal de tres décadas se encuentran algunas de las claves por las que Woolf reivindica su figura.

Aphra vuelve a Inglaterra —su país natal— desde Surinam apellidándose Johnson y seis años más tarde, en 1964, pasa a apellidarse Behn: se casa con Johan Behn, un acaudalado personaje holandés, de quien se dice que construyó su fortuna en base a negocios vinculados al tráfico de esclavos.

El primer matrimonio duraría poco: Aphra pasó a ser viuda pero en pocos años volvería a casarse.

La elevada posición social de su marido le llevó a frecuentar los mismos espacios que la jet set de la Inglaterra del siglo XVII. Una jet set integrada por gente con la que Aphra mantuvo algún que otro escarceo amoroso y que estaba compuesta por parte de la Casa de Estuardo, dinastía reinante en Inglaterra a la que Aphra había jurado fidelidad.

Tan comprometida estaba con los estuardistas que, durante la guerra entre Inglaterra y Holanda que tuvo lugar entre 1665 y 1667, Aphra participó en el conflicto en calidad de espía.

Bajo el nombre de Astrea y en la ciudad de Amberes, a Aphra se le encomendó descubrir si eran fiables las informaciones proporcionadas por Thomas Scot, infiltrado escocés del que se sospechaba que era agente doble por ser hijo de un regicida.

Sin conocerse muy bien si fue efectiva en su trabajo —hay rumores de que se enamoró de Scot— volvió a Inglaterra sin cobrar la remuneración prometida por Carlos II.

Aphra — Astrea, o Behn, o Johnson— fue, supuestamente, aprisionada por no poder cumplir con ciertos pagos. Lógico, tras no recibir la cantidad de dinero prometida y no poder hacer frente a sus deudas. Aunque hay dudas sobre si las razones por las que ingresó en la cárcel son ciertas. Siendo su difunto marido un hombre rico, ¿no sería lógico que hubiera heredado algo de dinero?

Fuera como fuera, tras su salida de prisión en 1670, Aphra se dedicó en alma a la literatura como única actividad profesional. Dicho de otro modo, se convirtió en la primera escritora profesional de la historia.

Escribió obras para compañías teatrales como King’s Campany o Duke’s Company, compuso decenas de obras con argumento amoroso, se acercó a la poesía y escribió unas cuantas novelas, siendo Oroonoko la más destacada.

El éxito de sus piezas se debió, en gran medida, a la sátira que las caracterizaba: escribió sobre matrimonios de convivencia y sobre relaciones entre hombres y mujeres en clave de humor.

Su forma de hablar, sin paños calientes, de cuestiones sexuales, así como el enaltecimiento de la pasión, de la sexualidad, del placer erótico le llevaron a una posición privilegiada en el momento.

Pero a pesar de la independencia de su trabajo, la inteligencia que se extrae de sus obras y el atrevimiento con el que asumió su situación socioeconómica, la vida de Aphra está cubierta por una capa de sombras.

La mácula que impone el paso del tiempo hace que exista información relativa a algunos momentos de la vida de Aphra que esté precedida de un “se cree” o un “presuntamente”.

Una de las principales críticas al oscurantismo de su vida está ligada a las contradicciones y a los espacios rellenados por la imaginación porque no llegaron los biógrafos.

¿Cómo pudo estar casada con un traficante de esclavos si fue la primera persona en escribir sobre la esclavitud? ¿Cómo pudo ir a la cárcel después de servir a la corona? ¿Por qué no se le ha dado la importancia que otros escritores como Daniel Defoe sí han recibido?

Hoy, las respuestas a estas preguntas nos importan más bien poco.

Sabemos que Aphra fue pionera en diversos aspectos. Sabemos que muchas de las denuncias que hizo hace más de trescientos años siguen teniendo vigencia. Y con eso debería bastar.

Así que ahora sólo nos queda leerla, admirarla, hacer caso a Virginia Woolf y llevarle un ramo de flores a su lápida.

oroonoko

(Vía: A secret life / Janet Todd)

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