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¿Es posible perdonar a un maltratador?

Parte IV: Una historia sobre bullying y violencia sexual en una escuela de México

Fred abrió los ojos a las tres de la mañana. Su casa estaba tomada por los gritos, mayormente los de su madre, agudos y llenos de rabia.

Se levantó despacio, se colocó los pantalones del pijama, que los tenía retorcidos alrededor del cuerpo, y se acercó de puntillas a la puerta.

La entreabrió. Por la rendija pudo ver a su madre gritándole a su padre.

—¡Borracho! ¡Puto! ¡Cabrón!

Su padre estaba apoyado contra el marco de la puerta de la cocina, luchando por vomitar alguna de las palabras que pondrían fin a la discusión, podía verlo, apretaba el estómago, agachaba la cabeza, se tambaleaba ligeramente…

Su madre seguía gritando. Fred se frotó los ojos un segundo, se hizo daño con sus propias legañas, las notó como cuchillas en los parpados, y después los abrió para encontrarse la imagen que marcaría su vida para siempre.

La mano de su padre en las alturas, gruesa y sucia, absorbiendo la luz fluorescente de la cocina, bajando con toda rapidez hacia la cara preocupada de su madre.

Plaf.

Se oyó el golpe por toda la casa.

Antes de que pudiera cerrar la puerta y meterse en la cama de nuevo, como si volviéndose a dormir rápidamente pudiera confundirlo con un mal sueño, vio los ojos de su madre vueltos hacia él, las lágrimas bajando por sus mejillas como raíces trasparentes en la tierra.

Nunca había visto un rostro tan triste. O al menos no en aquella casa.

Estaba acostumbrado a los gritos, a los insultos, a las peleas… pero aquello estaba siendo diferente.

Y como bien presintió, la pelea no terminó ahí, y los pies de Fred no supieron reaccionar a tiempo para escapar de la oscura realidad que se le acercaba.

Su padre tomó aire. Su pecho se hinchó insuflado por la ira como un globo que está a punto de estallar. Y con toda la fuerza que parecía haber estado guardando aquellos minutos, la empujó violentamente y con tan mala suerte que ella tropezó y se golpeó con la cabeza contra la nevera, cayendo fulminantemente al suelo.

Su padre se llevó las manos a la cabeza . Tardó en reaccionar unos pocos segundos, pero cuando lo hizo, cogió su chaqueta, se fue corriendo hacia la puerta y salió sin decir nada.

Fred se quedó inmóvil. Sintió ganas de golpearse él también la cabeza contra la puerta de su habitación, desmayarse, morirse, sin embargo, lejos de ocultarse tras el velo de la cobardía, sus pies comenzaron a temblar y se movieron raudos hasta su madre.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Despierta! ¡Mamá!

Su madre tenía los ojos cerrados, pero se balanceaba hacia los lados como una barcaza a la deriva en medio del mar. Levemente, tratando de emitir algún sonido que tranquilizase al chaval.

—¡Mamá! ¿Estás bien? ¡Mamá!

Fred no sabía lo que hacer. Pensó en llamar a alguien, ¿pero a quién?

Su madre se llevó una mano a la cabeza, abrió los ojos suavemente y llevó la otra al pecho tembloroso de Fred.

—Estoy bien —dijo ella—, tranquilo…

Fred comenzó a llorar desconsoladamente.

—Mamá, yo… Mamá, qué ha… Mamá…

Abrazó a su madre, apoyó la cabeza sobre su pecho y ambos se quedaron dormidos sobre el suelo frío de la cocina.

Fred no volvió a ver a su padre nunca más. O al menos, no en la vigilia, porque en sus pesadillas se repetía permanentemente aquel momento. Una mano inflamada en las alturas, un par de ojos llorosos, una cara de preocupación, los gritos y aquel instante en el que por un momento creyó que se había quedado solo para siempre.

Su madre tirada en el suelo, inconsciente. Su padre corriendo por la calle, arrancando el coche, haciendo sonar las ruedas en el asfalto.

Durante aquellos días, Fred se deshizo en cuidados con ella, demostró haberse convertido en un adulto, la apoyó en todo, prometió portarse muy bien, sacar buenas notas, ser bueno con todo el mundo y cuidar de todo aquel que necesitase su ayuda.

Prometió, prometió, prometió.

Sin embargo, todos tenemos dentro una especie de semilla, quizá desde que nacemos, tal vez desde que damos los primeros pasos en la vida, una semilla que, cuando crece y se hace grande en nuestro interior, no podemos evitar que salga a la luz destapando todos nuestros demonios.

Por eso, a vuelta de las vacaciones, Fred ya no era el mismo niño que era antes, es cierto, sino uno mucho peor.

…CONTINUARÁ…

LEER PARTE UNO: “Un beso con la persona equivocada

LEER PARTE DOS: “Marieta tiene el culo gordo”

LEER PARTE TRES: "Son cosas de niños"

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