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14 horas de infierno laboral no bastan para silenciar a estos poetas chinos

Trabajan jornadas abusivas en fábricas, minas y cadenas de ensamblado; luego cuentan sus vidas de mierda en bellos poemas y algunos, cuando ya no pueden más, se suicidan

Dice Piglia en sus Diarios de Emilio Renzi que, para alcanzar la fama literaria, no es necesario que el escritor sea sentimental, pero sí que su historia posea cierto grado de patetismo.

Por desgracia, esta es la explicación para el éxito póstumo del poeta chino Xu Lizhi: con 24 años se tiró por la ventana de un decimoséptimo piso en Shenzen, ciudad en la que tiene su sede la multinacional que se encarga de ensamblar muchos de los productos tecnológicos que se consumen a diario en todo el mundo, como iPhones, PlayStations y ordenadores HP.

Cuando Xu Lizhi murió, destrozado por las brutales condiciones de trabajo de la multinacional Foxconn, solo había publicado sus poemas en Internet y en la propia revista de la empresa. Pero sus amigos se encargaron de traducirlos al inglés, y su historia traspasó las fronteras de China para hablarnos a todos de explotación, de capitalismo —o mejor, de "socialismo de mercado"—, de suciedad y de vida.

Ahora se ha publicado en inglés, Iron Moon: An Anthology of Chinese Migrant Worker Poetry ('Luna de hierro: una antología de poesía china, obrera y migrante') y se ha estrenado el documental homónimo, ambos coordinados por el poeta y crítico Qin Xiaoyu.

En ellos se habla de todos esos otros poetas que la tragedia de Xu Lizhi nos ha permitido conocer, y que ya sea como mineros de carbón, como costureros, como técnicos de demolición o como montadores de móviles, unen dos vertientes improbables: su amor por la poesía y su pertenencia a la clase más desfavorecida de la sociedad china, la de los trabajadores no cualificados que emigran del campo a las ciudades industriales.

Traducido por Eleanor Goodman, el libro toma su título de un impactante poema de Xu Lizhi que juega —como ha señalado LitHub en su extenso artículo sobre el tema— a "industrializar" el más clásico de los símbolos de la poesía china: la luna.

Me tragué una luna de hierro

alguien dijo que era un tornillo

Me tragué aguas residuales y documentos del paro

Doblada sobre las máquinas, nuestra juventud murió joven

Me tragué el trabajo, me tragué la pobreza

los puentes peatonales, esta vida oxidada

Ya no puedo tragar más

Todo lo que tragué enturbia mi garganta

Extiendo sobre mi país

un poema de culpa

En el trailer del documental, podemos oír al padre de Xu Lizhi decir, con los ojos llenos de lágrimas, que "si su muerte no hubiese ocurrido, no sabríamos que escribía poesía".

Porque la poesía, que fue durante muchos siglos la clave de bóveda de la cultura oficial china —hasta el punto de que escribir buenos poemas podía conseguirte un puesto en el gobierno— hoy se ve en esa misma sociedad como algo inútil, intrascendente y reservado a quienes no viven acuciados por el tiempo. Algo impropio de los esclavos del socialismo de mercado.

Por ello, la noticia de que trabajadores autodidactas con jornadas laborales de 14 horas han decidido escribir estos poemas hermosos y desafiantes es agridulce.

Porque oímos sus voces, pero el patetismo que exige la historia literaria enturbia sus gargantas (y las nuestras).

(Cartel del documental dirigido por Quin Xiaoyu y Wu Feiyue)

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