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Arelis Uribe: “la política es aprender a convivir cagándola lo menos posible”

'Que explote todo' recopila las mejores columnas políticas de la peridoista chilena

Se ha escrito mucho sobre el periodismo de opinión, sobre la desfachatez dogmática del columnismo que se dedica a pontificar desde la prepotencia y el convencimiento autosatisfecho, sobre el tertulianismo del experto en todología que sienta doctrina desde su poltrona.

De hecho, todos los sinónimos de "desfachatez" que pueden encontrarse en una búsqueda rápida parecen definir con sorprendente exactitud la disposición mental que lo caracteriza: atrevimiento, desvergüenza, descaro, insolencia, impudicia, cinismo.

Es contra este menosprecio que resulta del autoritarismo desinformado que la periodista Arelis Uribe escribe sus columnas de opinión.

Bajo el significativo título Que explote todo, que publica en Los Libros de la Mujer Rota, la chilena ha juntado sus escritos más políticos —y, en especial, los que tenían que ver con el feminismo—, no ya para establecer verdades, sino para sembrar preguntas.

"El periodismo de opinión es también de investigación."

Esta máxima, que Uribe lanza entre tantas otras afirmaciones que se deslizan hacia el aforismo, puede entenderse como el tótem sagrado al que sus columnas van a rendir homenaje.

Y lo van a hacer de muchas maneras, porque sus textos se dedican a la investigación en un sentido tradicional (echarse a la calle y empezar a escarbar), pero también en otros que no lo son tanto: sus escritos derivan hacia la escritura confesional, hacia el recopilatorio de testimonios, hacia el compendio de citas, hacia la arqueología del sentido común.

(Epígrafe de 'Que explote todo')

Quizá lo que más sorprende es el esfuerzo constante de Uribe por desmentirse a sí misma, por cuestionar sus cuestionamientos, por ponerse en tela de juicio, tratando siempre al lector como un igual.

En sus manos, las convicciones no son gigantes de piedra, colosos estratégicamente dispuestos para asustar a quien quiera acercarse a las orillas de sus opiniones; por el contrario, parecen muñecos inanimados que solo gracias al hechizo del discurso llegan a convertirse en valerosos guerreros que libran batallas contra los peores monstruos imaginables.

Guerreros que vuelven a ser muñecos: inertes, inútiles e incluso incómodos.

"Me estoy reconciliando con la idea de no estar de acuerdo conmigo en el pasado. [...] si una espera que el mundo cambie, también debería aceptar que se transforme su propio pensamiento".

Decía David Fernández, el activista y político catalán, que menos de cinco contradicciones es dogmatismo. Y Uribe, con su escritura periodística —una escritura que, dice, no le gusta, la cuesta y le duele—, se abre en canal para mostrar sus contradicciones, pero también sus dudas, sus ambigüedades, sus errores.

(Detalle de portada de 'Que explote todo')

Nos equivocaríamos, sin embargo, si pensáramos que esta humildad metodológica se esgrime simplemente como escudo para defenderse de las posibles acusaciones, para salvaguardar la propia posición en medio del debate en el que se está tomando partido. Por el contrario, se trata de una modestia que vertebra toda una cosmovisión política.

"La política es aprender a convivir cagándola lo menos posible. Y ese es un desafío permanente y gigantesco."

Si la pregunta que nos hemos de hacer es cómo reducir la crueldad, la desigualdad y la injusticia, el primer paso para llegar a una respuesta correcta -a cualquier respuesta correcta- es que nuestra escritura no contribuya a reforzar las desigualdades existentes, que no oculte las injusticias, que no terminen por generar nuevas crueldades.

Por ello, la modestia periodística e intelectual de Uribe es una toma de posición frente las relaciones de poder casi tan importante como el hecho que su periodismo esté escrito desde abajo. Una perspectiva que se ve especialmente reflejada en sus columnas sobre feminismo.

Uribe forma parte del Observatorio contra el Acoso Callejero (OCAC), y cuando habla de feminismo lo hace desde la experiencia, de un modo personal y exploratorio, ordenando sus propias ideas mientras escribe, pero no por ello de manera menos contundente. Hace suya la polifonía de voces de las que se empapa en asambleas y seminarios, voces y reflexiones que en sus columnas nos ofrece puras y sin cortar .

(Detalle de portada de 'Que explote todo')

El feminismo, para Uribe, es una forma de militancia. Es poder decir que "quieránlo o no, el machismo es sinónimo de fascismo, ocupa al Estado para reproducirse y es otro espejismo para acumular capital." Es decidirse "a no ser machista conmigo misma". Pero es también descubrir que ya no puedes ver una película sin incomodarte, sin que te hierva la sangre ante el circo de estereotipos, escarnios y lugares comunes. El feminismo es lo que te ha arruinado el sentido del humor, lo que te hace darte cuenta que incluso Les Luthiers, con sus bromas aparentemente inofensivas, normalizan la cultura de la violación.

Porque el humor es también político y, como toda forma de discurso, "tiene una perspectiva, una moral, y la neutral es la hegemónica: masculina, blanca, hetero y capitalista (además de adulta, urbana y cisgénero)".

Desafiando academicismo y erudiciones, grandilocuencias y aspavientos, Uribe substituye los axiomas absolutos por conversaciones abiertas con el lector. Que explote todo es un acto de subversión contra todo columnismo que erige su autoridad sobre su posición de dominación; contra aquella escritura soberbia que departe como si sus verdades tuvieran que ser acogidas con gratitud, como si sus insultos no hirieran realmente. 

Sin dejar de ser un violento acto de subversión, la suya es una insurrección atenta y tierna, abierta a la complejidad de la situación, preocupada porque con este gesto no se estén creando nuevas exclusiones, nuevas formas de opresión, nuevas invisibilzaciones. Como ella misma afirma, citando al filósofo Peter Sloterdijk, más que columnas, lo que escribe son voluminosas cartas para los amigos.

Reducir la política a "convivir cagándola lo menos posible" puede parecer una propuesta insignificante, una forma de reducir inncesariamente las expectativas de nuestro compromiso público.

Pero ante los aparatosos reclamos del columnismo, y a una forma doctrinal de entender el debate política, la humildad programática y estilística de Arelis Uribe encarna perfectamente con lo que decía Richard Rorty: que el único dogma con el que podemos trabajar es el rechazo de la crueldad.

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