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El secreto para vivir 101 años: contemplar, anidar y escribir lentamente

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Edith Shiffert, la poeta que en los años 60 dejó occidente por Japón, ha muerto en Kyoto

eudald espluga

15 Junio 2017 15:00

Quizá la única suerte de no haber estado nunca en Japón es la posibilidad de idealizarlo.

Por ello, si alguien me preguntara como miden el tiempo los nipones, mi respuesta sería que pelando frutas.

Pelar una manzana, pausadamente, con cuidado infinito, es la secuencia con que el cineasta Yasujiro Ozu decidió condensar su reflexión sobre el paso del tiempo al final de su film Primavera tardía.

Y es también la pulpa de una naranja, condenada a una inevitable desintegración, la imagen que la poeta Edith Shiffert escoge para hablar de los finales y de las renuncias, del paso de las estaciones y de cómo el tiempo nos va construyendo al mismo tiempo que nos consume.

Edith Shiffert era norteamericana, pero fue una poeta japonesa.

Sus tiempos vitales se acompasaron a la cadencia de unas manos ajadas arrancando las pulpas de la naranja, manos que no son otra cosa que sinécdoque de una sociedad que sigue anclando sus ritmos fisiológicos al tempo de la naturaleza, a la vida en el campo y sus tradiciones.

Kyoto representa para Edith Shiffert esta unión con la tierra: experimentar nuestro devenir según la cadencia de lo orgánico.

Porque si bien buscó esa unión por el territorio norteamericano –vivió en Hawaii, en Alaska, en California e incluso se construyó una cabaña de madera en el estado de Washington–, fue en Japón donde finalmente encontró su lugar.

Un lugar cuyos habitantes no envejecen con los años, sino con el paso de las estaciones.

Cuando se marchó a Kyoto en 1963, Shiffert ya había empezado a publicar. En abril de 1959, algunos de los poemas que había escrito aparecieron en The New Yorker. Sin embargo, fue su relación directa con la poesía japonesa –desde su llegada ejerció de traductora– lo que terminó por definir su estilo directo, simple y de una profundidad desnuda de artificio.

Sus versos cortos y delicados nos permiten intuir la influencia del haiku:

Escuchando, entre sonidos,

es tiempo para recordar, y arrepentirse,

de pecados comunes y fugitivas delicias”.

Autora de doce volúmenes de poesía, Edith Shiffert murió el 1 de marzo en Kyoto, a la edad de 101 años. La noticia de su fallecimiento se ajustó a la lentitud con la que vivió, a la parsimoniosa longitud de su existencia.

Si bien la web Writers in Kyoto lo anunció en su momento, la noticia no se había conocido fuera de Japón. Ahora, tres meses después, The New York Times ha recuperado su figura en un detallado obituario, un gesto que debe entenderse en harmonía con el creciente interés que las editoriales estadounidenses como New Directions o Canarium Books están mostrando por la poesía nipona.

Edith Shiffert terminó viviendo más de cien años, como si con su rechazo a morir se opusiera a aquello que había constituido el corazón de su poesía: el inevitable paso del tiempo y sus inescapables consecuencias.   

Al final, por supuesto, también su pulpa terminó desgajándose de la naranja y terminará por desintegrarse. 



(Vía The New York Times)

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