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Lo que pasa cuando evitamos debates complejos

#HechosAlternativos: la actualidad comentada en un puñado de links que quizá te perdiste

En las últimas semanas se han producido dos debates intensos en España que han polarizado la discusión pública. Realmente no son debates, sino guerras culturales, a pesar de su complejidad. Uno ha sido la decisión del PSOE de no votar a favor del CETA, el tratado comercial de la UE con Canadá, que finalmente se aprobó en el Congreso. El otro es el de la gestación subrogada, a partir de una propuesta de Ciudadanos. La gestación subrogada, la posibilidad de que una mujer geste un bebé para luego cederlo a otra persona, es muy polémica. Hay divisiones en todas las ideologías: algunos conservadores y algunas feministas coinciden, y algunos liberales con algunos socialistas. El problema está generalmente en la contraprestación económica. La propuesta de Ciudadanos habla de una gestación altruista, y proporciona bastantes garantías: ser mayor de 25 años, tener nacionalidad española, no tener antecedentes penales ni de abuso de drogas o alcohol, situación socioeconómica y familiar estable. 

Hay diversos apartados que buscan garantizar que no haya una “mercantilización”, un aspecto que siempre preocupa a los contrarios a la gestación subrogada, que alertan de la posibilidad de que mujeres pobres procreen para sobrevivir. En un artículo en El País, Beatriz Gimeno se centra en el aspecto económico, lo que no sirve en el caso de la propuesta de Cs. Pero sí señala un punto importante, que es el de la involucración física: “El esfuerzo, los riesgos, la salud, las sensaciones, el insomnio, la pesadez, los cambios hormonales, físicos y psicológicos; no hay diferencia entre un embarazo con embrión propio o ajeno.” El escritor Luisgé Martín le responde : “Nadie sostiene que la gestación subrogada sea una actividad económica como la telefonía o el turismo. Debe ser regulada con todas las garantías posibles: garantía de que nadie lo hace sin capacidad de elección, garantía de que no hay riesgo médico, garantía de seguridad jurídica.”

Laura Freixas cuestiona en varios artículos el tema del altruismo, aunque obvia la cuestión de la libertad individual. Freixas no puede creer que existan mujeres que estén dispuestas a tanto sacrificio para renunciar al hijo. En su blog, Tsevan Rabtan responde a este tipo de sospecha: “a muchos nos cuesta entender que haya gente que haga “ciertas” cosas, y necesitamos una explicación extrínseca. Esto vale para la mujer que se prostituye, pero también podía valer para cualquier conducta “mal vista” (en algún tiempo pasado o lugar), como, por ejemplo, la homosexualidad. O el aborto. Tengo tendencia a sospechar de esas justificaciones. No puedo evitar pensar que se dirigen, no tanto a hacer el bien, como a tranquilizar las conciencias de los que no comprenden que la libertad de los demás consiste también en que puedan hacer aquello que nosotros no haríamos y que nos repugna.”

Es importante tener el debate, al menos. La ley de Ciudadanos es un buen punto de partida. Y recoge todo tipo de cautelas y escepticismos. Es un tema complejo. La situación de alegalidad actual (los “vientres de alquiler” no son ilegales sino que no existen legalmente) no puede ser mejor que una regulación. Lo que cuenta Jordi Pérez Colomé, que entrevista a varias parejas que han tenido hijos así, es un caos burocrático que acaba perjudicando a los menores y que perpetúa la desigualdad.

En general, las reticencias de buena parte de la izquierda, pero también de la derecha menos liberal, tienen que ver con el dinero, como escribe Rabtan: “El dinero se convierte en la clave para que algo admisible se convierta en inadmisible. Parece que lo altruista es bueno, mientras que el intercambio es pecaminoso.” Algo similar ocurre con el CETA, salvando las enormes distancias (aquí la moralidad actúa menos, aunque está la sospecha del dinero). Es un tema complejísimo, implica cuestiones laborales, jurídicas y de comercio, y los partidos lo manipulan ideológicamente. Como escribe José Moisés Martín Carretero en un artículo de 20Minutos, “su significado es más ideológico que real”. En la izquierda antiCETA afirman que pone en peligro los servicios sociales, el medio ambiente y los derechos laborales. Martín Carretero resuelve algunas dudas: “Con CETA o sin CETA, si una empresa canadiense se instala en Cáceres, debe respetar la legislación Europea y española. Además, los estándares sociales de Canadá son superiores a muchos europeos: el salario mínimo es de 1.261 euros mensuales, y su gasto en educación y sanidad es superior al español. Los que deben temer por el dumping social son los canadienses, no los europeos.”

En el blog de Agenda Pública hablan de los problemas que puede crear el CETA, y cómo compensar a los perdedores sin renunciar al tratado: “si no se dispone de una red de protección social, podemos llegar a tener conflictos sociales como los que estamos presenciando en Occidente. Pensamos que este hecho justificaría por sí solo la existencia de posibles mecanismos compensatorios, aunque no necesariamente la toma de medidas proteccionistas.” En otro artículo en la misma web defienden que es un tratado positivo con matices: “El CETA es un buen intento inicial de regular el mercado global pero además, para lograr ese nuevo contrato social, necesitamos trabajar en dos direcciones adicionales que el CETA no cubre pero que son fundamentales para la redistribución: mantener los servicios de bienestar básicos y cooperar en materia fiscal”. Porque todo tiene matices, y difícilmente temas tan complejos se explican con eslóganes sencillos.

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