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Desenterró a su hija, la maquilló y la expuso en una vitrina

El libro 'La niña. Tragedia y leyenda de la hija del doctor Velasco', de Luis Ángel Sánchez Gómez, cuenta esta increíble historia

(Arte PG)

El Doctor Velasco, que once años antes había embalsamado a su hija con lágrimas en los ojos, sacó el cuerpo inerte de Conchita del Cementerio de San Isidro, lo montó en una calesa y lo llevó al número 90 de la Calle Atocha.

Una vez ahí, el padre articuló las extremidades, comprobó la elasticidad de las mismas y dijo la frase sobre la que se ha construido la leyenda: “¡Todavía están flexibles!, ¡podría sentarse!”.

Era mayo de 1875, Velasco acababa de abrir el Museo Antropológico, su reputación estaba en auge y su estabilidad mental, en decadencia.

Once años antes, su hija, Conchita, había enfermado de unas fiebres tifoideas y Mariano Benavente, amigo del doctor, primer pediatra español y padre de un Nobel de literatura, le había recetado una suerte de tratamiento homeopático. La cura lógicamente no funcionó y Velasco, cansado de ver sufrir a su hija, buscó remedio a la enfermedad con purgantes.

Los purgantes le provocaron a Conchita una hemorragia aguda que, más tarde, habría de causarle la muerte.

En un descarado acto de elusión de responsabilidades, Velasco culpó al pediatra, cortó la relación con él y empleó todos sus conocimientos medicinales en embalsamar a Conchita. Una vez embalsamada, le dio santa sepultura.

El razonamiento era lógico, pero perverso: ya que no podía impedir su muerte, trataría de evitar el proceso de putrefacción.

Es inevitable, pues, que nos preguntemos quien era el doctor Velasco.

Reivindicado por muchos académicos como uno de los médicos más importantes del siglo XIX, Velasco era un pensador liberal, de orígenes humildes y con pasado vinculado al clero. Estudió medicina, ostentó una cátedra y creó la Sociedad Antropológica Española. De su condición de ávido coleccionista se extrae la circunstancia de que tuviera tres museos -realmente siempre era el mismo, pero cada vez más amplio y en distintas zonas-.

El último de los museos fue de tal relevancia que su estructura se ha mantenido hasta nuestros días y ahora su fachada corresponde al Museo Nacional de Antropología. Pero no sólo eso. Muchas de las piezas que adquirió -fetos monstruosos, cráneos de criminales, idiotas y monomaníacos, un himen extirpado o un dedo corazón enorme que su propietario usaba “como si fuera una poderosa arma ofensiva”- siguen siendo dignas de estudio.

Todos estos datos son importantes a la hora de juzgar a Velasco en consideración: no era solamente un tarado afectado por unas terribles circunstancias. Y precisamente eso es lo que hace Luis Ángel Sánchez Gómez, juzgarlo en consideración y arrojar luz sobre una historia tan opaca como esta en su libro La niña. Tragedia y leyenda de la hija del Doctor Velasco.

Sánchez Gómez pone negro sobre blanco para desmontar el mito, eliminar cualquier remanente de ficción de la historia de Conchita y proponer, además, un repaso cronológico desde la perspectiva del periodismo, la literatura española y los ensayos académicos.

Como señala en el libro, la mitología relativa a la historia de Conchita pertenece al Madrid más morboso y lúgubre. Es parte, incluso, del imaginario castizo de la capital de España. Porque a pesar de haber ocurrido a finales del Siglo XIX, la leyenda fue rescatada y exagerada por autores como Gómez de la Serna.

Algunas de las invenciones que se incorporaron a la historia hablan de paseos nocturnos por El Retiro y por Recoletos, de visitas a la Ópera, de cenas familiares con el cuerpo de la difunta presidiendo la mesa, del cadáver de Conchita como atracción estrella en el museo del Doctor Velasco.

Nada más lejos de la realidad. Si el doctor exhumó el cuerpo de su hija fue para venerarlo en soledad.

Dentro del museo-casa en el que vivía con su esposa Engracia había una capilla. En un lugar privilegiado de esta sala reposaba el cuerpo de Conchita.

La viste con guantes, la calza con zapatos y hace que una modista le confecciones un traje elegante, la adorna con joyas, la cubre con una peluca y mancha su rostro con colorete”.

Se dice que Conchita era la primera y la última preocupación en la vida de Velasco, que hablaba con ella cada mañana. Las visitas diarias siguieron hasta 1882, cuando el doctor, a consecuencia de una enfermedad pulmonar, falleció.

Durante el velatorio del dóctor, se hizo de su cadáver una pieza más dentro de la ya estrafalaria colección: el cuerpo de Velasco fue embalsamado y expuesto en el museo durante dos días.

Sin embargo, el objetivo último del doctor no llegó a materializarse: Velasco ansiaba ser enterrado en el museo junto a su esposa y su hija. Y fue Engracia quien puso los límites al sueño. Presumiblemente cansada de las excentricidades de su esposo, optó por vender el museo al Estado y darles a ambos una sepultura más tradicional.

La historia no termina aquí, ya que con el fallecimiento de la familia Velasco el mito echa a rodar. Sobre todo, a partir de que el cuerpo de una niña que había sido momificada y regalada a Velasco fuera a parar a la actual Universidad Complutense.

Durante mucho tiempo y hasta que los análisis no revelaron su identidad , el mito fue creciendo y creciendo hasta ser incontenible. Las páginas del ABC, especialmente, dieron cabida a las mentiras, al rumor y al morbo. Incluso Ramón J. Sender contribuyó al agrandamiento de la historia con una novela corta de ficción.

la muñeca en la vitrina

Han sido los académicos quienes han rescatado el relato, han aclarado los términos más oscuros de la historia y han querido honrar el recuerdo menoscabado del doctor Velasco.

"Hace lo que hace por amor, porque quiere, porque dispone de los conocimientos necesarios para hacerlo, porque el entorno académico-profesional en el que se mueve (el que realmente le da la vida) casi le empuja a hacerlo, porque las autoridades se lo permiten (o hacen la vista gorda), porque el entorno social no se escandaliza y porque dispone de un lugar muy especial, su nuevo y gran museo, que considera digno de ser la postrera morada de la niña".

Sin embargo, ha sido precisamente el mito, las mentiras y la lucha por demostrar aquello que es cierto lo que finalmente ha ayudado al doctor a lograr su objetivo: Conchita ya es inmortal.

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