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La poética canalla de Virginie Despentes como antídoto contra Le Pen

Se publica 'Vernon Subutex 2', el retrato punk de una sociedad egoísta y despolitizada

I

Virginie Despentes es la furia de la revancha, de la frustración y la rabia, la humillación y la protesta social convertida en objeto-libro. Si de alguna manera esa cólera parecía apaciguada en algunos de sus libros, y uno de sus ensayos, Teoría King Kong (Melusina, 2007), no ha dejado nunca de ser una lucha libre con quien la lee, una contienda del nervio y el músculo para dar a luz un mundo marginal, repudiado y maltratado por la sociedad del capitalismo de consumo, de la razón instrumental y el cálculo monetario.

En ese mundo en guerra, sus personajes circulan empujados por el instinto de sobrevivencia, la vida vale más que la muerte, y se impone pese a todo. Estos innombrables inventan formas de vida al límite de la dignidad, recibiendo limosnas, encaramados en los rincones más oscuros de la ciudad-monstruo, rebotando entre la indiferencia y la bondad excepcional de algunas personas que dan marcha atrás para detenerse a mirar a estos “expulsados del mundo”.

II

Vernon Subutex 2, forma parte de esta saga de personajes desclasados, aunque  inscritos en la misma línea de Babylone baby, Bye Bye Blondie, en esta tierra de la inclemencia y el desdén, de lenguaje destruido y cuerpos fagocitados a la imagen de estrellas de cine, el Made in USA, mainstream del pobre como del rico globalizado, monetario y depredador y ADN social de cada personaje.

Vernon, Kiko, o Emilie, por citar algunos de los personajes de este mundo hiperrealista, donde la desaparición de la alteridad o la empatía son el único rostro y el sol negro de la sociedad contemporánea, son quizás la presa fácil del lenguaje totalitario y manipulador del Frente Nacional, sin otra ideología que la material, sin utopía ni sueños de una vida mejor.

Despentes se parece muchas veces a un Bukowski en femenino, con mirada implacable al instante de mirar a sus propias criaturas, madre atea, encerrada en un cuerpo de mujer.

Cada mujer carga en alguna parte del cuerpo su propio veneno, y, como el personaje de la “Hiena”, puede ser usado contra sí misma, crueldad chillona de la vocación masoquista y suicida de nuestro tiempo, porque nada se escapa al escalpelo de la autora.

Vivisección del cuerpo convertido también en mercancía que vimos desfilar en las escenas de su película, Fóllame.

III

El lenguaje de Despentes, su argot francés, lleva botas vaqueras y dispara. Entre los idiolectos de Roberto Bolaño, su escritor más admirado, y el realismo social de un Michel Houellebecq. Es difícil ubicarla como discípula sin disminuirla, pero, ahora que es parte del jurado de la academia Goncourt, ¿podrá mantenerse siempre en las márgenes del canon literario?

En el cosmos Despentes, las únicas experiencias constructivas para el sujeto son el rock, el sexo, y la droga, la única trascendencia en medio del cemento y la jungla de motores de las metrópolis modernas. El lenguaje se mastica y luego se escupe como “detritus” de una experiencia empobrecida hasta la náusea por la sociedad de consumo.  

A veces, esa pobreza en el lenguaje, su supuesta espontaneidad y su chatura, nos interrogan: ¿cómo hemos llegado a esto?  

Un mundo de adolescentes viejos que no pueden crecer porque la sociedad de consumo los infantiliza para ser solo consumidores y permanecer inquietos entre la frustración y la imposibilidad de la reflexión política.

Y sin historia.

IV

No es un problema de código, literario o no, el lenguaje es un arma política de lucha. Es la falta de símbolos, su evidente destrucción como vínculo social, lo que impacta.

Imposibilidad de lenguaje poético frente a una realidad reptante, ni una sola concesión, ni una sola estrella en ese cielo oscuro de lenguaje cortado con molde de propaganda, marcas, redes sociales, imagos de vida para quien no conoce otra forma de existencia, toda una fenomenología del desarraigo.

Virginie Despentes nos tiende cerco de alambres con púas de la realidad referida por donde asomamos la cabeza y miramos ese enorme desierto que crea la pobreza, donde deambulan seres desencarnados. Ahí se termina todo, o al menos parece que sea así.

Salimos con rasguños.

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