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Para ti, que eres feo

Este poema del nuevo libro de Juan Andrés García Román podría explicarte lo que es ser verdaderamente feo

La fealdad es un tema clásico en la historia de la poesía española, y como tal nos ha dejado obras inolvidables.

Los poemas malvados y dañinos que Quevedo dedicó a Góngora en el transcurso de uno de los beefs más célebres de la literatura podrían ser una muestra perfecta del fenómeno.

Valga como ejemplo el soneto "A un hombre de gran nariz", donde Quevedo propone —además de una dosis nada despreciable de anti-semitismo— que Góngora parece un pez espada con barba, un reloj de sol "mal encarado" o un "elefante bocarriba".

Entonces la fealdad tenía consecuencias metafísicas, y uno de los poemas más famosos de los hermanos Argensola trata precisamente de cómo el maquillaje encubre esa fealdad siendo incluso capaz de crear algo hermoso y válido:

Yo os quiero confesar, don Juan, primero,

que ese blanco y color de doña Elvira

no tiene de ella más, si bien se mira,

que el haberle costado su dinero.

Pero, tras eso, confesaros quiero

que, es tanta la beldad de su mentira,

que en vano a competir con ella aspira

belleza igual en rostro verdadero.

[...]

A pesar de esta honorable tradición, los poetas que dedican sus textos a la fealdad han perdido fuelle en los últimos tiempos. O así lo parecía hasta que se publicó Fruta para el pajarillo de la superstición (Pre-Textos), el nuevo poemario de Juan Andrés García Román que incluye su poema "El burgués gentil hombre lobo".

En él, García Román (uno de los poetas más valorados de su generación) describe a un personaje que oscila entre lo mitológico, lo patético y lo opresivo.

El protagonista del poema es ese hombre lobo —peludo, marginado y con muchos ojos (¿con gafas?)— que aúlla al final del poema y que pone huevos. Por su cualidad demiúrgica pero asquerosa, recuerda a los poemas chamánicos que Ted Hughes reunió en Cuervo.

El texto de García Román logra trascender el simple insulto, que en muchas ocasiones lastra los poemas satíricos, para ser algo parecido a una fábula política en la cual el personaje central bien podría representar el orden burgués y creador de sentido: "Además pones huevos —Plutón, Mercurio, Venus— / y los haces rodar por la Vía Láctea / para que el sol los incube / y te dé una progenie galáctica y tremenda".

En algunos momentos, incluso, el lector tiene dudas de si el poema no será —como lo fueron los poemas a diversos marginados que triunfaron en la poesía romántica—, una exculpación del feo, una reivindicación de la fealdad como objeto artístico.

El astracán y el collar de perlas que el poeta achaca a la novia del protagonista, no obstante, son definitivos: nada bueno puede venir de ahí.

A continuación te dejamos el poema completo, para que si en algún momento tienes que quejarte del poder y del sistema (o de alguno de sus representantes), lo hagas con la elegancia, la capacidad imaginativa y la mala leche que caracteriza a Juan Andrés García Román:

Eres feo, muy feo,

tienes siete cabezas oscilando

en el aire y en todas

el mismo

sueño perverso.

Eres feo, cuestión de proporciones

o decoro, no sé. El caso es

que de pequeño ya no te integrabas,

lo recuerdo, te ibas disimuladamente aparte

y te ponías muy serio como el niño

que va hacerse la caca.

Pintabas la pared de nuestra cueva

(Mamut-pictura-poiesis).

Echabas mano de tus colecciones

—vidrio, cerámica, marroquinería—

tendías tu trapo. Y en ésas

te pilló el Gran Diluvio

y te pusiste empapado.

Aunque más bien es como

si te hubiera caído un crecepelo,

porque a partir de entonces

te salió mucho vello en la nariz, en la frente,

el dorso de las manos.

—Y en donde ya tenías,

la región inguinal, se hizo aún más espeso.

Pelos más gordos no se vieron nunca:

del mentón te salían prácticamente

patas de escarabajo

y te las rasurabas a nivel

ayudándote de un colador—.

A finales del siglo XIX

te enfundaste un tornado a modo de chistera.

Mas no ayudó.

Nunca fuiste más feo, te han salido

tentáculos con uñas

de plomo y eres polioftálmico.

Además, pones huevos —Plutón, Mercurio, Venus—

y los haces rodar por la Vía Láctea

para que el sol los incube

y te dé una progenie galáctica y tremenda.

Aunque si feo eres tú,

más fea es tu novia, toda de astracán,

con un collar de perlas

que se le ríe en el cuello

—según otros, una branquia con dientes.

Qué quieres de nosotros, dímelo,

y por qué pones cara, ¿es una cara?

de enhebrar una aguja o de ir a silbar...

¿Qué te propones? ¿Vas

a poner otro huevo?

Dejas en blanco los ojos

y tu aullido retumba en las lunas numéricas.

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