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¿Por qué los premios literarios femeninos no se traducen en dinero?

150.000 dólares para los "escritores sin sexo", 10.000 dólares para las mujeres

Cuando ganas un premio literario, si eres mujer, tienes que conformarte con que te feliciten, te sonrían ampliamente y te den un aplauso: toda una sonora ovación y, con suerte, hasta un diploma o una placa conmemorativa. ¡Felicidades! Porque el dinero, el reconocimiento crematístico, está destinado a los escritores-escritores. A los escritores de verdad. Vamos, a los escritores-hombres.

En muchas ocasiones, los casos de discriminación suelen quedar tapados por motivos más o menos esquivos. Al tratarse de un sesgo basado en razones estructurales, abundan las excusas: oh-mala-suerte, oh-las-mujeres-se-animan-poco-a-participar-no-es-nuestra-culpa, oh-sí-lo-sabemos-pero-no-podemos-restringir-la-participación.  

Pues bien, como recientemente han denunciado en Twitter Claudia Castañeda y Elena Medel, la discriminación también puede medirse en ese lenguaje infame que es el dinero. Y hasta se puede cuantificar: 140.000 dólares.

 

Porque 140.000 dólares es la diferencia que separa la remuneración del Premio FIL de literatura en Lenguas Romances (150.000 dólares) del Premio Sor Juana Inés de la Cruz (10.000), destinado solo a mujeres. Ambos premios son convocados y concedidos por la misma entidad: la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en México.

De hecho, desde 1998, año de su creación, y hasta 2004, la concesión del Premio Sor Juana Inés ni siquiera implicaba remuneración alguna. Es verdad: el certámen no llegaba al extremo de aquel concurso de poesía del ayuntamiento de La Nuncia, en España, cuyo tercer premio consistía en un tratamiento de belleza. Pero lo cierto es que, por desgracia, este tipo discriminación económica no supone un caso aislado en la literatura, sino más bien la norma.

También en España nos encontramos el sorprendente Concurso de narrativa femenina ‘princesa Galiana’, organizado por el ayuntamiento de Toledo, cuya convocatoria de 2016 proponía unas bases algo extrañas. Para participar en el primer premio, dotado con 3.000 euros, basta con que la temática de la novela verse sobre cualquier “aspecto humano que contribuya a resaltar la figura de la mujer”. En cambio, para el acéssit, al que solamente pueden optar las escritoras, la recompensa es de 1.500 euros.

Será porque a las mujeres se les destaca con ‘aspectos humanos’ y nunca con dinero, pero la realidad es que ninguno de los premios exclusivos que se han seguido convocado en los últimos años está dotado con una cantidad que sea equiparable a la de los grandes premios. Los 1.212 euros del Premio María de Maeztu o los 1.000 euros del Certament Literario Mujerate de Lucena, que junto al accésit del Princesa Galiana son los mejor dotados, parecen ridículos al lado de los 50.000 dólares que se ofrecen en los premios estatales en México (el Efrén Rebolledo de poesía o el Ricardo Garibay de cuento), los 20.000 euros del Premio Internacional de Ensayo Caballero Bonald o los 14.000 euros del Premi Born de Teatre. E incluso los premios más especializados y regionales se mueven en cifras sustancialmente superiores, que rondan los 5.000€.

Discriminación y hombres llorones

Llegados a este punto no sería raro escuchar críticas como que tal equiparación es injusta, o como que bien podrían las mujeres participar en los premios sustanciosos. De hecho, no es necesario escarbar mucho en la discusión acerca de la relación entre discriminación y premios literarios para encontrarse con encendidas polémicas sobre los impedimentos y la falta de oportunidades que achacan al género masculino, rematadas por lamentos como este del escritor Javier E.G. Andújar: “desafortunadamente me encontré con que la discriminación por sexo es cosa de todos los días y parece ir siempre en el mismo sentido”.

Y a pesar de la pataleta, la pregunta tiene sentido: ¿son necesarios los premios de escritura para mujeres?

Es cierto que su existencia fue durante muchos años un imperativo, de acuerdo. Pero la cuestión es: ¿debe seguir siéndolo? Para discutirlo, hemos hablado con figuras del mundo editorial que están directamente relacionadas con la reivindiación de la literatura escrita por mujeres.

Marta Porpetta, de la editorial Torremozas, especializada en escritoras y entidad convocante de hasta tres certámenes solo para mujeres (el Carmen Conde de poesía, el Ana María Matute de narrativa y el Voces nuevas) se explicaba así: "Este tipo de comentarios los hemos escuchado sobre todo en la editorial, ya que, no sé por qué razón, los hombres se sienten discriminados si de repente haces un premio solo para mujeres. Lo que pasa es que ediciones Torremozas es una editorial especializada en literatura escrita por mujeres".

Esta especialización, nos cuenta, fue consustancial a la creación de la editorial en 1982: "aunque afortunadamente ahora la cosa está cambiando, en esa época, cuando se fundó la editorial, los catálogos de las editoriales de poesía, por ejemplo, es que eran de casi todos hombres. Había a lo mejor una o dos mujeres".

Por ello, aunque Propetta defiende su opción como una forma de especialización —algo que, según nos dice, en España, a diferencia de en Estados Unidos o Latinoamérica, cuesta de entender— , la motivación última es tanto política como literaria: la editorial se creó para dar a las mujeres un espacio que no tenían.

Quien también ha tenido que lidiar diariamente con las acusaciones de discriminación es Alba Varela, de la Librería Mujeres de Madrid, quien nos cuenta una significativa anécdota:    su abuela Lola, que estuvo tras el mostrador de la librería hasta los 85 años, cada vez que un hombre, para hacerse el graciosete, le preguntaba si los hombres tenían derecho a entrar, ella le contestaba: "solo los inteligentes".

Es significativa porque, como explica Varela, no se trata de tener en la librería libros de escritoras por el mero hecho de ser mujeres: se trata de un compromiso con la buena literatura, y ese compromiso implica rescatar del olvido a una serie de autoras que –en este caso sí, por su sexo– han sido discriminadas.

Lo que no se nombra no existe

Con todo, ¿convocar premios solo para mujeres es la mejor forma de reivindicar ese espacio?

Marina Espasa, novelista y miembro de jurado del premio Documenta, reconoce que la convocatoria de tales concursos tiene algo de "rancio". Tal limitación parece sugerir cierta guetización de las mujeres que, además, a ojos de la opinión pública, puede poner en cuestión la valía literaria de las premiadas.

Como ejemplo de práctica editorial que tenga en cuenta a las escritoras, sin necesidad de etiquetarlas por su sexo, expone el caso de L’altra, una editorial barcelonesa que dedica gran parte del catálogo a publicar novelas escritas por mujeres. Sin embargo, entiende que este tipo de activismo silencioso normalizador no tiene por qué ser el único camino, y destaca la importancia de la visibilización, citando el caso de la Mostra Internacional de Films de Dones de Barcelona.

En este sentido, la librera Alba Varela se muestra todavía más combativa. Destaca la importancia de los premios destinados a mujeres, porque cree que " es importante que el esfuerzo por corregir las injusticias sociales sea visible. Es como cuando haces un boicot o cualquier campaña o acto político: si no lo explicas, si lo haces sin hacerlo explícito, sin darle el contenido, se queda en testimonial, no cambia el sistema". Y rubrica, con lo que quizá sea la mejor explicación de la importancia de tales certámenes: "lo que se nombra no existe".

El sexo de los escritores sin sexo

Es muy probable que el principal motivo por el que los premios literarios para mujeres estén ridículamente dotados consista simplemente en el hecho que el restringir la convocatoria a las mujeres sea visto como un descargo. Como si la obligación para con la literatura escrita por mujeres fuera un prurito de corrección política, una medida estética que es necesaria adoptar.

Sin embargo, la verdadera razón de su existencia no es otra que el compromiso con la buena literatura. De lo que se trata, como nos recuerda Alba Varela, es de exponer hasta qué punto el ecosistema literario está travesado de arriba a abajo por filtros machistas. Los premios para mujeres no son sino otra forma de "abrir armarios y abrir los armarios que están dentro de los armarios".

 

Era Elena Medel, editora de La Bella Varsovia, quien al  compartir la polémica de la diferencia económica entre los premios que otorgaba la Feria Internacional del libro de Guadalajara, señalaba que el sexo de "los escritores sin sexo" estaba muy bien definido.

Tanto que si nos fijamos en el palmarés de los grandes galardones van a entrarnos sudores fríos. Desde 1901, el premio Nobel de literatura lo han ganado solamente 14 mujeres. ¿Y qué hay del Premio Cervantes? Desde su creación en 1976, han premiado a 38 hombres y  4 mujeres. Igual de sangrante es el Premio Príncipe de Asturias de las Letras: desde 1981, han premiado a 31 hombres y 6 mujeres, tres de ellas ex aquo.

Por ello, los premios y concursos para mujeres son quizá el mejor instrumento para romper con la neutralidad impolítica de las convocatorias. Además de como certamen literario, se instituyen como acto político que permite desvelar hasta qué punto la infraestructura que subyace y sostiene el sistema de premios y, en general, todo el universo editorial, discrimina sistemáticamente a las mujeres: la diferencia de 140.000€ es tan solo la cifra "absurda" que nos permite empezar a vislumbrar tal abismo.

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