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Chicas inocentes, lánguidas y sexys: la peligrosa moda de las portadas de poesía

Qué se esconde tras algunas de las cubiertas de la poesía superventas

En una entrevista para Público, la artista Paula Bonet decía que se había cansado “de ser la chica que pintaba chicas con mofletes colorados”. No es raro: el universo que creó en su libro The End empezó a imitarse y a extenderse como un virus.

Un universo que más que en un estilo se tradujo en una sentimentalidad. En una constelación que podría resumirse como femenina, delicada y enfermiza.

Desde Instagram es posible observar cómo los epígonos de Paula Bonet se propagaban, y cómo en los últimos años se imponía la moda de un tipo de arte sencillo, protagonizado exclusivamente por rostros de chicas bonitas y frágiles, parecidas a esas de los mofletes colorados que ya ni a la propia Bonet interesan.

También es llamativo ver cómo al mismo tiempo las fotocopias de imágenes de mujeres débiles y ojos vidriosos llegaban al mundo editorial, y a decenas de portadas, sobre todo de libros de poesía joven.

Este tipo de cubiertas, que antes podían relacionarse con editoriales vinculadas a los poetas de Twitter —como Frida o Lapsus Calami— empezaron más tarde a expandirse por otros sellos de prestigio.

¿Pero qué significa que grandes editoriales se sirvan de esta estética? ¿Y qué quiere decir que buena parte de su catálogo relacionado con voces nuevas esté sujeto a imágenes que evocan languidez, sensualidad y locura? ¿Será solo porque las chicas jóvenes venden? ¿Estamos asociando el género poético a sentimientos reducidos como la tristeza sexy, el romanticismo simple, la debilidad mental, o incluso la sumisión?

Preguntada sobre estas cuestiones, la dibujante y diseñadora Emma Gascó asegura que, efectivamente, cuando el cuerpo de una mujer se usa como reclamo publicitario, hay un trasfondo sexista. “ Sobre si son sexistas o no las cubiertas en estas publicaciones, lo raro sería que no fuera así. El machismo (como el racismo, como el clasismo...) se nos cuela en todas las áreas de producción”.

Para Gascó, que es colaboradora de medios como El Salto y Pikara Magazine, en esta clase de cubiertas “vemos mujeres cortadas por un mismo patrón: delgadas, pelo largo, blancas, en posiciones generalmente pasivas y de belleza adolescente (...) Supongo que todo estará más que pensado desde el marketing”.

Añade: “que haya una portada así cada tanto estaría bien, el problema es cuando no hay variedad, no sólo por el estereotipo que proyectan de la mujer, sino porque desde un punto de vista de producción artística es menos rico”.  

El diseñador editorial Zuri Negrín sabe que, como con toda moda, hay una fecha de caducidad: “imagino que no deja de ser una moda pasajera y que después de las portadas con ilustración de mujeres vendrá otra cosa, igual que pasó antes con las portadas con flores o con motivos sexuales”.

Cuenta Negrín una anécdota ilustrativa: “un día estaba en la sección de libros de un centro comercial, concretamente en la creciente sección de poesía que podríamos etiquetar como ‘para adolescentes’, y se acercó un grupo de chicas muy jóvenes que empezaron a manipular esos libros intentando elegir uno bajo criterios como ‘este tiene un dibujo más bonito’. Me hizo gracia porque muchas veces me inquietaba saber quiénes compraban esos libros, y ese día lo puede ver con mis propios ojos. Imagino que estas chicas se verían identificadas en las protagonistas de las ilustraciones”.

Pero además de una identificación estética, para Diego Álvarez Miguel, editor de la revista de poesía Oculta Lit, también hay que tener en cuenta que este tipo ediciones suele ir asociado o bien a libros escritos por mujeres jóvenes y de poesía “atormentada”, o bien a libros escritos por hombres también jóvenes y cuyo estilo es amoroso.

En este último caso “lo que se vende es la identificación con el receptor poético al que se refiere el poeta. Normalmente, ellos son los chicos malos, los introvertidos, los escondidos, que vienen a escribir poesía para ‘pintarte una sonrisa’, ‘salvarte de tus monstruos’, ‘sacarte a bailar’. Son el príncipe azul que viene a quitarte esos sufrimientos que tanto te atormentan. Porque la vida es maravillosa si la miras desde el prisma que ellos te dicen”.

Entonces, ¿lo peligroso es el envoltorio o también el mensaje?

Chicas inocentes, lánguidas y sexys.

Chicas con las que otras chicas quieren identificarse porque son bellas e intensas.

Chicas desnudas en cuerpo y en palabra.

Chicas que no sienten, que se dejan tocar.

Chicas que siempre pertencen a alguien.

Chicas que siempre son el dolor de cabeza de alguien.

Chicas que pueden ser las protagonistas del poema y que sin embargo siempre callan ausentes.

Chicas que pueden ser las que roben el corazón al poeta o las que conjuren rimas fáciles antes de mandarlo todo a la mierda…

Y al final, dos profundos menosprecios: el del género poético reducido a una fachada vendible; el del género femenino objetualizado, una vez más.

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